La noche se había convertido en un lienzo carmesí. El claro del bosque, antes pacífico bajo la luz plateada de la luna, ahora era un campo de batalla donde los cuerpos de lobos heridos y caídos dibujaban sombras grotescas sobre la tierra húmeda. El aire, denso y metálico, transportaba el aroma inconfundible de la sangre mezclada con el miedo.
Ayleen permanecía de pie en el centro de aquel caos, su cuerpo envuelto en aquella energía blanca y carmesí que pulsaba como un corazón vivo. La marca en su pecho ardía, enviando oleadas de poder a través de sus venas. Erika yacía a pocos metros, su forma de loba retorciéndose mientras intentaba incorporarse, el pelaje antes lustroso ahora manchado de sangre y tierra.
—No te levantes —advirtió Ayleen, su voz irreconocible incluso para ella misma, un sonido que parecía provenir de las profundidades de la tierra—. No me obligues a terminar lo que empecé.
Darius se mantenía a su lado, su imponente figura de lobo negro transformándose lentamente hast