El silencio en el gimnasio no era paz; era la calma antes de que un volcán redujera la ciudad a cenizas. Matteo, el hombre que se enorgullecía de su control, se desmoronó frente a la mujer que había intentado destruir.
Las manos de Matteo, manchadas con la sangre de Rodrigo, soltaron los hombros de Elena. Sus piernas cedieron y cayó de rodillas frente a ella, golpeando el suelo con un estruendo sordo.
—Perdóname... —el susurro de Matteo fue un desgarro—. Elena, por lo que más quieras... perd