Las paredes de la biblioteca privada de Valentina parecían estrecharse. Ella, la mujer que había enfrentado guerras y traiciones con la frente en alto, estaba hundida en su sillón, con el rostro oculto entre las manos. Sus hombros se sacudían por un llanto amargo e impotente que no lograba consolarse.
Dimitri entró en la habitación y se detuvo en seco. Ver a su esposa desmoronada le revolvía las entrañas de una forma que el campo de batalla nunca había logrado. Se acercó y la rodeó con sus bra