La noche en la Costa Norte no perdonaba a los débiles. Elena caminaba por la acera lateral del Casino Argento, uno de los bastiones más lucrativos de la familia Vieri. Sus pasos eran erráticos, y cada exhalación le quemaba los pulmones. No era solo el frío del puerto; era su propio cuerpo traicionándola.
Había pasado catorce horas desde su última dosis de insulina. Su padre, Rodrigo, la había interceptado esa tarde en la pensión donde se escondía, llevándose su bolso con el poco dinero que le quedaba para las medicinas. "Es por tu bien, Elenita", le había susurrado con esa sonrisa que le helaba la sangre. "Si quieres medicina, pídesela a tu flamante protector, El Vieri. Veamos cuánto vale tu vida para él ahora".
Elena se apoyó contra la pared de mármol del casino. La visión se le nublaba, las luces de neón se convertían en manchas de colores distorsionadas y un pitido agudo, producto de su presión arterial por las nubes, martilleaba en sus oídos. El sudor frío le empapaba la espalda a