La noche se había convertido en un lienzo carmesí. El claro del bosque, antes pacífico bajo la luz plateada de la luna, ahora era un campo de batalla donde los cuerpos de lobos heridos y caídos dibujaban sombras grotescas sobre la tierra húmeda. El aire, denso y metálico, transportaba el aroma inconfundible de la sangre mezclada con el miedo.
Ayleen permanecía de pie en el centro de aquel caos, su cuerpo envuelto en aquella energía blanca y carmesí que pulsaba como un corazón vivo. La marca en