La lluvia no paró hasta que el sol salió como un ojo enfermo.
Cuando Killian y yo bajamos al salón principal, la casa ya olía a pólvora quemada, café amargo y metal caliente. Papá estaba de pie junto a la chimenea, con la camisa remangada y los antebrazos llenos de cicatrices que la luz del fuego hacía brillar como líneas de plata vieja.
Mamá preparaba vendas y desinfectante en la mesa larga, moviéndose con esa calma fría que siempre tenía antes de una tormenta. Anya y Gia revisaban armas en u