Mundo ficciónIniciar sesiónAura creía que su vida era una obra maestra de amor y lujo. Como una artista de espíritu libre, le entregó su corazón y su libertad a Adrián, un magnate implacable que juró protegerla. Pero el lienzo de su realidad se rasga de la forma más cruel: Aura descubre a su esposo en los brazos de Casandra, su propia hermana menor. La traición no termina ahí. Su madre, movida por la avaricia y el favoritismo, le da la espalda, exigiéndole que acepte la humillación por el "bien de la familia". Sola y despojada de su herencia por un fraude orquestado por quienes debían amarla, Aura está a punto de rendirse... hasta que su hermano mayor, Silas, le entrega la llave para destruir el imperio de los traidores. Para cobrar su deuda, Aura deberá pactar con el diablo: Julian Vane, el archirrival de su exmarido. Julian es un hombre de una elegancia peligrosa y un poder gélido que nunca regala nada. Él le ofrece los recursos para hundir a Adrián, pero el precio es alto: Aura debe pertenecerle. En un mundo de apariencias brillantes y secretos oscuros, Aura cambiará sus pinceles por cuchillos invisibles. Pero en este juego de seducción y estrategia, la línea entre la venganza y el deseo es tan delgada como un trazo de óleo. ¿Podrá Aura destruir a su familia sin que el fuego de Julian Vane la consuma a ella también?
Leer másEl olor a óleo y aguarrás solía ser el refugio de Aura, el único espacio donde el mundo cobraba un sentido vibrante y honesto. Pero esa noche, el aroma del jazmín caro y el sudor ajeno lo había contaminado todo.
Aura caminaba por el pasillo de mármol de su mansión en las afueras de la ciudad, sosteniendo una pequeña espátula de metal que se había olvidado de limpiar. Sus dedos estaban manchados de azul cobalto, el color de la melancolía que había estado intentando plasmar en el lienzo horas antes. Adrián le había dicho que llegaría tarde de la oficina, una reunión "vital" para la fusión de Vortex Enterprises. Ella, la esposa devota, la artista que él exhibía como un trofeo de elegancia y pureza, había decidido esperarlo despierta con una sorpresa: su retrato finalmente terminado.
Sin embargo, al acercarse a la suite principal, el silencio de la casa fue roto por un sonido que le heló la sangre. No era un quejido de dolor, sino de un placer voraz, animal y terriblemente familiar.
La puerta de madera de nogal estaba entornada. Un descuido. O quizás, un insulto deliberado.
Aura empujó la puerta con la punta de los dedos. La escena que se desplegó ante ella fue una puñalada de realismo sucio en su vida de acuarela. Sobre las sábanas de seda egipcia que ella misma había elegido, Adrián, su esposo, el hombre que le prometió que su amor era la única ley de su vida, estaba hundido entre las piernas de otra mujer.
El cuerpo de Adrián era una máquina de fuerza bruta, sus manos apretando con fuerza los muslos de la mujer mientras la embestía con una violencia rítmica y desvergonzada. Pero no fue la espalda de su marido lo que detuvo el corazón de Aura, sino el rostro de la mujer que colgaba del borde de la cama, con los ojos entornados y la boca abierta en un jadeo rítmico.
Era Casandra. Su hermana pequeña. La "niña dulce" que Aura había protegido de las críticas de su madre, a quien le había pagado la carrera de diseño con sus propias ventas de arte.
—Más fuerte, Adrián... —susurró Casandra, con una voz que destilaba un veneno dulce—. Hazme olvidar que ella estuvo aquí esta mañana.
Adrián soltó una risa ronca, un sonido que Aura no reconoció. No era el hombre caballeroso que le recitaba poesía en el jardín; era un depredador saciado.
—Ella nunca estuvo aquí, Cas —respondió él, su voz vibrando con una crueldad gélida—. Aura es solo el marco del cuadro. Tú eres la pintura que quiero ensuciar.
Aura sintió que el mundo se desdibujaba. El azul cobalto en sus dedos pareció quemarle la piel. No gritó. No lloró. Algo dentro de su pecho, algo que ella llamaba "alma", simplemente se quebró con el sonido seco de un cristal bajo una bota.
Dio un paso atrás, pero la espátula de metal resbaló de sus dedos manchados y golpeó el suelo de mármol con un eco metálico.
