El aire en el sector bajo de los muelles era denso y olía a pescado podrido y a desesperación. Dimitri esperaba recostado en su coche de lujo, un vehículo que destacaba en aquel entorno como un diamante en el lodo.
Rodrigo Velásquez apareció, pero no venía solo. Junto a él caminaba una joven de belleza agresiva, con ropa ajustada y una mirada cargada de ambición. Era Tatiana, la hermana de Elena. A diferencia de la fragilidad de Elena, Tatiana desbordaba una confianza vulgar, la de alguien que ha aprendido a venderse al mejor postor.
—Señor Dimitri —dijo Rodrigo, con una sonrisa servil—. No esperaba que el Pakhan de la Bratva quisiera hablar conmigo en persona.
Dimitri ni siquiera lo miró. Su atención estaba fija en un punto detrás de Rodrigo.
—Deja el teatro, Rodrigo. Sé que le mentiste a Demian. Sé que Elena no es la víbora que intentas pintar.
Tatiana dio un paso adelante, ignorando la tensión. Se acercó a Dimitri, dejando que una mano con uñas pintadas de rojo descansara sobre el