Mundo ficciónIniciar sesiónKarina Wilson huye de una deuda de muerte y de un padre que la entregó. Su único refugio es la mansión de Andrew Thorne, el Ceo al que cuida tras el accidente que lo dejó en una silla de ruedas, transformándolo en un hombre amargado y cruel. Andrew no es solo su paciente, es su tirano. Y cuando descubre el secreto de Kary, ve en su desesperación la oportunidad perfecta para la venganza. Andrew le ofrece un contrato: Él paga la deuda, extingue la amenaza y le da su apellido. A cambio, Karina debe convertirse en su esposa por conveniencia, su arma silenciosa para humillar a la familia que lo traicionó. Ella acepta su prisión de oro, pero el tirano no contaba con que Kary no solo lucharía por su vida, sino por la suya. En este matrimonio falso, el odio y el deseo se mezclan, y la dulce rebelde podría ser la única capaz de sanar el corazón de hielo del hombre que juró jamás confiar en nadie. ¿Podrá el amor nacer en medio de la venganza y un contrato despiadado?
Leer másPOV ANDREW THORNE
El reloj marcaba las 5:00 p.m., pero la oficina, con sus paredes de cristal y vistas a Manhattan, ya estaba sumida en una oscuridad artificial. Yo estaba metido hasta el cuello en proyecciones trimestrales. La frustración era un nudo caliente en mi pecho, y no era por el balance de la empresa. Era por el maldito teléfono vibrando sin parar sobre el escritorio. Alison. —¿Ya saliste, cariño? —Decía su voz en el décimo mensaje de voz—. Date prisa. Quiero llegar a los Hamptons antes de que anochezca. Ella no pedía, exigía. Y yo, Andrew Thorne, el heredero de todo esto, el hombre que le decía a la gente qué hacer, me apresuraba a complacer a una mujer. Me puse la chaqueta de seda sin abrochar y agarré las llaves del Bentley, dejando un desastre de papeles y una junta de directores a medias. “Un fin de semana perfecto,” pensé, con una ironía amarga. Solo éramos perfectos si yo le daba lo que quería. Salí del rascacielos y me lancé al tráfico denso, haciendo rugir el motor. La velocidad era mi única forma de sacar la rabia contenida. El coche era una extensión de mi voluntad, abriéndose paso entre los lentos y los precavidos. El cielo se había vuelto de un gris plomizo, a juego con mi humor. Alison quería llegar rápido, así que conducía como un loco. A cien millas por hora, la tensión era adictiva. En ese momento, el teléfono vibró de nuevo, no un mensaje, sino una llamada entrante. Su foto, su rostro perfecto y ligeramente irritado, parpadeó en el display. No pude ignorarlo. No si quería tener paz el resto del viaje. —¿Qué quieres, Alison? Estoy conduciendo. —¡Por fin! ¡Andrew, el chófer de mis padres dice que la carretera está libre si tomas la 93 Oeste! ¿Me escuchas? ¡Gira en el próximo cruce! Me llevé el teléfono al oído, forzando la atención en su voz estridente en lugar de la carretera. —Estoy en la Quinta Avenida, Alison. La 93 Oeste está a la… —¡Gira ya, Andrew! ¡No seas lento! ¡Te estoy dando un atajo! Su voz, empujándome, el ligero reproche por mi supuesta incompetencia. Hice lo que me dijo. Dejé de mirar el flujo del tráfico que se acercaba. Dejé de concentrarme en las señales. Mi única meta era acallar esa voz. El cruce. La luz del semáforo. La vi en amarillo, casi rojo, pero no me detuve. Estaba a medio camino cuando la voz de Alison se hizo un eco lejano, como si la hubieran ahogado en agua. Lo último que vi fue un muro de metal oxidado y rojo. Un camión, con el conductor probablemente haciendo su trabajo con más diligencia que yo, que me crucé. El conductor no tuvo tiempo de frenar. El impacto no fue solo un sonido; fue una explosión sorda que me arrancó el aliento. Fue el crujir de metal retorciéndose alrededor de mi cuerpo. Fue el estallido del airbag, el olor a quemado y la sensación más horrible de todas: el silencio. Un silencio absoluto, interrumpido solo por el débil goteo de la gasolina. Mi cuerpo era un amasijo de dolor. Intenté mover las piernas, sacarlas de entre los restos del motor, pero no sentí nada. Solo un frío y paralizante vacío desde la cintura hacia abajo. —Alis… —Intenté articular, pero solo salió un gemido ronco. El teléfono había volado. Su voz ya no estaba. La oscuridad se apoderó de mí, y el último pensamiento consciente fue: “El precio de la prisa. La