Mundo ficciónIniciar sesiónSerena ha conocido el dolor, la pobreza y el abandono como pocos. Con su vida desmoronándose y sin opciones a la vista, una propuesta inesperada parece ser su única salvación: un contrato que promete solucionar todos sus problemas... a un precio. Pronto, Serena se ve arrastrada a un mundo donde las decisiones ya no le pertenecen y su vida es subastada al mejor postor. Cada semana enfrenta un nuevo amo, descubriendo secretos oscuros, desafíos inesperados y verdades que cambiarán su visión del mundo. En medio de esta oscuridad, Serena cruza caminos con Angelo D'Auguro, un mafioso enigmático y peligroso que parece tan interesado en poseerla como en protegerla. En un juego de poder y deseo, Serena deberá descubrir si Angelo es su mayor amenaza o la única esperanza para recuperar su libertad.
Leer másSerena se miró en el espejo del baño del restaurante y apenas se reconoció. La piel pálida, los ojos verdes apagados por las ojeras, el cansancio adherido al rostro como una segunda piel. Se quitó la gorra del uniforme y la dejó a un lado. Se mojó la cara con agua fría, esperando despertar.
No funcionó.
Se desató el delantal y lo guardó en la mochila. Era su cumpleaños número veinte y lo estaba terminando ahí, entre grasa, ruido y clientes impacientes. Había aceptado un turno doble por una sola razón: dinero. Las medicinas de su madre no podían esperar.
Salió tarde. Exhausta. Caminó a casa contando mentalmente cada billete que había ahorrado.
Al abrir la puerta del departamento, el olor a alcohol la golpeó de inmediato.
La escena era la de siempre: platos sucios en la cocina, ropa tirada en el suelo y Alfred, su padrastro, hundido en el sillón frente al televisor. Una cerveza en la mano. Varias botellas vacías a sus pies.
Serena apretó los labios. Ignorarlo era la única forma de no explotar. Pasó de largo y fue directo a la habitación de su madre.
La luz tenue iluminaba su cuerpo frágil. Dormía. Serena se detuvo a mirarla. Todavía le dolía verla así. No hacía mucho, su madre era una mujer fuerte, siempre activa. Ahora estaba postrada en una cama, conectada a una sonda intravenosa.
Revisó el frasco del medicamento.
Su corazón se detuvo.
Quedaba solo una dosis.
Dos días. Nada más.
Después de eso, no habría medicinas.
Serena sintió un nudo en el pecho. Besó a su madre en la frente y salió de la habitación con cuidado.
En su cuarto, se arrodilló y sacó la pequeña caja metálica que escondía bajo la cama. La abrió con rapidez.
Vacía.
El aire se le fue de los pulmones. Volvió a mirar como si el dinero fuese volver solo por su insistencia. Nada, ni una moneda.
Serena salió de su cuarto como una tormenta y se plantó frente a Alfred que ni siquiera se inmutó ante su presencia.
—¿Dónde está mi dinero? —exigió con voz temblorosa, tratando de contener las lágrimas. Alfred levantó la vista de la televisión y frunció el ceño, como si estuviera sinceramente indignado por la interrupción.
—¿De qué hablas? —replicó con desgano.
—¡El dinero que estaba en mi caja! ¡Era para las medicinas de mamá! —gritó Serena sintiendo cómo la ira le quemaba el pecho. Alfred dio un sorbo a su cerveza antes de responder.
—Tuve que usarlo para comprar comida. No dejaste nada.
—¡Hay comida en el refrigerador! —replicó Serena, señalando la cocina.
—¿Esperas que yo cocine? —rió con desdén—. Tuve que pedir algo de comer Serena respiró profundamente, intentando controlar su rabia.
—Gastaste el dinero de las medicinas de mi mamá, Alfred. ¿Cómo esperas que lo consiga ahora?
—No te preocupes, ya tengo eso cubierto. Mi jefe me dará el dinero. Serena frunció el ceño, desconfiada. —¿Tu jefe? Pero si no trabajas.
—Conseguí un trabajo —respondió con un tono que pretendía ser convincente—. Mira, si quieres el dinero, ve tú misma. Aquí está la dirección. Pregunta por Gianni y dile que yo te envié. Ellos te lo darán. Le entregó una tarjeta
Serena la tomó. Letras doradas. Un nombre elegante: Il Fiore d’Oro.
—¿Y por qué no vas tú? —inquirió. —Es de noche, hace frío y estoy resfriado —dijo Alfred, fingiendo tos—. Además, no vayas así. Arréglate un poco. Es un lugar elegante y no quiero pasar vergüenza por tu culpa.
Serena cerró los ojos un segundo. No tenía opción.
Se dio una ducha rápida, eligió la ropa más decente que tenía; un vestido verde espralda que hacía juego con us ojos, el estmpado floral le daba un toque femenino y juvenil, se clzó unos tenis blancos. Se miró al espejo. No quería verse bonita. Solo respetable.
