Mundo ficciónIniciar sesiónAmelia Blake lo tenía todo: un esposo perfecto, una vida tranquila y un bebé creciendo en su vientre. Pero cuando un accidente la deja sin memoria, se aferra al único hombre que parece amarla… sin saber que él también es su peor enemigo. Patrick Rivas, su “marido ideal”, no es más que una máscara que esconde obsesión, ambición y un secreto atroz: mantiene prisionero en un calabozo oculto al verdadero amor de Amelia… su primo Erick. Un hombre que ella amó con el alma, con quien compartió su primera noche, y que ahora vive encerrado por el crimen de amarla demasiado. Cuando Amelia recupera fragmentos de su pasado, vuelve a encontrarse con Erick y libera su corazón… pero la tiranía de Patrick la obliga a traicionarlo para salvar su vida. Esa decisión lo destruye a él… y la condena a ella. Un año después —tras perder a su bebé, escapar de Patrick y reconstruirse desde las cenizas— Amelia intenta empezar de cero en otra ciudad. Pero su mundo colapsa nuevamente cuando descubre que Erick ha regresado convertido en uno de los empresarios más poderosos del país. Y él, convencido de que ella lo abandonó por voluntad propia, la mira con un frío que la mata lentamente. Cuando la verdad sobre el accidente, las amenazas y la pérdida sale a la luz, Erick emprende una cacería: primero para encontrarla… después para destruir al hombre que casi los mata a ambos… y finalmente, para recuperar a la única mujer que ha amado. Pero Amelia ha vuelto a desaparecer. Y Erick deberá decidir hasta dónde está dispuesto a llegar… para traerla de regreso. O dejarla ir.
Leer másLa luz del amanecer se filtraba por las cortinas translúcidas como un velo dorado, cubriendo la habitación con un brillo cálido y sereno. La mansión Rivas siempre despertaba en silencio, como si respetara la fragilidad con la que Amelia había vuelto a la vida dos meses atrás.
El reloj marcaba las 7:05 cuando ella abrió los ojos, respirando profundo, sintiendo ese aroma inconfundible a sándalo que Patrick siempre colocaba en el difusor antes de dormir. Amelia parpadeó un par de veces. La habitación era hermosa: amplia, elegante, luminosa… pero por alguna razón había días en que la sentía demasiado grande para ella. Como si en algún rincón, en algún espacio vacío, hubiera algo olvidado esperando por ser recordado. No tuvo tiempo de pensar en eso. La puerta se abrió con un leve chirrido, y ahí estaba él. Patrick. Guapo, pulcro, impecable incluso a primera hora de la mañana. Llevaba una bandeja de desayuno; café, jugo natural, pan tostado, frutos rojos y huevos revueltos. Todo perfectamente organizado, como a ella le gustaba… —Buen día, mi vida —saludó con una sonrisa cálida, esa que parecía iluminar cualquier rincón oscuro—. ¿Cómo dormiste? Amelia incorporó su espalda lentamente, acomodándose entre las almohadas. Era un movimiento rutinario, suave, pero Patrick ya estaba ahí para sostenerle el brazo, como si temiera que ella pudiera romperse. —Dormí bien —respondió ella con una sonrisa dulce—. Y tú… siempre trayendo el desayuno. Nunca me dejas consentirte. Patrick dejó la bandeja sobre sus piernas con dedos cuidadosos y una mirada que se enterneciera sola. —Sabes que me levanto al amanecer a correr, cielo —comentó mientras alisaba un mechón de su cabello desordenado—. ¿Para qué hacerte levantar tan temprano? Además, ese bebé necesita todos tus nutrientes. Quiero que crezca fuerte y sano… como tú. Sus palabras eran suaves, dulces, casi melosas. Pero no se sentían pesadas; más bien parecían envolverla, protegerla. Amelia bajó la mirada hacia su vientre. Tres meses. Tres meses desde que el doctor le habló de esa pequeña vida creciendo dentro de ella. No recordaba el momento exacto en que había quedado embarazada, pero Patrick le aseguró que fue durante un viaje romántico antes del accidente que le había borrado la memoria. Y él nunca le mentía. Sin duda Patrick era el mejor esposo que podría tener, su amor se remontaba a la secundaria, cuando apenas eran