La luna roja se alzaba en el cielo como un ojo sangriento que todo lo observaba. Su luz carmesí bañaba el claro del bosque, tiñendo los árboles y las rocas de un color escarlata que presagiaba muerte. Helena sentía el pulso acelerado, la respiración entrecortada, mientras observaba cómo las sombras del bosque se movían, inquietas, como si la propia naturaleza temiera lo que estaba por venir.
El druida, un anciano de piel curtida y ojos que habían visto demasiado, se acercó a ellos con paso vacilante. Sus manos, nudosas como raíces antiguas, sostenían un cuenco tallado en madera de roble.
—El tiempo se agota —murmuró con voz cascada—. Puedo sentirlo. El Alfa viene por lo que cree suyo.
Helena intercambió una mirada con Darius. Su vampiro, su maldición, su salvación. Ambos estaban cubiertos de heridas tras la última batalla. La sangre de Darius, oscura y espesa, manchaba su camisa desgarrada. La de Helena, roja y brillante, se mezclaba con el sudor en su frente.
—¿Estás seguro de que no