El bosque aún olía a sangre. Los cuerpos de los lobos caídos habían sido retirados, pero la tierra conservaba la memoria de la batalla. Ayleen caminaba entre los árboles, sintiendo cada vida perdida como una herida propia. La traición de Lazhar había costado demasiado.
En el centro del claro, atado con cadenas de plata que quemaban su piel, Lazhar permanecía de rodillas. Su rostro, antes orgulloso, ahora mostraba el vacío de quien ha sido descubierto. A su alrededor, los supervivientes de la manada formaban un círculo tenso, esperando justicia.
Darius apareció entre los árboles, su presencia imponente como una tormenta contenida. Las heridas de la batalla aún marcaban su cuerpo, pero el fuego en sus ojos eclipsaba cualquier signo de debilidad. Se detuvo frente a Lazhar, y el silencio se volvió asfixiante.
—Traicionaste a tu manada —la voz de Darius resonó como un trueno lejano—. Abriste nuestras puertas al enemigo. Por tu culpa, hermanos y hermanas que confiaban en ti yacen muertos.
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