El anochecer caía sobre la mansión de seguridad, tiñendo el cielo de un rojo violento. Rodrigo Velásquez, impulsado por el pánico a la "Mujer de la Villa" y la avaricia de los ceros en su cuenta, había logrado lo imposible: usar una vieja ruta de suministros que conocía de sus días como informante para burlar el perímetro exterior.
Elena se encontraba en el área de descanso del gimnasio, bebiendo agua y tratando de calmar el temblor de sus manos tras el encuentro con Matteo. La soledad del pabellón, usualmente reconfortante, se volvió asfixiante cuando escuchó el chirrido de una puerta metálica.
—Vaya, vaya... La princesita se esconde en un castillo de cristal —la voz de Rodrigo, cargada de veneno y alcohol, resonó en el eco del salón.
Elena se puso en pie de un salto, su corazón martilleando contra sus costillas. —¡Rodrigo! ¿Cómo has entrado aquí? Tienes que irte, si te encuentran...
—¡Cierra la boca, maldita basura! —rugió Rodrigo, avanzando hacia ella con los ojos inyectados en san