Mundo de ficçãoIniciar sessãoCuando Viktor Albrecht, jefe de la mafia alemana, ingresó a un bar para relajarse, lo que menos esperó es que sus ojos chocaran con unos violetas. Tampoco esperó que aquellos orbes inocentes le provocaran compasión. Emilia estaba allí en contra de su voluntad, y en un intento de redención, Viktor la compró para salvarla de su inminente destino. Lo que él no esperaba era descubrir que ella es la hija de su enemigo. Por lo que aquel acto desinteresado se convirtió en una oportunidad perfecta para vengarse. Sin embargo, aquella lucha por el poder terminó en una oscura atracción imposible de ignorar. Ambos descubrirán que a veces el amor y la obsesión pueden ser más peligrosos que una guerra entre mafiosos.
Ler maisBerlín, AlemaniaEmiliaHan pasado semanas desde que todo terminó. A veces aún me despierto sudando frío, creyendo escuchar el eco de las puertas de hierro cerrándose en algún sótano lejano. O el crujido de una bala rozándome la piel. Pero cuando abro los ojos, él siempre está ahí.Viktor duerme a mi lado, una mano bajo mi nuca, la otra descansando sobre mi cintura, como si incluso dormido se negara a soltarme. A veces creo que se culpa por todo, por cada lágrima, cada cicatriz nueva. Pero yo no. Yo lo perdoné desde el instante en que entendí que el amor es tan caótico como lo que nos rodea.Nos quedamos en la mansión por ahora. La casa es distinta: no hay susurros a mis espaldas, ni Gerda lanzándome miradas frías —ella se fue a vivir con su hermana, dice Viktor que necesitaba descansar de toda la locura—. Helena y Konstantin ya no están tampoco. Ellos merecen su propia versión de la tranquilidad. A veces, en las tardes, Helena me llama y hablamos horas sobre cosas simples: qué flores
Berlín, AlemaniaViktorSiempre he pensado que, sin importar la época del año, el ambiente en cementerio siempre se siente frío y lúgubre, tanto que lo siento calándome los huesos, incluso con el sol asomándose entre las nubes grises. El viento silba entre las lápidas, arrastra hojas secas y murmullos de otros que, como yo, se sientan frente a la muerte esperando redención.Me arrodillo frente a la tumba de mármol blanco. La limpio con la palma de mi mano, quitando la tierra húmeda que se adhiere a las letras grabadas con precisión. «Anna y Markus Albrecht». Sus nombres siguen grabados como el primer día, como si nunca se hubieran ido.—Ha pasado demasiado tiempo —murmuro, y mi voz se quiebra en el silencio del cementerio—. Sé que no vine antes. No como debía.Me acomodo, apoyando un codo sobre mi rodilla. El silencio me obliga a enfrentar cada palabra que dejo escapar.—Durante años, pensé que la única forma de honrarlos era convertir mi rabia en acero. En plomo. En sangre.Miro la p
Berlín, AlemaniaEmiliaApenas han pasado tres días desde que casi muero y aún siento la herida latir bajo la piel como un recordatorio de lo cerca que estuve de perderlo todo, pero hoy no hay lugar para el miedo ni para la fragilidad. Hoy tengo una deuda que saldar. Ha llegado el día de que esas mujeres, aquellas por las que luché, por fin vean la luz del día y regresen a sus vidas. —Emilia, por favor… —La voz grave de Viktor resuena detrás de mí mientras me pongo un abrigo ligero.Me giro y lo veo apoyado en el marco de la puerta, con esa ceja arqueada que me derrite y me saca de quicio a partes iguales.—Viktor… —suspiro, sabiendo que no va a ceder con facilidad—. No voy a quedarme acostada cuando ellas me necesitan.Él se cruza de brazos. La línea de su mandíbula se tensa. —Podrías delegarlo. Konstantin puede…—No —lo interrumpo, caminando hasta él para poner mis manos sobre su pecho—. Ellas… ellas confiaron en mí cuando no tenían motivo para hacerlo. Me miraron como si fuera su
Berlín, AlemaniaViktorEl aire en el sótano de mi mansión siempre es frío, pero esta noche tiene un filo distinto. Un filo que huele a sangre seca y a miedo. El miedo no es mío, sino de aquel enemigo que he ansiado tener en mis manos desde hace años. Konstantin se apoya despreocupadamente contra la pared, limpiándose las uñas con la punta de un cuchillo, mientras Reinhard balbucea algo que no me interesa oír. No todavía. Paso la mirada por encima de su cuerpo derrotado, lo más probable es que las costillas estén magulladas. Su ojo está tan hinchado que apenas logra abrirlo. Bien. No merecía menos.Me agacho frente a él. Lo miro a los ojos —o mejor dicho, al único ojo útil que le queda. Y lo odio. Lo odio con cada fibra de mi ser.—¿Sabes lo que más me jode de todo esto? —mi voz sale baja, casi calmada, pero sé que eso lo aterroriza más que si gritara—. Que durante años fingiste ser algo que no eras. Un hombre de negocios, un aliado de conveniencia… un padre.Su labio roto tiembla. E
Berlín, AlemaniaEmiliaEl sabor salado de mis propias lágrimas se mezcla con la calidez de sus palabras. Aún escucho su voz temblando cuando me dice que me ama. Que no quiere pelear más. Que ya no tiene fuerzas para negarse a lo que somos.Y yo… Yo no puedo sostenerlo más dentro de mí. Mi garganta arde, pero logro reunir algo de voz. Mi mano se aferra a la suya, temblorosa.—Yo también te amo —susurro, y mi pecho se estremece al decirlo en voz alta—. Te amo, Viktor. Te amo tanto que a veces duele respirar.Su mirada se vuelve suave y dolorosa, también. Porque hay tanto que reparar, tanto roto, tanto que nunca volverá a ser como antes… Pero está bien. No queremos volver atrás. Queremos empezar de nuevo, incluso aquí, en medio del caos.—No puedo prometerte que todo será perfecto —le digo, con voz ronca y un nudo en la garganta—. Pero sí puedo prometerte que nunca más estaremos en lados opuestos. Nunca más solos.Viktor me mira como si hubiera esperado toda su vida para escuchar esas p
Berlín, AlemaniaViktorTodo sucede tan rápido que apenas y puedo procesarlo.—¡Emilia!No pienso. Solo corro. La sangre me hierve en las venas. El mundo a mi alrededor se vuelve un eco distante: disparos, gritos, pasos… nada importa. Nada, excepto el cuerpo inerte que sostengo contra mi pecho.Siento su sangre empapar mis brazos.—¡Joder, no! —gruño, sosteniéndola como si pudiera con eso evitar que se apague.Ella no reacciona. Su cabeza se balancea hacia atrás, como una muñeca rota. Sus pestañas descansan cerradas sobre su piel blanca, pálida… demasiado pálida. La miro, buscando algún movimiento, algo que me indique que aún está conmigo.—¡Konstantin! —bramo por el auricular—. ¡Cúbreme! ¡Voy a sacarla!—¡Tengo tu espalda! —responde él con tono firme—. ¡Llévala ya!No lo dudo y corro.Desenfundo mi arma y disparo hacia los lados mientras atravieso el pasillo principal, resbalando con la sangre sobre el mármol. Mis hombres limpian el camino, me abren paso. El aire huele a pólvora, a mi
Último capítulo