La lluvia golpeaba los cristales como si quisiera entrar a la fuerza.
Killian y yo subimos las escaleras de la torre en silencio, dejando un rastro de agua sucia y sangre diluida. El vestido rojo colgaba de mí como una piel muerta; la katana, todavía caliente por la matanza, golpeaba contra mi espalda con cada paso. Killian cojeaba, pero no se quejaba. Su mano apretaba la mía con una fuerza que decía más que cualquier palabra: no te suelto. Nunca más.
Cerré la puerta de mi habitación con el pie