En la cama, el movimiento se detuvo en seco. Adrián se giró, su rostro cubierto de sudor y una expresión que pasó de la sorpresa a una irritación gélida en menos de un segundo. No hubo vergüenza. No hubo disculpas. Se apartó de Casandra con una lentitud insultante, sin molestarse en cubrir su desnudez.
—Aura —dijo él, su voz recuperando ese tono de mando que solía usar en las juntas de accionistas—. Deberías haber llamado antes de entrar.
Casandra, por el contrario, se sentó en la cama, dejando que las sábanas cayeran para mostrar su pecho marcado por las manos de Adrián. Una sonrisa lenta y maliciosa curvó sus labios.
—Vaya, hermanita... qué poco oportuna eres —dijo Casandra, estirándose como un gato satisfecho—. Supongo que el secreto duró más de lo que esperábamos, ¿verdad, Adrián?
—Vete de mi casa —susurró Aura. Su voz sonaba lejana, como si viniera del fondo de un pozo—. Casandra, lárgate ahora mismo. Adrián... tú...
—¿Tu casa? —Adrián soltó una carcajada seca mientras se ponía una bata de seda—. Aura, querida, creo que tu vena artística te ha hecho olvidar la realidad de los contratos. Esta casa, tus fondos, incluso el aire que respiras en este momento, pertenecen a la estructura legal de mi empresa.
Aura retrocedió, buscando el apoyo de la pared.
—Mi madre... ella no permitirá esto. Ella sabe lo que hemos construido.
—¿Mamá? —Casandra soltó una risita estridente—. Aura, ¿quién crees que sugirió que Adrián necesitaba una mujer de "sangre más caliente" para mantenerlo interesado en los negocios familiares? Mamá siempre supo que tú eras demasiado... etérea. Demasiado frágil. Ella prefiere a alguien que sepa jugar el juego.
El frío que invadió a Aura no era físico; era el frío de la traición absoluta. Su esposo, su hermana, su madre. Todos habían estado tejiendo una red bajo sus pies mientras ella pintaba ángeles.
—Eres un monstruo —dijo Aura, mirando a Adrián a los ojos.
Él se acercó a ella, invadiendo su espacio personal, emanando ese aroma a sexo y poder que ahora le resultaba nauseabundo. Le tomó la barbilla con fuerza, sus dedos apretando hasta casi lastimarla.
—No, Aura. Soy un hombre de negocios. Y tú acabas de quedar fuera del presupuesto. Mañana recibirás los papeles del divorcio. Firmarás la renuncia a la herencia de tu padre como acordamos en las cláusulas que no leíste, y te irás de aquí con tus pinceles. Si intentas armar un escándalo, me encargaré de que no vuelvas a vender un solo cuadro ni en la galería más mugrienta de esta ciudad.
La empujó suavemente, un gesto de desprecio que dolió más que un golpe. Aura salió de la habitación, sus pies descalzos golpeando el frío mármol. Corrió hacia la salida, ignorando los gritos de burla de Casandra que resonaban por el pasillo.
Salió a la noche bajo una lluvia torrencial que empezaba a caer sobre la ciudad. No tenía llaves, no tenía dinero, solo el azul cobalto manchando sus manos. Se dejó caer de rodillas en el pavimento mojado, sintiendo que el fuego de la humillación la consumía.
Fue entonces cuando el rugido de un motor rompió el sonido de la lluvia. Un coche negro, largo y elegante como un depredador nocturno, se detuvo a pocos metros. La ventanilla trasera se bajó lentamente.
Desde la penumbra del vehículo, unos ojos grises, tan fríos y afilados como cuchillas, la observaron. Aura reconoció ese rostro de las portadas de economía y los susurros de terror en las fiestas de la alta sociedad.
Julian Vane. El hombre que Adrián temía más que a la propia muerte.
—Parece que el cuadro se ha manchado, Aura —dijo Julian. Su voz era un barítono profundo, suave pero con una autoridad que hacía vibrar el aire—. Sube al coche. Antes de que el frío te mate o de que yo pierda el interés en salvarte.
Aura miró hacia la mansión, hacia las luces encendidas de la habitación donde su vida acababa de ser destruida, y luego miró la mano enguantada que Julian le tendía. Sabía que aceptar esa mano era firmar un contrato con el abismo.
