El hospital privado de la Costa Norte era el único lugar donde Elena podía estar a salvo de las garras de su padre y del desprecio de Matteo. Valentina estaba sentada junto a la cama, observando el goteo de la insulina y el monitor que pitaba rítmicamente, marcando la presión arterial que finalmente empezaba a descender.
Elena estaba despierta, pero sus ojos estaban fijos en un punto inexistente del techo. Estaba pálida, casi translúcida, y el aire a su alrededor olía a hospital y a miedo acumulado.
—Elena... —susurró Valentina, acercándose—. Estuviste a punto de morir. Dimitri te trajo justo a tiempo.
Elena no se movió. El silencio que emanaba de ella era pesado, una muralla de hormigón que había construido durante años para sobrevivir a las palizas de Rodrigo.
—Necesitamos que nos hables —insistió Valentina, su voz cargada de una mezcla de urgencia y piedad—. Mi padre y mi hermano creen que eres una traidora. Rodrigo Velásquez estuvo en casa... dijo cosas horribles de ti. Dijo que q