Mundo ficciónIniciar sesiónMatteo Vieri lo perdió todo cuando Elena, la única mujer que amó, lo traicionó brutalmente. Lo humilló, lo llamó un "fracaso" y lo abandonó, todo para forzarlo a sobrevivir. Su plan funcionó. El dulce Matteo murió, y en su lugar surgió El Vieri, un clon frío y despiadado del fundador del clan Costa Norte, consumido por el odio. Años después, Elena regresa. Su propio pasado traumático la obliga a buscar refugio en el mundo de la mafia, enfrentándose al hombre que destruyó para salvar. El Vieri la tortura, la desprecia y niega su amor, utilizando su propia fragilidad como arma. Mientras el clan Veira se desgarra por el misterio de la madre y el cambio de Matteo, Elena debe confrontar el monstruo que creó. En un mundo donde el amor es debilidad, el sacrificio de Elena es su única redención, pero también el arma más letal
Leer másEl cristal blindado de la Costa Norte reflejaba el sol poniente, tiñendo el despacho de un color ocre y sombrío. El lugar era la encarnación del poder inmutable de la familia Veira, pero con un matiz de frialdad y austeridad que el anterior líder, Demian, nunca habría permitido. Era un espacio diseñado para el castigo y la imposición, no para la negociación.
Ahora, este era el dominio de Matteo Veira. O, como lo llamaban en los pasillos helados del clan, El Vieri. Elena se sintió diminuta y abrumada, una mota de polvo en ese templo de caoba oscura y acero. La pesada puerta de roble se había cerrado detrás de ella con un sonido sordo, un clack de cierre que fue más fuerte que un disparo en su sistema nervioso. El pánico, una criatura familiar que vivía en su pecho, comenzó a agitarse. El despacho no era simplemente grande; era opresivo. Los techos altos no daban sensación de libertad, sino de estar aprisionada en una caja diseñada para intimidar. Las paredes, casi enteramente cubiertas de paneles oscuros, parecían moverse, y la luz tenue que se filtraba solo acentuaba las sombras, donde cualquier amenaza podía esconderse. Su respiración se aceleró. Hacía años que la claustrofobia no la golpeaba con tanta violencia, un recuerdo físico del encierro y el terror que había vivido en el pasado. Y luego estaba Él. Matteo Veira estaba de pie junto al ventanal. Le daba la espalda, observando la ciudad, pero su presencia era una carga física que la empujaba hacia la pared. Era más grande de lo que recordaba, su figura se había vuelto maciza y cincelada por la dureza de los últimos años. Vestía un traje de corte impecable, gris oscuro, que no ocultaba su fuerza. No era el cuerpo dulce y protector que recordaba; era el cuerpo de un depredador. La antítesis de lo que ella había amado, y la encarnación viva de su peor pesadilla. El silencio se estiró, lleno del eco de su propio miedo. Las palmas de Elena comenzaron a sudar. La urgencia que la había traído aquí —la desesperación de saber que su padre había regresado a la ciudad y estaba vendiendo información sobre ella— luchaba contra el terror visceral que le producía estar sola en esa habitación con un hombre poderoso. La única forma de conseguir la protección de la Costa Norte era aceptar el tormento de su presencia. Finalmente, Matteo rompió el silencio. Su voz era grave, seca, y no contenía la menor melodía del Matteo de antes. Matteo (El Vieri): "Tengo poco tiempo. Hable rápido, y no se acerque a mi escritorio. No me gusta la gente débil cerca de mis asuntos." La voz la golpeó como un latigazo. Débil. La palabra que ella le había arrojado con la crueldad más calculada, ahora utilizada por él como un título de desprecio. Elena tragó saliva. La vergüenza y el pánico luchaban por ahogarla. Apretó sus manos a los