Mundo de ficçãoIniciar sessãoSiete años después de conquistar la paz que tanto les costó conseguir, las vidas de Nicola Moretti y su familia parecen finalmente estables. Pero la calma es solo la antesala de una nueva tormenta. Desde Nápoles, un rostro desconocido, pero con intenciones claras, emerge de las sombras. Durante años ha esperado el momento adecuado para destruir a la familia Moretti y todo lo que representan. Disfrazando su vendetta como una guerra entre organizaciones, sus verdaderos planes apuntan directamente a las personas que Nicola más ama. Los ataques comienzan sin dar tregua. Nicola y los demás se enfrentarán esta nueva amenaza juntos, pero... ¿lo será así hasta el final? En esta guerra, donde los lazos de sangre y la lealtad serán puestos a prueba, Nicola y los suyos aprenderán que no importa cuán fuertes se hayan vuelto, el pasado siempre encuentra la manera de regresar… y con él, sus secretos más oscuros.
Ler maisNicola
El mar se extendía hasta el horizonte, un azul profundo que se mezclaba con el cielo despejado.
La brisa acariciaba los rizos oscuros de Vittoria, que se tambaleaba de emoción frente a su pastel.
Su vestido blanco ondeaba con la misma energía que ella contenía mientras cantábamos “Tanti auguri a te.”
Su sonrisa iluminaba todo el lugar, y su risa, cuando terminó la canción, me golpeó en el pecho como un latido más fuerte de lo normal.
—Sopla las velas, principessa, —le dije, inclinándome un poco hacia ella, con las manos en mis rodillas.
—¡Pero quiero pedir tres deseos! —protestó, inflando las mejillas.
—Tres, ¿eh? —intervino Valentina, su voz suave y cálida.
A mi lado, mi esposa tenía esa expresión serena y vigilante que solo mostraba cuando se trataba de nuestra hija.
—¡Sí! Uno para mamá, uno para papá y uno para mí, —declaró Vittoria antes de soplar las velas con fuerza.
Aplaudimos al unísono, y ella rió mientras se lanzaba sobre sus regalos como si fueran un tesoro recién descubierto. Sus pequeñas manos desataban lazos y rasgaban papeles con una mezcla de cuidado y prisa.
Todo era perfecto.
"Demasiado perfecto..." pensé.
Y, como si el universo quisiera recordarme que la paz no era un lujo para el Don Nicola Moretti de Cosa Nostra, el teléfono satelital vibró en mi bolsillo.
Lo saqué, sabiendo que solo una persona podía llamarme a esa línea. La pantalla mostró el nombre de Lorenzo.
Lorenzo Conti era mi consigliere. Llevaba a mi lado toda una vida, y, además de ser mi mano derecha, era mi amigo y mi cuñado, al único hombre al que le podía confiar la vida de mi hermana.
—¿De verdad? —susurró Valentina, con una ceja arqueada y esa mirada que podría haber congelado el fuego.
Levanté el teléfono, mostrándoselo.
—Tal vez es para saludar a Vitto, —intenté, encogiéndome de hombros.
—Claro, porque no puede vivir sin arruinar un momento de paz, —murmuró, rodando los ojos mientras cruzaba los brazos.
Vittoria se levantó con un brillo de emoción en sus ojos.
—¡Quiero nadar! —exclamó, saltando con entusiasmo.
Valentina y yo nos miramos y luego asentimos casi al mismo tiempo.
—Greta tiene que venir conmigo, —añadió Vittoria con un tono decidido, llamando a su niñera.
Valentina le sonrió mientras acariciaba suavemente su mejilla.
—Por supuesto, amore.
Vittoria salió corriendo hacia Greta, que ya se acercaba con una sonrisa, preparada para seguir las órdenes de la pequeña reina de la casa.
Nos quedamos solos. Aparentemente, mis hombres estaban desplegados y escondidos como fantasmas. Caminé con Valentina hasta la sombra de un árbol, desde donde podíamos ver a Vittoria jugar y chapotear en el agua.
Ella estaba a salvo, rodeada por nuestra seguridad y el equipo de la isla, pero incluso aquí, no podía permitirme relajarme por completo.
Valentina me observó de reojo, todavía con ese aire de reproche.
