Las paredes de la biblioteca privada de Valentina parecían estrecharse. Ella, la mujer que había enfrentado guerras y traiciones con la frente en alto, estaba hundida en su sillón, con el rostro oculto entre las manos. Sus hombros se sacudían por un llanto amargo e impotente que no lograba consolarse.
Dimitri entró en la habitación y se detuvo en seco. Ver a su esposa desmoronada le revolvía las entrañas de una forma que el campo de batalla nunca había logrado. Se acercó y la rodeó con sus brazos, dejando que ella empapara su camisa con lágrimas de rabia pura.
—Es un monstruo, Dimitri... —sollozó Valentina, con la voz ahogada—. Elena me lo contó todo. Lo que ese hombre, Rodrigo, le hizo. La vendió como mercancía desde que era apenas una niña a hombres despreciables. Ella buscó a Matteo hace años pensando que él era su única salida, su luz... pero cuando Rodrigo se enteró, la amenazó con torturar y matar a mi hermano si ella no lo dejaba de la forma más cruel posible. ¡Ella se convi