El salón principal del castillo de los vampiros se había transformado para la ocasión. Candelabros de cristal negro pendían del techo abovedado, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de piedra antigua. Helena observaba fascinada cómo los sirvientes, todos con la misma palidez característica, se deslizaban entre los invitados con bandejas de copas llenas de un líquido carmesí que prefería no identificar.
Llevaba tres días en aquel mundo y cada minuto le resultaba más desconcertante que