Antes de salir, se volvió hacia Alfred.
—Si vuelves a tocar el dinero de mi mamá, llamaré a la policía.
Él rió.
—Ve tranquila, niña. No hagas esperar a Gianni.
Serena salió del departamento con el corazón latiéndole con fuerza.
Apenas la puerta se cerró, Alfred tomó el teléfono.
—Gianni, la chica va en camino.
—Más le vale —respondió la voz al otro lado—. Si no sirve, no cubre tu deuda.
—Créeme —dijo Alfred, sonriendo—. Es joven, bonita… y virgen. Vale el triple.
La llamada terminó con una risa baja y desagradable.
Mientras tanto, Serena caminaba hacia Il Fiore d’Oro convencida de que iba a recuperar el dinero para las medicinas.
Sin saber que esa noche alguien ya había decidido su precio.
Frente al restaurante, Serena no dudó. El lugar era elegante; luces cálidas, ventanales amplios, personas bien vestida. Entró con la espalda recta.
La música suave y el aroma a alcohol la envolvieron de inmediato. Caminó con paso firme hasta el mostrador.
—Buenas noches —dijo el hombre detrás de la barra—. ¿En qué puedo ayudarla?
—Busco a Gianni —respondió Serena—. Me dijeron que viniera.
El hombre la observó con atención.
—¿Quién la envía?
—Alfred.
Asintió y señaló hacia el fondo.
—Mesa grande. La del fondo.
Serena giró la cabeza.
Y entonces lo vio.
Una mesa rodeada solo de hombres. Demasiados. Voces altas, carcajadas descontroladas, copas chocando sin cuidado. El ambiente era ruidoso, cargado, incómodo.
Gianni estaba allí. No sabía cómo lo supo, pero lo reconoció al instante. Sentado entre ellos, relajado, observando el caos como si le perteneciera. Se le encogió el estómago. Tenía el cabello oscuro echado hacia atrás de cualquier manera, como si se hubiera pasado la mano sin mirarse al espejo. La piel clara se le veía algo enrojecida, sobre todo en las mejillas. Sus ojos marrones eran pequeños, inexpresivos.
Mientras observaba, una mujer se acercó a la mesa. Uno de los hombres le dijo algo al oído. Rieron. Se levantaron juntos y se dirigieron hacia las escaleras del fondo. Sintió un frío recorrerle la espalda. Dio un paso atrás.
No debería estar ahí.
La duda llegó de golpe, clara y pesada. Pensó en Alfred, en su insistencia por que se arreglara, en la forma en que la había enviado sola. Pensó en la tarjeta elegante, en el lujo que no encajaba con aquella mesa vulgar y ruidosa.
Miró la puerta. Podía irse. Todavía estaba a tiempo. Su corazón latía con fuerza.
Pero la imagen de su madre se impuso. Dos días. Solo dos días de medicamentos.
Apretó los puños.
—Solo tomar el dinero—se dijo—. Será rápido, luego me voy.
Respiró hondo y avanzó.
A medida que se acercaba, las risas se hicieron más fuertes. Uno de los hombres la vio y la señaló, divertido. Otro la miró sin disimulo.
Serena sintió el miedo treparle por la espalda. Y aun así, con cada parte de su cuerpo pidiéndole que se diera la vuelta, siguió caminando hacia la mesa.
Los pezones se le marcaban por encima de la tela de seda. La chica era hermosa; tenía un aura de inocencia que contrastaba con la mirada enojada, el ceño fruncido, los ojos ámbar chispeantes de rabia al verlo. No se resistió: quería tocarla, hacerla suya ahí, sin pensar en nada.—Gianni —la voz de Angelo lo atravesó, firme, ronca; llenó toda la habitación como un trueno seco en medio de una tormenta. No gritó, pero conocía a Angelo lo suficiente como para saber que lo estaba reprendiendo por estar ahí.Gianni se puso de pie en un movimiento rápido, como un resorte.—¡Hermano! —dijo con ánimo exagerado mientras caminaba hacia él.Angelo estaba de pie en el umbral de la puerta, con los brazos cruzados. Su mirada exigía una explicación.—Vine a ver si tu amiguita estaba mejor.La mirada de Angelo se dirigió hacia la chica. Gianni se giró para mirarla.—Mírala, todavía está asustada por todo lo que pasó —dijo, tratando de justificar el semblante pálido, los ojos llorosos y la mirada desco
El frío del concreto le penetró en los huesos cuando cayó. El dolor fue intenso, en algún punto de la cadera que no supo identificar con precisión. Un chasquido casi imperceptible llegó junto a la punzada; no supo si era algo quebrándose dentro de ella o el eco de los puños de Angelo contra el rostro del hombre.Desde el piso veía a Angelo desde un ángulo que no había visto antes. No era el hombre comprensivo que le había explicado que no le haría daño cuando despertó en una habitación extraña. No era el hombre irresistible y sexy que había querido devorar en la piscina. Desde ese ángulo no era un hombre: era un monstruo. El ceño fruncido, la boca entreabierta, los ojos destellando furia.La había tirado al suelo de forma violenta, aunque su movimiento no había ido cargado de fuerza; un simple empujón bastó para dejarla maltrecha. Era insignificante ante la fuerza de Angelo.Serena estaba aterrada.¿Y si ella era la siguiente?¿Descargaría la furia sobre ella?Ya lo había visto lastim