costados, notando cómo sus dedos temblaban. Tenía que intentarlo. Por la persona que alguna vez fue. Elena: (Su corazón late con fuerza en su pecho. Sus manos tiemblan; la claustrofobia comienza a apretarle el pecho. Su voz es apenas un hilo que se rompe por el terror.) "Matteo... soy yo. Necesito... necesito tu ayuda. Por favor." Matteo tardó una eternidad en reaccionar. Su espalda permaneció rígida, inamovible. El aire en la habitación se hizo más denso. Ella sentía que le faltaba el oxígeno. La familiar sensación de que las paredes se movían la hizo dar un paso inconsciente hacia atrás, buscando un punto de escape que no existía. Matteo (El Vieri): (Finalmente se giró. Sus movimientos eran lentos, deliberados, casi robóticos. Y cuando sus ojos la encontraron, Elena sintió un frío que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación.) "¿Matteo? No sé de qué está hablando. Mi nombre es Veira, y este apellido no tolera errores. ¿Quién se atreve a enviarme una mujer tan... nerviosa?" Dio un paso hacia ella. Elena no pudo evitar retroceder, hasta que su espalda impactó contra la puerta cerrada. El ruido sordo del golpe la hizo cerrar los ojos por un instante. Estaba acorralada. La claustrofobia se disparó a niveles insoportables. Su pasado la había alcanzado, no en forma de tres hombres desconocidos, sino en la figura del único hombre que había jurado proteger. Matteo (El Vieri): (Dio otro paso, reduciendo la distancia, invadiendo sutilmente su espacio personal. La mirada le escaneó con desprecio.) "Usted debe confundirme con alguien más. Quizás ese hombre dulce y estúpido que me mencionó su padre hace años. El que era un fracaso para la Costa Norte. El que no tenía la dureza para llevar este apellido." Elena sintió náuseas. No solo estaba fingiendo no reconocerla, sino que estaba utilizando sus palabras como dardos envenenados. El corazón dulce que ella creía haber salvado se había convertido en un arma contra ella. Elena: (Su voz se alzó con una desesperación mezclada con la valentía de la culpa.) "No... no digas eso. Sabes quién soy. Lo que hice... lo hice por ti. Para protegerte del... del clan, del monstruo que te rodeaba. No tenías la armadura, Matteo. Eras demasiado bueno, demasiado vulnerable." Matteo sonrió. Era una mueca cruel que no llegaba a sus ojos. Dio el último paso. Ahora estaba a menos de medio metro de ella, alto, oscuro, envolviéndola en su sombra. Matteo (El Vieri): "¿Vulnerable? ¿La dulzura es vulnerabilidad? Usted me llamó fracaso, ¿recuerda? Dijo que este apellido era una vergüenza. Usted me dejó, no me protegió. Y sí, yo era un imbécil. Un idiota que creía en los finales felices y en el amor que sacrificaba todo." Hizo una pausa, y su tono se volvió una caricia de hielo. Matteo (El Vieri): "Pero tengo que agradecerle algo. Me abrió los ojos. Me enseñó que la bondad era una debilidad que me habría matado en este mundo. ¿Y sabe qué hizo el fracasado? Se deshizo de él. Mató al hombre que usted detestaba." Matteo (El Vieri): (Se acercó lo suficiente para que ella percibiera el aura de poder masculino, el que tanto teme. Ella se encogió ligeramente.) "Y si me conoce de verdad, sabrá que ese 'Matteo' dulce que usted detestaba... está muerto. Lo mató usted. Soy el 'Vieri'. Y yo, Vieri, no tengo corazón para las tragedias sentimentales. Ahora, váyase. No quiero respirar el mismo aire que la debilidad." Retiró la mano que había estado apoyada cerca de su cabeza en la pared, el gesto final de rechazo y sentencia. La frase la rompió. "La debilidad." Su miedo, su claustrofobia, el trauma que la obligó a cometer el acto más cruel de su vida, ahora él lo usaba para expulsarla. Había