El amanecer llegó con una calma engañosa. Ayleen observaba desde la ventana de su habitación cómo los primeros rayos del sol se filtraban entre los árboles del bosque, iluminando el territorio de la manada. Tres días habían pasado desde el juicio, y la tensión era palpable en cada rincón. Las miradas que recibía al caminar por los pasillos de la casa principal oscilaban entre la veneración y el miedo. Para algunos, era la salvadora que había demostrado su valía; para otros, la amenaza que podría destruirlos a todos.
Se miró las manos, aquellas manos humanas que ahora sabían transformarse en garras. ¿Quién era realmente? ¿La mujer que había llegado buscando respuestas o la loba que comenzaba a despertar en su interior?
—Estás pensando demasiado —dijo una voz a sus espaldas.
Ayleen se giró para encontrarse con Erika, la anciana del consejo, quien la observaba con esos ojos que parecían contener siglos de sabiduría.
—No puedo evitarlo —respondió Ayleen—. Siento que estoy atrapada entre d