El fuego devoraba el bosque con hambre insaciable. Las llamas danzaban entre los árboles, convirtiendo la noche en un infierno carmesí. Helena corría descalza, sintiendo la tierra caliente bajo sus pies, mientras el humo se colaba en sus pulmones. No sabía hacia dónde huir; el fuego la rodeaba por todas partes.
Fue entonces cuando lo vio.
Entre las llamas, inmóvil como una estatua de mármol, un lobo blanco la observaba. Sus ojos, de un azul imposible, brillaban con una inteligencia sobrenatural