idiotez de querer complacer.” El despertar fue una tortura. No el dolor sordo y generalizado que esperaba de un accidente, sino una confusión punzante. Luces blancas, pitos agudos, el olor a antiséptico. Estaba entubado, con el cuerpo inmovilizado. Tardé dos días en poder hilar una frase coherente. —¿Qué pasó? —Le pregunté a mi padre, cuya cara estaba cubierta por una sombra de preocupación y culpa que no me creí. —Un accidente grave, hijo. Gracias a Dios que estás vivo. El coche… pérdida total. Intenté mover los dedos de los pies. Una leve tensión en el músculo de la pantorrilla. Bien. Intenté mover toda la pierna. Nada. Volví a intentarlo. Con todas mis fuerzas. La frustración crecía, volviéndose histeria. Un par de horas después, el Dr. Evans entró, un hombre de rostro serio y barba impecable. Se sentó a mi lado y me habló con la voz pausada que usan para dar malas noticias. —Andrew, el camión impactó directamente tu lado. Tuviste múltiples fracturas, pero lo más grave fue la columna vertebral. La vértebra T12. Su voz era un murmullo distante, aunque el mundo entero se había silenciado. Solo escuchaba un zumbido. —¿Y qué significa eso, doctor? Dígamelo claro. Evans suspiró, apretando el clipboard. —La médula espinal está dañada. Es una lesión completa. Andrew… no vas a volver a caminar. La noticia no fue un golpe, fue una puñalada helada y lenta. No grité. No lloré. Me quedé absolutamente quieto. Me volví una estatua de hielo. Mi vida entera, mi juventud, mi cuerpo, mi futuro, se había reducido a dos palabras: lesión completa. Mi primer instinto fue buscar a Alison. Quería ver su rostro, quería su consuelo. Quería que asumiera su parte de la culpa por haberme apurado. Una semana después, aún en el hospital, ella apareció. No para abrazarme, sino para cortar por lo sano. —Esto es demasiado, Andrew. No puedo contigo. Necesito a alguien que me lleve de viaje, que baile conmigo. No puedo cargar con esto. Lo siento. No, no lo sentía. No había una pizca de remordimiento en sus ojos. Y la bofetada final: antes de que me dieran el alta, la vi en las revistas del hospital. Alison y Gael, mi primo, saliendo de un restaurante. Él la besaba con una familiaridad asquerosa. Ese día, la ira tomó el lugar de mi dolor. La lástima se convirtió en veneno. Si no podía caminar, al menos podía hacer que el mundo que me había traicionado pagara. Y a eso me dediqué los siguientes meses: a ser el ogro, el inválido amargado que aterrorizaba a su personal. El que se preparaba para hacer pagar a la mujer que le dijo que lo amaba y al final lo había abandonado.POV KARINA El pasillo del hospital, con sus luces fluorescentes y su olor a antiséptico, se sentía como un túnel sin salida. Acababa de salir de la habitación de Andrew, con el eco de su silencio todavía zumbando en mis oídos. Apenas podía respirar cuando las vi: Beatrix Thorne y Paola. Estaban de pie junto a la sala de espera, como dos estatuas de sal esperando el momento exacto para desmoronarse sobre mí.—Mírala —comenzó Beatrix, su voz era un susurro afilado que cortó el aire—. Mírala y dime si no es la viva imagen del desastre.Me detuve. No tenía fuerzas para una batalla, pero ellas no buscaban una pelea; buscaban una ejecución. Paola dio un paso al frente, con sus ojos oscuros brillando con una satisfacción que intentaba ocultar tras una máscara de preocupación profesional.—Te lo advertimos, Karina —dijo Paola, cruzándose de brazos—. Te dijimos que Andrew no estaba en condiciones de lidiar con tus dramas, con tu pasado turbio. Por tu culpa, por ese... animal que trajiste d
POV KARINA El sonido de la sirena de la ambulancia era un grito constante que perforaba mis oídos, pero nada dolía tanto como el sonido de la respiración entrecortada de Andrew a mi lado. Estaba tumbado en la camilla, con el rostro pálido y gotas de sudor frío recorriéndole la frente. Cada vez que el vehículo tomaba una curva o golpeaba un bache, un gemido sordo escapaba de sus labios apretados, y yo sentía que me arrancaban un pedazo de piel.—Ya casi llegamos, Andrew. Por favor, aguanta —susurré, intentando tomar su mano, pero la enfermera me apartó suavemente para ajustar el suero.Tenía el vestido rasgado, el sabor rancio de Ciro todavía impregnado en mi boca y los brazos marcados por las cuerdas, pero no sentía nada de eso. Mi cuerpo era una cáscara vacía; toda mi existencia estaba concentrada en el hombre que se retorcía de dolor frente a mí. Verlo así, tan vulnerable, tan destrozado físicamente por haber intentado rescatarme, era una carga que me aplastaba el pecho. Recordé
