La lluvia no cesó hasta el amanecer.
Cuando el sol salió, lo hizo pálido y sucio, como si le diera vergüenza iluminar lo que quedaba de la noche.
Killian y yo bajamos las escaleras en silencio, los cuerpos todavía marcados por la violencia compartida: moretones en forma de dedos en mis caderas, arañazos profundos en su espalda que sangraban cada vez que se movía, labios partidos de mordidas mutuas, sangre seca en las sábanas que nadie había cambiado.
El salón principal olía a pólvora vieja, café