Mundo ficciónIniciar sesiónHelena siempre pensó que sus pesadillas eran solo eso: sueños. Pero todo cambia cuando el hombre de sus visiones, un vampiro condenado a morir una y otra vez, aparece frente a ella en carne y hueso, pidiendo su ayuda. Atravesando un oscuro portal hacia un mundo lleno de seres sobrenaturales, Helena descubre que su conexión con él no es casual: su linaje está marcado por una maldición ancestral. Mientras se adentra en una peligrosa aventura entre clanes de vampiros, magia prohibida y secretos familiares, Helena debe decidir entre liberarlo del ciclo de muerte que lo atormenta... o convertirse en su próxima víctima. Entre pasiones desbordadas, traiciones y decisiones que pondrán a prueba su alma, Helena deberá enfrentar la oscuridad que acecha tanto a su corazón como a su destino.
Leer másEl cielo se tiñó de carmesí mientras la luna ascendía, enorme y amenazante, como un ojo sangriento que observaba la batalla que estaba a punto de desatarse. Helena —ahora Ayleen para todos los que conocían su verdadera naturaleza— sentía cada fibra de su ser vibrar con una energía ancestral que jamás había experimentado. A su lado, Darius respiraba con la misma intensidad, sus ojos brillando con un fulgor sobrenatural que reflejaba la luna roja.—Es la hora —susurró él, extendiendo su mano hacia ella.Cuando sus dedos se entrelazaron, una corriente eléctrica recorrió sus cuerpos. El vínculo, forjado en sangre y dolor, ahora era su mayor fortaleza. Podía sentir cada pensamiento de Darius, cada latido de su corazón como si fuera el suyo propio. Ya no eran dos seres separados, sino una sola entidad dividida en dos cuerpos.Frente a ellos, en el claro del bosque ancestral, Malakai, el Alfa enemigo, esperaba con una sonrisa despectiva. Su manada de renegados formaba un semicírculo tras él,
La luna roja se alzaba en el cielo como un ojo sangriento que todo lo observaba. Su luz carmesí bañaba el claro del bosque, tiñendo los árboles y las rocas de un color escarlata que presagiaba muerte. Helena sentía el pulso acelerado, la respiración entrecortada, mientras observaba cómo las sombras del bosque se movían, inquietas, como si la propia naturaleza temiera lo que estaba por venir.El druida, un anciano de piel curtida y ojos que habían visto demasiado, se acercó a ellos con paso vacilante. Sus manos, nudosas como raíces antiguas, sostenían un cuenco tallado en madera de roble.—El tiempo se agota —murmuró con voz cascada—. Puedo sentirlo. El Alfa viene por lo que cree suyo.Helena intercambió una mirada con Darius. Su vampiro, su maldición, su salvación. Ambos estaban cubiertos de heridas tras la última batalla. La sangre de Darius, oscura y espesa, manchaba su camisa desgarrada. La de Helena, roja y brillante, se mezclaba con el sudor en su frente.—¿Estás seguro de que no
La noche se había convertido en un lienzo carmesí. El claro del bosque, antes pacífico bajo la luz plateada de la luna, ahora era un campo de batalla donde los cuerpos de lobos heridos y caídos dibujaban sombras grotescas sobre la tierra húmeda. El aire, denso y metálico, transportaba el aroma inconfundible de la sangre mezclada con el miedo.Ayleen permanecía de pie en el centro de aquel caos, su cuerpo envuelto en aquella energía blanca y carmesí que pulsaba como un corazón vivo. La marca en su pecho ardía, enviando oleadas de poder a través de sus venas. Erika yacía a pocos metros, su forma de loba retorciéndose mientras intentaba incorporarse, el pelaje antes lustroso ahora manchado de sangre y tierra.—No te levantes —advirtió Ayleen, su voz irreconocible incluso para ella misma, un sonido que parecía provenir de las profundidades de la tierra—. No me obligues a terminar lo que empecé.Darius se mantenía a su lado, su imponente figura de lobo negro transformándose lentamente hast
El cielo se teñía de un carmesí intenso mientras el sol se ocultaba tras las montañas. Helena observaba desde la torre más alta del castillo cómo las nubes parecían sangrar sobre el horizonte. No era una coincidencia; la naturaleza misma presagiaba lo que estaba por venir. La Luna Roja, un fenómeno que ocurría cada cien años, se alzaría esta noche, y con ella, el momento decisivo que definiría el destino de todos.—Es hermoso, ¿verdad? Incluso cuando anuncia destrucción —murmuró una voz a sus espaldas.Helena no necesitó girarse para saber que era él. Damián, el vampiro que había visto morir en sus pesadillas cientos de veces, el hombre que ahora ocupaba cada rincón de su mente y su corazón.—¿Cómo puede ser hermoso algo que trae tanto dolor? —respondió ella, sin apartar la mirada del horizonte.Damián se acercó hasta situarse junto a ella, sus hombros casi rozándose. El aire entre ambos parecía cargado de electricidad, una tensión que ninguno se atrevía a romper completamente.—La be
El bosque aún olía a sangre. Los cuerpos de los lobos caídos habían sido retirados, pero la tierra conservaba la memoria de la batalla. Ayleen caminaba entre los árboles, sintiendo cada vida perdida como una herida propia. La traición de Lazhar había costado demasiado.En el centro del claro, atado con cadenas de plata que quemaban su piel, Lazhar permanecía de rodillas. Su rostro, antes orgulloso, ahora mostraba el vacío de quien ha sido descubierto. A su alrededor, los supervivientes de la manada formaban un círculo tenso, esperando justicia.Darius apareció entre los árboles, su presencia imponente como una tormenta contenida. Las heridas de la batalla aún marcaban su cuerpo, pero el fuego en sus ojos eclipsaba cualquier signo de debilidad. Se detuvo frente a Lazhar, y el silencio se volvió asfixiante.—Traicionaste a tu manada —la voz de Darius resonó como un trueno lejano—. Abriste nuestras puertas al enemigo. Por tu culpa, hermanos y hermanas que confiaban en ti yacen muertos.L
El amanecer llegó con una calma engañosa. Ayleen observaba desde la ventana de su habitación cómo los primeros rayos del sol se filtraban entre los árboles del bosque, iluminando el territorio de la manada. Tres días habían pasado desde el juicio, y la tensión era palpable en cada rincón. Las miradas que recibía al caminar por los pasillos de la casa principal oscilaban entre la veneración y el miedo. Para algunos, era la salvadora que había demostrado su valía; para otros, la amenaza que podría destruirlos a todos.Se miró las manos, aquellas manos humanas que ahora sabían transformarse en garras. ¿Quién era realmente? ¿La mujer que había llegado buscando respuestas o la loba que comenzaba a despertar en su interior?—Estás pensando demasiado —dijo una voz a sus espaldas.Ayleen se giró para encontrarse con Erika, la anciana del consejo, quien la observaba con esos ojos que parecían contener siglos de sabiduría.—No puedo evitarlo —respondió Ayleen—. Siento que estoy atrapada entre d





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