—Si contestas y no es para Vittoria, te tiro el teléfono al mar, —me dijo en voz baja, aunque sus ojos seguían enfocados en nuestra hija.
Sonreí de lado y llevé el teléfono a mi oído.
—Será rápido, te lo prometo, —murmuré dándole un beso, antes de contestar la llamada.
—¿Qué pasa? —pregunté, con ese tono bajo y directo que Lorenzo conocía bien.
—Tenemos un problema con tu doble, —respondió.
Fruncí el ceño.
Hace años que había comenzado a contratar dobles para despistar a mis enemigos, una estrategia diseñada para que pensaran que nunca descansaba, que siempre estaba alerta.
La idea había surgido de cómo conocí a Valentina, quien alguna vez me había engañado haciéndose pasar por otra persona.
Pero esta era una jugada táctica; los dobles solo debían parecerse a mí, actuar en eventos públicos irrelevantes y siempre bajo supervisión.
Las decisiones importantes seguían siendo mías.
—¿Qué ocurrió con él? —dije, tratando de mantener la calma.
Del otro lado de la línea, Lorenzo dejó escapar un suspiro que solo podía significar problemas.
—Era un completo inútil, —gruñó—. La próxima vez, Nicola, enséñale a comportarse.
Fruncí aún más el ceño, sin entender a qué se refería.
—¿Qué demonios significa eso, Lorenzo?
Escuché la voz de Renzo desde el fondo, y su tono burlón me hizo tensar los hombros.
—Ahora la mayoría de tus enemigos creen que eres un mariposón, —dijo, como si estuviera contándome un chiste muy divertido.
—¿Un qué? —pregunté, mi voz subiendo un tono, llena de incredulidad y furia.
—Ya sabes, —continuó Renzo, acercándose al teléfono, disfrutando el momento—. Un traga sables.
—¡Renzo! —rugí, apretando el teléfono como si pudiera atravesar la distancia y estrangularlo.
—Está bien, está bien, cálmate, jefe, —dijo Lorenzo, interviniendo con un tono más neutral, aunque podía sentir que estaba conteniendo la risa—. Al parecer, nos encontramos al doble en medio de una entrega... chupándosela a un guardia.
Me quedé con la boca abierta y el teléfono pegado a mi oído, asimilando lo que acababa de escuchar.
—¿Qué clase de idiota...? —comencé a decir, pero las palabras se atascaron en mi garganta.
Solté un grito de pura frustración que hizo que mi esposa se girara a verme. Fue entonces cuando ví lo que tenía.
El auricular apenas visible en el oído de Valentina brilló bajo el sol, y mi furia subió de nivel al darme cuenta de que estaba escuchando toda la conversación.
Ella no parecía ni un poco arrepentida; al contrario, tenía esa sonrisa juguetona que me sacaba de mis casillas y me hacía perder el control al mismo tiempo.
—Amore, —dijo, inclinando la cabeza con falsa inocencia—, me aguanto que digan que me engañas con cuánta zorra se te atraviesa, pero mariconcito... ahí sí que no.
La vena en mi sien latía con fuerza. Cubrí el micrófono del teléfono y me acerqué hacia ella.
—Déjate de estupideces, —gruñí, bajando la voz para que solo ella me oyera—. Apenas se duerma Vitto, te mostraré qué tan mariconcito soy.
Su sonrisa se amplió, y antes de que pudiera responderle, Lorenzo soltó un comentario que me hizo girar los ojos.
—Imagínate lo bueno que era, que mi mujer le dio un tiro de gracia, —dijo, con esa calma que solo podía irritarme más.
—Dile a Bianca que deje de meterse en mis negocios, —respondí, apretando el puente de mi nariz con frustración—. Me tiene harto matando a mis dobles.
—Uy, jefe, no sabía que tenías tantas solicitudes para el puesto, —se burló Renzo—. Aunque, con el historial de este, parece que tus enemigos estaban muy felices de encontrarse contigo.
—Cállate, Renzo, —respondí seco, pero él no se detuvo.
—Deberías contratar a alguien que no sea tan... entusiasta, —añadió él, riéndose entre dientes—. O por lo menos ponle un manual de conducta, jefe. La próxima vez no solo cirugía plástica, enséñale a actuar menos "delicado".