estudiantes, él el capitán de basquetbol y ella la cerebrito que le ayudó a pasar las materias. —Tú eres el mejor esposo del mundo —le dijo con una sonrisa agradecida. Patrick inclinó su rostro y rozó sus labios con los de ella. Un beso lento, suave, lleno de afecto. Un beso que ella devolvió porque Patrick era el amor de su vida. Cuando se separaron, Patrick tomó la taza de café y se la acercó a los labios. —Cuidado, está caliente. —Gracias —murmuró ella, sintiendo una calidez distinta, no del café, sino del gesto. Mientras comía, Patrick la observaba con esa mezcla de orgullo y adoración que él mismo proclamaba desde que despertó del coma post-accidente. Para él, Amelia era su vida entera, su prioridad, su motor. Al menos eso era lo que él decía cada día. —Hoy quiero mostrarte algo en mi estudio —comentó él mientras acomodaba la sábana a su alrededor—. No es nada grave. Solo… papeles de la empresa, planes futuros. Sé que te gusta estar al tanto de todo. Ella asintió. Le gustaba ese aire de normalidad, esa vida cuidadosa que él había construido para ambos. Aunque a veces, en la punta de la lengua, se le anclaban preguntas que no sabía de dónde nacían: ¿Siempre había sido así? ¿Siempre habían vivido juntos? ¿Siempre habían sido tan… perfectos? Pero no las decía. No quería parecer desagradecida. Patrick había estado a su lado cada segundo desde que despertó en el hospital, llorando, abrazándola, cuidándola. Había llenado con amor y paciencia cada espacio en blanco que tenía en su memoria, sin duda Patrick era el hombre que más cuidaba de ella. —Después de desayunar, te duchas con calma —continuó él—. Pedí que te prepararan el baño con las esencias que te gustan. —¿Lavanda? —Lavanda y un toque de manzanilla. Dices que te relaja. Amelia sonrió. Su memoria seguía siendo un libro quemado: páginas borradas, capítulos inexistentes. Muchas cosas las aceptaba porque Patrick las afirmaba con tanta seguridad, tanta dulzura, tanta calma… que sería absurdo dudar. Terminó de comer. Patrick tomó la bandeja y la dejó sobre la mesa lateral mientras se sentaba en la orilla de la cama. —Hoy te ves radiante —dijo él, acariciándole la mejilla—. Me encanta verte así. Siento que cada día vuelves un poquito más a mí. Ella le sonrió. Y él, encantado, se inclinó a besarla de nuevo, esta vez un poco más largo, más profundo, cargado de ese deseo que él controlaba cuidadosamente para no incomodarla. Después del accidente, la intimidad había disminuido. Amelia se sentía rara, vulnerable… pero él era paciente, comprensivo, casi perfecto, las veces que habían hecho el amor, había sido tierno, suave, delicado, no podía pedir más. Se separó con delicadeza. —Dúchate, mi amor. Te espero abajo para que trabajemos un rato juntos. Ella asintió mientras él salía de la habitación. Cuando la puerta se cerró, Amelia quedó sola, envuelta en la luz suave del amanecer, con las manos sobre su vientre, sintiendo una serenidad extraña… y al mismo tiempo un hueco, pequeño, invisible, detrás del pecho. Un hueco que no sabía nombrar. Quizás era el trauma del accidente. Quizás la falta de recuerdos. Quizás hormonas del embarazo. Pero mientras se ponía de pie para ir al baño, esa sensación volvió: una especie de vibración en la nuca, un impulso en el corazón, un… silencio que parecía gritar algo que ella no lograba escuchar. Caminó hacia el baño, entró al vapor tibio, dejó que el agua caliente le recorriera la espalda. Cerró los ojos. Por un instante fugaz, muy fugaz, una imagen atravesó su mente como un rayo: unos brazos tatuados sosteniéndola unos ojos azules mirándola con desesperación una voz ronca susurrando su nombre “No llores, mi chiquitita… aquí estoy.” Amelia abrió los ojos de golpe, respirando hondo. Pero la imagen se desvaneció tan rápido como había llegado. Era la misma imagen y la misma voz que venía a ella en sueños, no sabía de donde, era como si algo estuviera perdido en su memoria, pero no le daba mucha importancia porque tenía una vida perfecta. Y un esposo que