Angelo condujo sin decir una palabra.El tráfico avanzaba lento, arrastrado, y las luces rojas de los semáforos se reflejaban en el parabrisas como heridas abiertas. El motor ronroneaba bajo, contenido, igual que él. Sus manos permanecían firmes sobre el volante, los nudillos tensos, blancos por la presión.A su lado, Serena lloraba.No era un llanto escandaloso. No había sollozos ni gemidos que pidieran atención. Era algo más difícil de soportar: esa respiración irregular, quebrada, como si el aire no lograra llegarle del todo a los pulmones.Ese sonido le tensaba los nervios. Miraba por la ventana, los brazos cruzados contra el pecho, abrazándose a sí misma como si fuera la única forma de no desmoronarse.Verla así le provocaba una presión incómoda en el pecho, una sensación extraña, ajena, que no sabía nombrar. Angelo nunca había sabido qué hacer frente al llanto ajeno. En su mundo, llorar no servía de nada. No arreglaba problemas. No detenía balas. No evitaba muertes. Era, además,
—Tienes que irte —dijo Angelo, cortando el llanto de la mujer de forma brusca.Reconoció el tono: Era una orden.La mujer se alejó unos pasos.—Vamos, te acompaño a la salida.Se movió con rapidez, primero corrió pero cada paso parecía arrancarle un crujido al suelo, así que redujo la marcha obligándose a caminar despacio. Las voces se acercaban. El tiempo se encogía.Cruzó el salón principal, pero supo que no alcanzaría las escaleras. La verían.Se deslizó entre un armario repleto de libros y la pared, encogiéndose todo lo posible. El polvo le rozó la piel desnuda del brazo. No se movió.—¿Cuándo vendrás? —preguntó la mujer, con la voz quebrada—. Prometiste que lo dejarías todo.—No es tan fácil, Elena —respondió Angelo en un murmullo bajo—. Debes irte. Te prometo que pronto iré con ustedes.Pronto iré con ustedes.Las palabras se le clavaron a Serena como una astilla. ¿Con quiénes? ¿Adónde? Sintió una mezcla incómoda de curiosidad y alerta. Angelo era así: una puerta cerrada con dem
Serena se inclinó hacia él y lo besó.Fue un movimiento torpe, impulsivo, guiado más por el cuerpo que por la razón. Sus labios rozaron los de él apenas, un contacto breve, casi tímido… y luego Angelo respondió. El mundo pareció inclinarse.El roce de sus bocas hizo que el pulso de Serena se disparara. Un temblor le recorrió la espalda, bajó por el vientre, se concentró en un punto sensible que la obligó a aferrarse a él con más fuerza, Angelo no le fue indiferente, la levntó sosteniendola por los muslos con fuerza, ella abrió las piernas y lo rodeó, él la apretó contra él con una fuerza animal. Un gemido se le escapó, la humedad entre sus piernas se volvió imposible de ignorar, su cercanía la envolvió, y ese contraste entre la piel fría de él y el calor que ardía en ella le arrancó un temblor involuntario. La respiración se le volvió irregular, un estremecimiento la recorrió de pies a cabeza.El cuerpo de Angelo reaccionó también. Serena lo sintió con una nitidez que la desarmó: un
Serena intentó retroceder cuando él dio un paso hacia ella, pero el cuerpo no le respondió. Las piernas le flaquearon sin aviso, como si el miedo hubiera drenado la poca fuerza que le quedaba. El mundo se le inclinó peligrosamente y apenas alcanzó a emitir un sonido ahogado antes de perder el equilibrio.Angelo la sostuvo.Sus brazos fueron firmes, inesperadamente cálidos. No bruscos. No posesivos. Solo… ahí. El contacto la descolocó más que el pánico. Su rostro quedó a la altura de su pecho y lo primero que la envolvió fue su olor: limpio, masculino, con un rastro tenue de algo amaderado que no supo identificar. No era el olor de la sala blanca ni el del miedo. Era distinto. Real.Su respiración se agitó, pero ya no solo por terror.El pecho de él subía y bajaba despacio bajo su mejilla, marcándole un ritmo ajeno, más calmo, que poco a poco comenzó a imponerse sobre el suyo. Serena cerró los ojos por puro instinto. El contacto la confundía. Su cuerpo reaccionaba de formas que no quer
Último capítulo