El hospital privado de la Costa Norte era el único lugar donde Elena podía estar a salvo de las garras de su padre y del desprecio de Matteo. Valentina estaba sentada junto a la cama, observando el goteo de la insulina y el monitor que pitaba rítmicamente, marcando la presión arterial que finalmente empezaba a descender.
Elena estaba despierta, pero sus ojos estaban fijos en un punto inexistente del techo. Estaba pálida, casi translúcida, y el aire a su alrededor olía a hospital y a miedo acumu