la adoraba.EPÍLOGOHabían pasado cuatro años.Cuatro años de paz después de la muerte de Rachel, cuatro años en los que, por primera vez en mucho tiempo, la vida les había permitido respirar sin miedo, sin amenazas, sin la sombra constante de perderlo todo.Y en ese tiempo… la familia no solo había sanado. Había crecido.La mansión Blackwood estaba llena de risas, de pasos pequeños corriendo por los pasillos, de voces infantiles mezclándose con la música suave de una celebración que lo significaba todo.Ese día era especial.El cumpleaños de los hijos de Miguel y Armand.En el jardín, decorado con globos, flores y mesas llenas de dulces, los niños corrían de un lado a otro, ajenos al mundo adulto, viviendo su propia aventura.El pequeño Angelo Rossi corría desesperado, mirando hacia atrás mientras escapaba de su prima Rafaella Carusso.—¡Adrieeeeen, sálvame! ¡Mi prima me quiere pegar! —gritó, escondiéndose detrás del mayor.Rafaella llegó con los brazos cruzados, indignada.—¡Dijo que mi pelo par
Las puertas de la clínica se abrieron de golpe.Armand y Miguel entraban prácticamente corriendo, cada uno sosteniendo a sus esposas, ambas con vientres enormes y rostros contraídos por el dolor.—¡Auxilioooooooo! —gritó Miguel sin ninguna vergüenza.La enfermera que siempre los atendía levantó la vista… y sus ojos se abrieron como platos.—Dios mío… sabía que tenía que quedarme en casa hoy… ¡¿Qué pasó?! —preguntó acercándose de inmediato.—Estábamos en una cena familiar y las dos empezaron con dolores de parto —respondió Armand, claramente descompuesto.—¡Ay, Dios! Iré por el médico.Los enfermeros llegaron corriendo con camillas, moviéndose con rapidez mientras acomodaban a las dos mujeres.Mildred apretaba la mano de Armand con una fuerza brutal.—¡Juro que no dejaré que me toques en tu vida, Armand Carusso! —gritó— ¡Aaaaaaaaaahhh! ¡Duele, duele mucho!Armand la miraba con los ojos llenos de pánico.—Tranquila… tranquila, respira… respira, mi amor…A su lado, Miriam cerraba los ojos
—Damián… no me gustan estas cosas… —murmuró Arabella, aferrándose a su brazo mientras avanzaban.Llevaba un vestido de gala plateado, entallado, que delineaba su figura con elegancia, algo muy distinto a su estilo habitual. A su lado, Damián lucía impecable con un traje hecho a la medida, el cabello arreglado y esa seguridad tranquila que lo hacía ver aún más atractivo.Él la miró de reojo y sonrió con dulzura.—Vamos, mi pequeña fantasmita… Mimi está de luna de miel, que estoy seguro que me traerá un sobrino… Amelia y Erick no pueden salir de noche por Adrien… nos toca a nosotros ser la cara visible de las empresas.Arabella hizo un pequeño gesto.—Mmm… lo detesto igual…Damián soltó una risa baja.—Vamos… tú puedes, mi fantasmita.Ella lo miró unos segundos… y terminó sonriendo antes de inclinarse y besar sus labios.—Está bien… vamos.Al llegar al restaurante, la elegancia los envolvió de inmediato. Era un lugar amplio, lleno de luces cálidas, mesas perfectamente decoradas y person
La fiesta se desarrollaba con naturalidad, envuelta en luces cálidas, música suave y risas que llenaban cada rincón de la mansión.Los cuatro recién casados estaban al centro de la pista. El vals comenzaba y por un momento… Parecía que flotaban.Los movimientos eran perfectos, sincronizados, elegantes… como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos.Las telas de los vestidos giraban en el aire, los trajes impecables marcaban cada paso, y las miradas… Las miradas lo decían todo.Amor, devoción, historia.Al terminar, un aplauso envolvió el salón, y poco a poco las demás parejas se unieron a la pista, rodeándolos, continuando la danza.Erick tomó a Amelia de la cintura, atrayéndola con cuidado hacia él, la miró… como siempre lo hacía. Con ese amor infinito que parecía no tener fin.—Mi hermosa Mily… —murmuró cerca de su oído— te ves tan hermosa como el primer día que te vi… cada día me enamoro más de ti… cada día te amo con más devoción… eres todo lo que pude desear… tú y nuestro
Último capítulo