La sala de reuniones en la mansión Moretti olía a madera vieja, tabaco y conveniencias veladas. Las lámparas colgaban pesadas sobre la gran mesa, arrojando círculos de luz sobre rostros que ya no sabían sonreír sin calcular la ganancia. Afuera la lluvia arremetía contra los cristales como si quisiera borrar lo que dentro se tejía: alianzas, traiciones, futuros vendidos a precio de oro.
Giovanni Moretti estaba de pie al fondo, junto a la ventana, la silueta recortada contra la noche. Su porte no