La luna roja se alzaba en el cielo como un ojo sangriento que todo lo observaba. Su luz carmesí bañaba el claro del bosque, tiñendo los árboles y las rocas de un color escarlata que presagiaba muerte. Helena sentía el pulso acelerado, la respiración entrecortada, mientras observaba cómo las sombras del bosque se movían, inquietas, como si la propia naturaleza temiera lo que estaba por venir.
El druida, un anciano de piel curtida y ojos que habían visto demasiado, se acercó a ellos con paso vaci