vuelto a ser la víctima, pero esta vez, el victimario era el hombre que amaba. Elena no pudo responder. Las lágrimas quemaron sus ojos, pero se negó a derramarlas. Solo logró murmurar un nombre, una última prueba: Elena: "Alessandro... pregúntale a tu hermano..." Antes de que pudiera terminar, la puerta se abrió de golpe. No era Matteo. Era Dimitri, el esposo de Valentina. Su rostro duro se suavizó al ver el estado de pánico apenas contenido de Elena. Dimitri: (Dirigiéndose a Matteo con respeto, pero con firmeza) "Matteo, disculpa la interrupción. Tenemos un problema urgente en el muelle." Matteo, el "Vieri", le dedicó a Dimitri una mirada fulminante por la interrupción. Luego, miró a Elena por última vez, una mirada vacía de emoción, y se dirigió a la salida sin darle una segunda oportunidad. Matteo (El Vieri): "Tiene suerte, señorita. La Costa Norte tiene asuntos más importantes que resolver que sus lamentos. Vámonos, Dimitri." Matteo salió. Elena sintió el torrente de aire frío que dejó al pasar, y el alivio inmediato de que el espacio volviera a ser transitable. Cuando la puerta se cerró por segunda vez, solo entonces se permitió el lujo de doblarse, sosteniendo el marco de la puerta. Su sacrificio había funcionado: él era fuerte. Pero el precio era que ella ahora lo temía más que a cualquier otra cosa en el mundo.(Flashback)Las palabras de Matteo quedaron suspendidas en el aire del gimnasio, pero en la mente de Elena, el presente se disolvió. El olor a sangre de Rodrigo activó una compuerta que ella había mantenido sellada con cadenas de acero. De repente, ya no tenía veintitrés años. Tenía seis, luego diez, luego quince... y el dolor era el mismo.El primer recuerdo no era de amor, sino de hambre. Una casa pequeña en las afueras, donde el frío se colaba por las grietas. Su madre, esa mujer de belleza gélida que siempre parecía mirar por encima de todos, la sujetaba del mentón con una fuerza que le dejaba marcas.—Mírate, Elena —le decía su madre, mientras le cepillaba el cabello con una violencia innecesaria—. Tienes mi cara. Es lo único valioso que posees. No desperdicies tu única oportunidad de ser algo más que una muerta de hambre. Es tu deber pagar por el aire que respiras y el pan que te doy.A los diez años, Elena no entendía qué significaba "pagar". Lo entendió un viernes por la noch
El anochecer caía sobre la mansión de seguridad, tiñendo el cielo de un rojo violento. Rodrigo Velásquez, impulsado por el pánico a la "Mujer de la Villa" y la avaricia de los ceros en su cuenta, había logrado lo imposible: usar una vieja ruta de suministros que conocía de sus días como informante para burlar el perímetro exterior.Elena se encontraba en el área de descanso del gimnasio, bebiendo agua y tratando de calmar el temblor de sus manos tras el encuentro con Matteo. La soledad del pabellón, usualmente reconfortante, se volvió asfixiante cuando escuchó el chirrido de una puerta metálica.—Vaya, vaya... La princesita se esconde en un castillo de cristal —la voz de Rodrigo, cargada de veneno y alcohol, resonó en el eco del salón.Elena se puso en pie de un salto, su corazón martilleando contra sus costillas. —¡Rodrigo! ¿Cómo has entrado aquí? Tienes que irte, si te encuentran...—¡Cierra la boca, maldita basura! —rugió Rodrigo, avanzando hacia ella con los ojos inyectados en san
