Había pasado una semana desde que Elena cruzó el umbral de la mansión de seguridad. Siete días en los que el tiempo se midió en litros de sudor, en el sonido seco de los puñetazos contra el cuero y en el ardor de los músculos llevados al límite.
Valentina la observaba desde el balcón del gimnasio. Elena ya no caminaba con la cabeza gacha; sus hombros estaban rectos y la palidez de enferma había sido sustituida por un brillo febril de determinación. Entrenaba día y noche, como si intentara purga