cuando el primer mensajero llegó a la fortaleza. No fue un hombre armado ni un dron. Fue una niña de unos diez años, con el uniforme escolar impecable y una mochila rosa en la espalda. Se detuvo frente a la verja principal, miró a las cámaras y levantó un sobre blanco con letras rojas: “Para Luna Mancini. Entrega personal.”
Los guardias la dejaron pasar después de revisarla tres veces. No llevaba armas. Solo el sobre y una nota escrita a mano en el reverso: “Si matan al mensajero, el siguiente