Pero el abismo, en ese momento, parecía mucho más acogedor que la familia que la había vendido.
LIBRO 2: EL ECO DE LA SANGRECapítulo 84: El Sacrificio de los Amantes y el Velo de CenizaEl amanecer sobre la misión no trajo la esperanza de las cosechas pasadas, sino un cielo de un gris plomizo que parecía aplastar las cumbres. Desde el balcón de la torre, el catalejo de Gabriel revelaba la peor de las pesadillas: en la línea del horizonte, las velas blancas de la flota de Isabella se mezclaban con los estandartes negros del Sindicato. La sofisticación del odio había logrado lo imposible: unir al imperio y a los mercaderes en una causa común para reclamar el corazón de la montaña.Gabriel sentía el peso de la derrota antes del primer disparo. Eran demasiados. Habían resistido al fuego, a la plaga y a la traición interna, pero no podían resistir al mundo entero llamando a sus puertas con hambre de oro. Sintió una mano cálida posarse sobre su espalda, justo encima de la cicatriz que Isabella le había dejado años atrás. Aura estaba allí, su presencia emanando un erotismo sereno y tr
LIBRO 2: EL ECO DE LA SANGRECapítulo 83: El Peso de la Lealtad y el Cristal de la AgoníaLa traición no llegó con el estruendo de los mosquetes, sino con el crujido de una bota sobre la piedra húmeda de los túneles y el silencio gélido que se instaló en el corazón de la misión cuando la ausencia de Tobías fue notada. El amanecer trajo una luz lívida que se filtraba por las aspilleras de la torre, iluminando el rostro de Aura, que había pasado la noche en un duermevela cargado de visiones de agua turbia y raíces cortadas.Cuando Gabriel irrumpió en la habitación, su rostro era una máscara de furia contenida. Llevaba en la mano el rastro de la ignominia: una de las medallas de plata que el Sindicato entregaba a sus informantes, hallada bajo el catre de Tobías. La sofisticación del dolor que Gabriel sentía era inmensa; Tobías había sido su mano derecha en la reconstrucción, el hombre que le enseñó a leer los ciclos de la lluvia cuando él solo sabía leer los mapas de guerra.—Se han meti
LIBRO 2: EL ECO DE LA SANGRECapítulo 82: El Veneno de la Paternidad y el Espejo del MañanaLa calma que siguió al ritual de la luna roja fue una bendición frágil, un suspiro de paz en medio de una tormenta que solo había bajado su intensidad. El valle respiraba con un ritmo nuevo, vibrante; el aroma del mijo maduro se mezclaba con el frío cortante del invierno, creando una atmósfera de una sofisticación sensorial casi embriagadora. Gabriel y Aura se permitieron, por primera vez en lunas, el lujo de la lentitud. Se amaban con la consciencia de quienes han burlado a la muerte y al mito, encontrando en la calidez de su alcoba el único territorio que la codicia de los imperios no podía cartografiar.Sin embargo, el romance de su unión siempre caminaba sobre un filo de navaja. Una mañana, mientras el sol pálido intentaba derretir la escarcha de los campos, Gabriel encontró a Aura en un trance profundo junto al manantial de la torre. No era la meditación serena de una guardiana; su cuerpo
LIBRO 2: EL ECO DE LA SANGRECapítulo 81: La Cosecha de la Luna Roja y el Susurro de la BestiaEl amanecer sobre el valle no trajo la luz blanca del invierno, sino un resplandor esmeralda que parecía brotar de las mismas entrañas del suelo. El antídoto que Aura había extraído del útero de la montaña, mezclado con la sangre de su sacrificio y el sudor de su entrega, había obrado un milagro que desafiaba toda lógica natural. En una sola noche, los campos que antes languidecían bajo la plaga violeta habían estallado en una vida frenética. El mijo antiguo crecía a ojos vistas, con tallos gruesos y espigas cargadas de un grano dorado que olía a miel y a tierra virgen.Sin embargo, la sofisticación de este milagro traía consigo una sombra antigua. Según los pergaminos que el abuelo de Aura custodiaba, la "Vida Acelerada" era un grito en la selva que despertaba a los guardianes que la naturaleza misma había puesto para proteger el equilibrio.Gabriel, con el cuerpo todavía entumecido por la
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