POV ANDREW El olor a óxido y desesperación impregnaba el aire. Ciro se acercó, sus ojos brillando con una avidez que no era solo por el dinero. Soltó una risa gutural, arrastrando la barra de hierro por el suelo, el sonido metálico resonando en la bodega vacía como un gong fúnebre.—Así que este es el gran Andrew Thorne —dijo Ciro, su voz llena de desprecio, deteniéndose a solo unos pasos de mi silla—. El que compra todo lo que quiere. ¿Crees que puedes comprar mi venganza con tus billetes, rico de mierda?—El trato era dinero por Karina. Aquí lo tienes —dije, empujando el maletín hacia adelante con las rodillas. Mi voz era una máscara de hielo, pero por dentro, el miedo a lo que pudiera hacerle a Karina me consumía.Ciro se agachó y, con una lentitud exasperante, abrió el maletín. El brillo de los fajos de billetes iluminó su rostro demacrado por un instante. Soltó un silbido.—Vaya, vaya... el dinero es real. Pero sabes qué, Thorne... el placer de ver tu cara de impotencia, de
POV ANDREW El silencio en la mansión Thorne era una entidad viva que me oprimía el pecho. Me encontraba en el despacho, rodeado de informes financieros que no podía leer y de ese iPad maldito que aún mostraba las sombras de Julian y Karina en el restaurante . El whisky en mi vaso se había aguado, pero seguía siendo mi único compañero.—¡Lewis! —grité, mi voz resonando con una irritación que no podía controlar.El hombre apareció en el umbral de la puerta casi al instante, con la cabeza baja.—¿Dónde está Karina? —pregunté, fingiendo una indiferencia que me quemaba la garganta.—La señora salió hace unas horas, señor. No quiso que la escoltaran. Dijo que necesitaba aire.Mi mandíbula se apretó tanto que sentí un crujido. El aire de la mansión, según ella, era irrespirable, pero yo sabía leer entre líneas. En mi mente, "necesitar aire" era el código para "necesitar a Julian". La mecha de mis celos, alimentada por la cizaña de Paola y las fotos anónimas, estalló en una llamarada de
POV ANDREWEl despacho estaba sumido en una penumbra que solo era interrumpida por el brillo gélido de la pantalla de mi iPad. Las fotos seguían allí, quemándome las retinas. Karina y Julian. Julian y Karina. La proximidad de sus cuerpos en esas imágenes era un lenguaje que mi mente traducía como traición, una puñalada directa al único lugar donde no tengo armadura: mi orgullo como hombre. Zack entró sin llamar. No traía una copa esta vez, sino una expresión de gravedad que me hizo querer apartar la mirada. —¿Hasta cuándo vas a seguir flagelándote con esas fotos, Andrew? —preguntó, sentándose frente a mí. —Hasta que aprenda la lección, Zack —respondí con la voz ronca—. Hasta que entienda que por más muros que construya o contratos que firme, siempre seré el hombre en la silla de ruedas al que se puede engañar con una sonrisa y una nota de "vuelvo pronto". —No eres el hombre en la silla de ruedas, eres Andrew Thorne. Y ella es Karina, la mujer que se enfrentó a tus padres por t
POV KARINA Los últimos días han sido una lección de supervivencia, ha sido frios y angustiantes, Andrew está allí, pero no estaba. Su presencia es una sombra cortante, un eco de respuestas de una sola sílaba y miradas que me atraviesan como si fuera de cristal. La tensión es tan espesa que se puede sentir en la boca, con un sabor metálico a sangre y secretos.Sigo convencida de que son esos malditos mensajes de Julian los que lo tienen así. Su orgullo herido es un animal herido que muerde a quien intenta curarlo. Por eso, decidí dar el primer paso. Necesitábamos salir de este lugar infectado por l duda. Programé una cena en un lugar lejano a todo esto: una cabaña discreta a las afueras de la ciudad, un refugio de madera y piedra rodeado de árboles que prometían el silencio que tanto nos faltaba.Cuando llegamos, el aroma a pino y el crepitar de la chimenea me dieron una falsa esperanza. Andrew dejó que Lewis lo ayudara a entrar, pero en cuanto estuvimos solos, su rigidez volvió.





Último capítulo