Había pasado una semana desde que Elena cruzó el umbral de la mansión de seguridad. Siete días en los que el tiempo se midió en litros de sudor, en el sonido seco de los puñetazos contra el cuero y en el ardor de los músculos llevados al límite.Valentina la observaba desde el balcón del gimnasio. Elena ya no caminaba con la cabeza gacha; sus hombros estaban rectos y la palidez de enferma había sido sustituida por un brillo febril de determinación. Entrenaba día y noche, como si intentara purgar con dolor físico cada recuerdo de humillación que Rodrigo y el mundo le habían impuesto. Su voluntad era una llama que se negaba a extinguirse, una transformación que incluso a Valentina, una mujer forjada en la mafia, le causaba un profundo respeto.Elena estaba terminando de vendarse las manos, concentrada en el nudo de su muñeca derecha, esperando a su instructor de boxeo para la sesión matutina. Llevaba unos pantalones cortos deportivos y un top que dejaba ver su abdomen, ahora más firme,
El alta médica de Elena no fue una celebración, sino una operación táctica. Valentina no permitió que Elena regresara a su pensión de mala muerte ni que se quedara a merced de los guardias de su padre. En contra de los gruñidos de Matteo, Valentina la trasladó al pabellón de entrenamiento de su mansión privada, un lugar donde el lujo se mezclaba con el olor a cuero, sudor y pólvora.Elena caminaba con dificultad, apoyada en el brazo de una enfermera privada. Sus niveles de azúcar se habían estabilizado, pero su cuerpo seguía siendo una sombra de lo que fue. Sin embargo, al cruzar el umbral del gimnasio, algo cambió en el aire. Valentina la soltó y señaló una mesa donde descansaba una pistola de entrenamiento, pesada y fría.—Hoy dejas de ser la víctima, Elena —sentenció Valentina, ajustándose los guantes de boxeo—. Si no puedes sostener el peso del plomo, no podrás sostener el peso de tu propia vida. En este mundo, si no muerdes, te devoran.Elena miró el arma con terror. Sus manos te
El hospital estaba sumido en el silencio de la madrugada. Matteo entró en la habitación de Elena, esta vez sobrio, pero con una agitación interna que no le daba tregua. Se detuvo en el umbral al ver a un joven doctor inclinado sobre ella, revisando su vía intravenosa con una cercanía que a Matteo le pareció ofensiva.El médico, un hombre joven y de aspecto amable, le ajustaba la manta a Elena y le susurraba algo para tranquilizarla mientras ella dormía. Le apartó un mechón de pelo de la frente con una delicadeza que hizo que la sangre de Matteo hirviera.—¿Qué demonios cree que está haciendo? —la voz de Matteo cortó el aire como un cuchillo.El doctor se sobresaltó y se puso recto, ajustándose las gafas. —Señor Vieri, solo estoy comprobando sus niveles de glucosa. La paciente tuvo una crisis severa hace unas horas y...—Ya hizo su trabajo. Ahora lárguese —ordenó Matteo, acercándose con paso pesado—. No quiero que nadie que no sea estrictamente necesario la toque. ¿Fui claro?—Señor, s
En la habitación 402, el aire se volvió tan pesado que Elena sentía que sus pulmones iban a colapsar. Tatiana mantenía su sonrisa de suficiencia, creyéndose la dueña de la situación, mientras Matteo permanecía de pie, con los puños cerrados y la respiración entrecortada.Elena, pálida y con los labios azulados por la falta de oxígeno, comenzó a jadear. Sus ojos se pusieron en blanco por un segundo y su mano buscó desesperadamente el botón de emergencia. El monitor de presión arterial estalló en un pitido frenético.Al ver el estado de Elena, algo se rompió dentro de Matteo. El odio quedó sepultado por un instinto de protección primario que no pudo controlar. Se giró hacia Tatiana y su rostro no era el de un hombre enojado; era el de un verdugo.—¿Te parece divertido? —siseó Matteo con una voz que hizo que Tatiana diera un paso atrás, perdiendo la sonrisa—. ¿Crees que puedes entrar aquí a terminar el trabajo de tu padre?—Solo vine a ver a mi hermana, Matteo, no te pongas así... —balbu
Último capítulo