Esclava de muchos amos

Esclava de muchos amosES

Mafia
Última actualización: 2026-01-30
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Resumen
Índice

Serena ha conocido el dolor, la pobreza y el abandono como pocos. Con su vida desmoronándose y sin opciones a la vista, una propuesta inesperada parece ser su única salvación: un contrato que promete solucionar todos sus problemas... a un precio. Pronto, Serena se ve arrastrada a un mundo donde las decisiones ya no le pertenecen y su vida es subastada al mejor postor. Cada semana enfrenta un nuevo amo, descubriendo secretos oscuros, desafíos inesperados y verdades que cambiarán su visión del mundo. En medio de esta oscuridad, Serena cruza caminos con Angelo D'Auguro, un mafioso enigmático y peligroso que parece tan interesado en poseerla como en protegerla. En un juego de poder y deseo, Serena deberá descubrir si Angelo es su mayor amenaza o la única esperanza para recuperar su libertad.

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Capítulo 1

LA DEUDA

Serena se miró en el espejo del baño del restaurante y apenas se reconoció. La piel pálida, los ojos verdes apagados por las ojeras, el cansancio adherido al rostro como una segunda piel. Se quitó la gorra del uniforme y la dejó a un lado. Se mojó la cara con agua fría, esperando despertar.

No funcionó.

Se desató el delantal y lo guardó en la mochila. Era su cumpleaños número veinte y lo estaba terminando ahí, entre grasa, ruido y clientes impacientes. Había aceptado un turno doble por una sola razón: dinero. Las medicinas de su madre no podían esperar.

Salió tarde. Exhausta. Caminó a casa contando mentalmente cada billete que había ahorrado.

Al abrir la puerta del departamento, el olor a alcohol la golpeó de inmediato.

La escena era la de siempre: platos sucios en la cocina, ropa tirada en el suelo y Alfred, su padrastro, hundido en el sillón frente al televisor. Una cerveza en la mano. Varias botellas vacías a sus pies.

Serena apretó los labios. Ignorarlo era la única forma de no explotar. Pasó de largo y fue directo a la habitación de su madre.

La luz tenue iluminaba su cuerpo frágil. Dormía. Serena se detuvo a mirarla. Todavía le dolía verla así. No hacía mucho, su madre era una mujer fuerte, siempre activa. Ahora estaba postrada en una cama, conectada a una sonda intravenosa.

Revisó el frasco del medicamento.

Su corazón se detuvo.

Quedaba solo una dosis.

Dos días. Nada más.

Después de eso, no habría medicinas.

Serena sintió un nudo en el pecho. Besó a su madre en la frente y salió de la habitación con cuidado.

En su cuarto, se arrodilló y sacó la pequeña caja metálica que escondía bajo la cama. La abrió con rapidez.

Vacía.

El aire se le fue de los pulmones. Volvió a mirar como si el dinero fuese  volver solo por su insistencia. Nada, ni una moneda.

Serena salió de su cuarto como una tormenta y se plantó frente a Alfred que ni siquiera se inmutó ante su presencia.

—¿Dónde está mi dinero? —exigió con voz temblorosa, tratando de contener las lágrimas. Alfred levantó la vista de la televisión y frunció el ceño, como si estuviera sinceramente indignado por la interrupción.

—¿De qué hablas? —replicó con desgano.

—¡El dinero que estaba en mi caja! ¡Era para las medicinas de mamá! —gritó Serena sintiendo cómo la ira le quemaba el pecho. Alfred dio un sorbo a su cerveza antes de responder.

—Tuve que usarlo para comprar comida. No dejaste nada.

—¡Hay comida en el refrigerador! —replicó Serena, señalando la cocina.

—¿Esperas que yo cocine? —rió con desdén—. Tuve que pedir algo de comer Serena respiró profundamente, intentando controlar su rabia.

—Gastaste el dinero de las medicinas de mi mamá, Alfred. ¿Cómo esperas que lo consiga ahora?

—No te preocupes, ya tengo eso cubierto. Mi jefe me dará el dinero. Serena frunció el ceño, desconfiada. —¿Tu jefe? Pero si no trabajas.