—Renzo, te juro que...
—¡Oye, no es mi culpa! —interrumpió, riendo más fuerte—. Tú fuiste el que contrató a un "artista". Lo digo por lo expresivo que parece ser.
—Renzo, por Dios, cállate, —intervino Lorenzo, suspirando al otro lado—. Ya es suficiente con el show que nos dio. Todavía tengo hombres que no saben si renunciar o pedir su número.
—¡Te juro que estoy rodeado de imbéciles! —exploté.
—¿Imbéciles? No me hagas hablar de quién decidió poner un doble en medio de una entrega importante, —respondió Lorenzo con sarcasmo.
—No tengo ni el derecho de pasar unas vacaciones en familia porque ya me están jodiendo, —murmuré para mí mismo, al borde de un ataque de nervios.
Valentina, como si disfrutara al máximo mi sufrimiento, soltó otra de sus bromas.
—¡Uy, no! De verdad no puedo creer que vayas a esperar tanto... Ya me están entrando las dudas, amore.
Cerré los ojos, contando hasta diez. Pero antes de poder responder, Renzo lanzó una última broma.
—No me lo tomes a mal, jefe, pero después de esto, creo que todos vamos a empezar a mirarte raro cada vez que entres solo a una habitación con un guardia.
La paciencia que me quedaba se agotó.
—Renzo, te juro que te voy a matar, —gruñí, girándome para mirar a mi mujer.
—Últimamente tu andas muy graciosa, —dije con sarcasmo, pero ella solo me miró con una chispa peligrosa en los ojos.
—Necesito que me des más duro —murmuró, bajando la voz con intenciones claramente provocadoras—. Extraño al jóven Nicola que me amarraba y me...
No la dejé terminar.
—En unas horas estoy allí.
Corté la llamada sin esperar respuesta, levanté a Valentina como un saco de papas y la cargué en mi hombro.
—¡Nicola! ¡Ponme en el suelo ahora mismo! —gritó, indignada y divertida, golpeando mi espalda con las manos.
—Te gusta provocarme, ¿no? Ahora verás, amore, qué tan hombre soy y que tan duro te voy a dar —le dije mientras caminaba hacia la casa sin detenerme.
NicolaEl agua caliente resbaló por mi espalda sin lograr calmar el temblor interno que llevaba horas creciendo como una presión constante detrás del esternón.Estaba furioso, ansioso por descargar mi ira contra el primer idiota que cometiera un error.Y sentía odio hacia la sensación de no controlar el tablero.Apoyé las manos contra la pared de mármol y dejé que el vapor llenara el espacio, intentando ordenar mis pensamientos. La señal parcial en el punto rural no había sido reciente. Eso era lo que no me dejaba respirar con normalidad.Si hubieran tomado a Vittoria por la fuerza, habría resistencia. Habría caos. Habría desorden. Lo que encontré fue ordenado, claramente una trampa.Alguien estaba jugando con piezas que entendía demasiado bien.Cerré el grifo y el silencio del baño me resultó más insoportable que el ruido del agua. Me envolví la toalla alrededor de la cintura sin prestar atención al espejo. No necesitaba ver mi rostro para saber cómo estaba.Tenso.Irritado.Inquie
VittoriaCuando dijeron que los iban a sacar primero, no discutí.Rocco fue quien lo anunció, intentando parecer firme, pero en su voz había una grieta que yo ya conocía. El que gritaba más fuerte siempre era el que dudaba más. Nino se limitó a asentir, y Sergio evitó mirarme.Yo levanté la cabeza y miré hacia donde estaban mis primos.—Quiero despedirme —dije.No lo pedí llorando. No lo pedí temblando. Lo dije como si fuera una regla lógica.Rocco bufó.—No es tu cumpleaños —respondió con impaciencia—. No puedes pedir nada.Nino lo miró de reojo.—Déjala —murmuró—. Son niños.Rocco dudó un segundo, y esa duda fue suficiente para mí. Se acercó, me tomó del brazo con brusquedad y me llevó hasta la puerta trasera donde Damiano, Augusto y Marcello estaban atados con bridas similares a las mías.Augusto tenía la cara roja de rabia. Marcello respiraba rápido. Damiano, en cambio, estaba pálido pero quieto.Me agaché frente a él.—No tarden —dijo Rocco—. Y no inventen nada raro.Yo lo ignoré
