La noche en la Costa Norte no perdonaba a los débiles. Elena caminaba por la acera lateral del Casino Argento, uno de los bastiones más lucrativos de la familia Vieri. Sus pasos eran erráticos, y cada exhalación le quemaba los pulmones. No era solo el frío del puerto; era su propio cuerpo traicionándola.
Había pasado catorce horas desde su última dosis de insulina. Su padre, Rodrigo, la había interceptado esa tarde en la pensión donde se escondía, llevándose su bolso con el poco dinero que le q