Mundo de ficçãoIniciar sessãoCatalina Moretti siempre supo que el apellido que llevaba era una condena. Creció en una jaula dorada, rodeada de lujos que nunca le pertenecieron, bajo la sombra de un padre mafioso que veía en ella una pieza más en el tablero del poder. Lo que nunca imaginó fue que una sola mirada bastaría para sellar su destino. Dario Mancini no negocia. No pide. Reclama. Su nombre es sinónimo de muerte, y su sola presencia basta para doblegar al más valiente. Pero cuando sus ojos se posan en Catalina, no ve un trato ni una alianza. Vé propiedad. Una reunión bañada en sangre es suficiente para dejarlo claro: Catalina Moretti pertenece a Dario Mancini. Aunque ella lo odie. Aunque lo desafíe. Aunque prefiera la muerte antes que rendirse. Porque en el mundo de la mafia, el amor nunca es un refugio. Es una guerra. Y Catalina está a punto de descubrir que no hay cadenas más fuertes que las que se forjan con sangre y deseo.
Ler maisLa lluvia no paró hasta que el sol salió como un ojo enfermo.Cuando Killian y yo bajamos al salón principal, la casa ya olía a pólvora quemada, café amargo y metal caliente. Papá estaba de pie junto a la chimenea, con la camisa remangada y los antebrazos llenos de cicatrices que la luz del fuego hacía brillar como líneas de plata vieja. Mamá preparaba vendas y desinfectante en la mesa larga, moviéndose con esa calma fría que siempre tenía antes de una tormenta. Anya y Gia revisaban armas en una esquina, cargadores vacíos y llenos alineados como soldados listos para morir. Luan y Arben limpiaban rifles con trapos empapados en aceite. Rosalía y Misha miraban desde la escalera, con los ojos muy abiertos pero sin lágrimas. Ya habían visto sangre antes. Ya sabían que esta familia no se rompía con facilidad.Papá fue el primero en hablar cuando nos vio entrar.—Los hombres de Viktor se reagruparon en el puerto viejo —dijo sin preámbulos—. Tienen rehenes. Civiles. Tres familias enteras. Di
El sol de la mañana se filtraba a través de las cortinas rotas de la torre, tiñendo el piso de un naranja suave que contrastaba con las sombras de la noche anterior. Killian y yo nos despertamos envueltos en las sábanas revueltas, con los cuerpos aún marcados por la batalla y el amor. Su brazo rodeaba mi cintura con una posesión que ya no me asustaba; al contrario, me hacía sentir invencible. Abrí los ojos y lo encontré mirándome, sus ojos ámbar brillando con una intensidad que me recordaba por qué había elegido esta vida de fuego y sangre.—Buenos días —murmuré, rozando mis labios contra los suyos. Su boca sabía a sal y a promesas no dichas.—Cada día contigo es una victoria —respondió él, su voz grave y ronca por el cansancio. Me atrajo más cerca, y por un momento, el mundo fuera de esa habitación dejó de existir. Pero sabía que no podíamos quedarnos ahí para siempre. La guerra no espera a que los amantes se recuperen.Me levanté primero, ignorando el dolor punzante en el hombro her
La lluvia no cesó hasta el amanecer.Cuando el sol salió, lo hizo pálido y sucio, como si le diera vergüenza iluminar lo que quedaba de la noche.Killian y yo bajamos las escaleras en silencio, los cuerpos todavía marcados por la violencia compartida: moretones en forma de dedos en mis caderas, arañazos profundos en su espalda que sangraban cada vez que se movía, labios partidos de mordidas mutuas, sangre seca en las sábanas que nadie había cambiado.El salón principal olía a pólvora vieja, café recien echo y metal oxidado.Papá estaba de pie junto a la chimenea, con la camisa remangada y los antebrazos llenos de cicatrices que la luz del fuego hacía brillar. Mamá preparaba vendas y desinfectante en la mesa larga. Anya y Gia revisaban armas en una esquina, cargadores vacíos y llenos alineados como soldados. Los niños mayores —Luan, Arben— limpiaban rifles con trapos empapados en aceite. Rosalia y Misha miraban desde la escalera, con los ojos muy abiertos pero sin miedo. Ya habían visto
La lluvia golpeaba los cristales como si quisiera entrar a la fuerza.Killian y yo subimos las escaleras de la torre en silencio, dejando un rastro de agua sucia y sangre diluida. El vestido rojo colgaba de mí como una piel muerta; la katana, todavía caliente por la matanza, golpeaba contra mi espalda con cada paso. Killian cojeaba, pero no se quejaba. Su mano apretaba la mía con una fuerza que decía más que cualquier palabra: no te suelto. Nunca más.Cerré la puerta de mi habitación con el pie.El cerrojo sonó como un disparo en la penumbra.No encendí la luz.La luna entraba por la ventana rota, cortando el suelo en tajos plateados. Killian se quedó quieto, respirando pesado, mirándome como si yo fuera lo único que quedaba en el mundo.—Quítate la camisa —ordené, con mi voz baja y ronca.Él obedeció sin pestañear.La tela mojada cayó al suelo con un golpe húmedo. Su torso era un mapa de cicatrices viejas y nuevas: líneas blancas de cuchillos antiguos, moretones frescos de la pelea e
cuando el primer mensajero llegó a la fortaleza. No fue un hombre armado ni un dron. Fue una niña de unos diez años, con el uniforme escolar impecable y una mochila rosa en la espalda. Se detuvo frente a la verja principal, miró a las cámaras y levantó un sobre blanco con letras rojas: “Para Luna Mancini. Entrega personal.”Los guardias la dejaron pasar después de revisarla tres veces. No llevaba armas. Solo el sobre y una nota escrita a mano en el reverso: “Si matan al mensajero, el siguiente será uno de los suyos.”La niña entró al salón principal temblando. Yo estaba allí, con la katana apoyada en el hombro y el vestido rojo todavía puesto de la noche anterior. Papá y mamá a mi lado. Anya y Gia detrás, con las manos en las armas.La niña me miró con ojos enormes.—Señorita Luna… me dijeron que le diera esto. Y que le dijera… que su novio está vivo. Pero no por mucho tiempo.Le quité el sobre con cuidado.Dentro había una foto impresa en papel grueso.Killian. Atado a una silla en u
El cielo se tiñó de rojo sangre cuando el primer disparo rompió la quietud de la madrugada.No fue un disparo aislado. Fue una declaración.Yo estaba en mi habitación, mirando por la ventana hacia el mar negro, con el teléfono en la mano y el último mensaje de Killian todavía en la pantalla: “Mañana a las 5:00. Playa norte. Trae solo tu katana. Y tu fuego.”No había dormido.No podía.El beso en el faro, las manos de Killian en mi cuerpo, su voz prometiendo guerra y eternidad… todo seguía latiendo bajo mi piel como una segunda vida.Entonces el disparo.Me puse de pie de un salto.El segundo llegó un segundo después. Vidrios rompiéndose en la planta baja. Gritos. Pasos apresurados.Bajé las escaleras corriendo, descalza, con la katana ya desenfundada en la mano derecha y la pistola en la izquierda.El salón principal era caos controlado.Papá estaba en la puerta principal, con las pistolas en cada mano, disparando hacia la oscuridad. Mamá cubría la escalera con un rifle automático, pr
Último capítulo