GennaroLa ciudad se doblaba cuando yo caminaba.No era una simple metáfora. Palermo tenía esa forma de rendirse a quien sabía apretar el cuello correcto, y en esas semanas yo había aprendido a hacerlo con una soltura que me sorprendía incluso a mí. Se hablaba de Nicola Moretti como si fuera un dios, como si el miedo llevara su apellido tatuado en la lengua de todos, pero hasta los dioses sangraban cuando encontrabas el punto exacto para hundir el cuchillo.Y yo lo había encontrado.Valentina Moretti, la reina. El mito. La mujer que hacía temblar a capos y a soldados, la esposa que Nicola exhibía como trofeo y como amenaza. La ciudad se había detenido para llorarla, y lo mejor de todo era que el Don estaba realmente destrozado con la pérdida de su reina.Me gustaba imaginarlo ahí, de pie, con la mandíbula apretada y el corazón hecho pedazos, controlándose para no mostrar que estaba muriéndose por dentro. Me gustaba pensar en esa escena porque era la primera vez, en años, que el Don
Vittoria Cuando decidieron separarnos, no lo hicieron por estrategia. Lo hicieron por miedo.Lo supe por la forma en que el hombre de barba hablaba demasiado y por cómo Sergio no podía sostenerme la mirada. El modo en que miraban las bridas de plástico, hacía parecer que el problema eran ellas, y no los niños que tenían enfrente. También lo supe por el sonido que hizo Marcello cuando la brida se abrió a mitad de la rotura, un chasquido seco que no fue fuerte, pero sí notorio.Augusto fue el primero en moverse. Marcello fue el que lo intentó. Damiano se quedó quieto, esperando el momento para decirme la estrategia que sabía que tenía en mente.Yo no hice nada.Me quedé sentada, con las piernas cruzadas, mirando el piso como si la única preocupación de mi vida fuera una mancha de aceite. El miedo, cuando se mostraba, era un anzuelo. Y mamá me había enseñado que los hombres siempre caían en esa vieja trampa.—¿Qué mierda hiciste? —gruñó el hombre de barba, abalanzándose hacia Marcello.
Vittoria Cuando abrí los ojos, la luz blanca y áspera me lastimó la vista. Durante unos segundos no me moví. Mamá decía que, cuando despiertas en un lugar desconocido, lo primero que haces no es mirar, sino escuchar.Escuché.Un zumbido constante, quizá de algún generador. El sonido lejano de metal golpeando metal. El eco de pasos que no reconocía. Respiré despacio y moví los dedos de las manos como pude. Noté una brida de plástico alrededor de mis muñecas, no demasiado apretada. Me habían atado sin demasiada fuerza. Pensaban que no hacía falta.Giré la cabeza con lentitud.Damiano estaba a mi derecha, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en una pared. Tenía los ojos abiertos y me miraba sin parpadear, como si estuviera contando mi respiración. Augusto y Marcello estaban más allá, juntos, con las manos atadas también, pero la furia en sus caras era más grande que el miedo.No hablé.Uno de los hombres se dio cuenta de que estaba despierta y se acercó. Era alto, con barba des
Valentina La lluvia había dejado la ciudad con ese brillo sucio que Palermo fingía no tener, como si el asfalto también supiera mentir.Desde mi posición, dentro del auto estacionado a media cuadra del edificio, las luces de los faroles se estiraban sobre la calle como venas abiertas. Marco Ferraro entraba y salía de lugares distintos cada día, como si la paranoia fuera un hábito heredado, pero su patrón era claro: siempre volvía a su oficina antes de caer la noche, siempre revisaba dos veces el retrovisor, y siempre caminaba con la espalda recta, como si se negara a mostrarle debilidad incluso al aire.Lo vigilaba desde hacía horas.No porque me gustara, sino porque Gennaro había decidido que Marco era el siguiente paso, y yo necesitaba seguir con mi papel. Un aliado de Nicola era más útil vivo que muerto, pero a Gennaro le fascinaba convencerse de que tenía razón. Estaba seguro de que bastaba con cortar la cabeza correcta para derrumbar un imperio.Esa era, según él, su mayor ven
Último capítulo