CAPITULO 8

La mansión de Dimitri y Valentina, usualmente un santuario de paz, fue violada por el sonido de neumáticos chirriando sobre la grava. Matteo bajó de su coche antes de que este se detuviera por completo. Entró en la casa sin llamar, apartando a los guardias de Dimitri con una furia ciega.

—¡DIMITRI! —el grito de Matteo sacudió las paredes—. ¡Saca a esa perra de mi vista! ¡Sé que la tienes aquí!

Dimitri apareció en lo alto de las escaleras, con una calma gélida que contrastaba violentamente con el descontrol de su cuñado. Bajó lentamente, paso a paso, hasta quedar frente a un Matteo que sudaba rabia, con los nudillos todavía manchados de la sangre del almacén.

—Está en el ala médica, Matteo. Y de ahí no se mueve —respondió Dimitri con voz plana.

—¡¿Te atreves a desafiarme en mi propia ciudad?! —Matteo se acercó, invadiendo el espacio de Dimitri, con los ojos inyectados en sangre—. Esa mujer es una víbora, una manipuladora que solo sabe fingir desmayos para dar lástima. ¡Es una basura qu
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