La noche se deslizaba por mi ventana como un manto de tinta negra. Habían pasado tres días desde que vi el portal en el espejo, tres días en los que mi vida se había convertido en una extraña danza entre lo real y lo imposible.
Caleb venía cada noche. No como una aparición o un sueño, sino como una presencia tangible que se materializaba con las primeras sombras del atardecer. Me enseñaba cosas. Cosas que nunca pensé que necesitaría saber.
—Tu sangre tiene memoria —me dijo la primera noche, mie