El sol de la mañana se filtraba a través de las cortinas rotas de la torre, tiñendo el piso de un naranja suave que contrastaba con las sombras de la noche anterior. Killian y yo nos despertamos envueltos en las sábanas revueltas, con los cuerpos aún marcados por la batalla y el amor. Su brazo rodeaba mi cintura con una posesión que ya no me asustaba; al contrario, me hacía sentir invencible. Abrí los ojos y lo encontré mirándome, sus ojos ámbar brillando con una intensidad que me recordaba por