—Conseguí un trabajo —respondió con un tono que pretendía ser convincente—. Mira, si quieres el dinero, ve tú misma. Aquí está la dirección. Pregunta por Gianni y dile que yo te envié. Ellos te lo darán. Le entregó una tarjeta

Serena la tomó. Letras doradas. Un nombre elegante: Il Fiore d’Oro.

—¿Y por qué no vas tú? —inquirió. —Es de noche, hace frío y estoy resfriado —dijo Alfred, fingiendo tos—. Además, no vayas así. Arréglate un poco. Es un lugar elegante y no quiero pasar vergüenza por tu culpa.

Serena cerró los ojos un segundo. No tenía opción.

Se dio una ducha rápida, eligió la ropa más decente que tenía; un vestido verde espralda que hacía juego con us ojos, el estmpado floral le daba un toque femenino y juvenil, se clzó unos tenis blancos. Se miró al espejo. No quería verse bonita. Solo respetable.

Antes de salir, se volvió hacia Alfred.

—Si vuelves a tocar el dinero de mi mamá, llamaré a la policía.

Él rió.

—Ve tranquila, niña. No hagas esperar a Gianni.

Serena salió del departamento con el corazón latiéndole con fuerza.

Apenas la puerta se cerró, Alfred tomó el teléfono.

—Gianni, la chica va en camino.

—Más le vale —respondió la voz al otro lado—. Si no sirve, no cubre tu deuda.

—Créeme —dijo Alfred, sonriendo—. Es joven, bonita… y virgen. Vale el triple.

La llamada terminó con una risa baja y desagradable.

Mientras tanto, Serena caminaba hacia Il Fiore d’Oro convencida de que iba a recuperar el dinero para las medicinas.

Sin saber que esa noche alguien ya había decidido su precio.

Frente al restaurante, Serena no dudó. El lugar era elegante; luces cálidas, ventanales amplios, personas bien vestida. Entró con la espalda recta.

La música suave y el aroma a alcohol la envolvieron de inmediato. Caminó con paso firme hasta el mostrador.

—Buenas noches —dijo el hombre detrás de la barra—. ¿En qué puedo ayudarla?

—Busco a Gianni —respondió Serena—. Me dijeron que viniera.

El hombre la observó con atención.

—¿Quién la envía?

—Alfred.

Asintió y señaló hacia el fondo.

—Mesa grande. La del fondo.

Serena giró la cabeza.

Y entonces lo vio.

Una mesa rodeada solo de hombres. Demasiados. Voces altas, carcajadas descontroladas, copas chocando sin cuidado. El ambiente era ruidoso, cargado, incómodo.

Gianni estaba allí. No sabía cómo lo supo, pero lo reconoció al instante. Sentado entre ellos, relajado, observando el caos como si le perteneciera. Se le  encogió el estómago. Tenía el cabello oscuro echado hacia atrás de cualquier manera, como si se hubiera pasado la mano sin mirarse al espejo. La piel clara se le veía algo enrojecida, sobre todo en las mejillas. Sus ojos marrones eran pequeños, inexpresivos.

Mientras observaba, una mujer se acercó a la mesa. Uno de los hombres le dijo algo al oído. Rieron. Se levantaron juntos y se dirigieron hacia las escaleras del fondo. Sintió un frío recorrerle la espalda. Dio un paso atrás.

No debería estar ahí.

La duda llegó de golpe, clara y pesada. Pensó en Alfred, en su insistencia por que se arreglara, en la forma en que la había enviado sola. Pensó en la tarjeta elegante, en el lujo que no encajaba con aquella mesa vulgar y ruidosa.

Miró la puerta. Podía irse. Todavía estaba a tiempo. Su corazón latía con fuerza.

Pero la imagen de su madre se impuso. Dos días. Solo dos días de medicamentos.

Apretó los puños.

—Solo tomar el dinero—se dijo—. Será rápido, luego me voy.

Respiró hondo y avanzó.

A medida que se acercaba, las risas se hicieron más fuertes. Uno de los hombres la vio y la señaló, divertido. Otro la miró sin disimulo.

Serena sintió el miedo treparle por la espalda. Y aun así, con cada parte de su cuerpo pidiéndole que se diera la vuelta, siguió caminando hacia la mesa.

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