Mundo ficciónIniciar sesiónEsposa en la Oscuridad La Heredera Inesperada Carolina Fontes lo perdió todo en una sola noche. Su matrimonio. Su embarazo. Su vista… casi. Cuando heredó un imperio, comprendió una verdad que dolía más que la traición: nadie quería cuidarla. Todos querían verla caer. Aceptó un matrimonio por contrato para protegerse. Él sabía quién era ella. Ella nunca supo quién era él. Nunca imaginó que su esposo pertenecía a la familia enemiga… ni que, aun así, la elegiría. Ahora finge estar ciega, mientras alguien la guía desde las sombras. Mensajes suaves. Advertencias precisas. Una presencia constante que no pide nada a cambio. Porque el hombre que la amó en la oscuridad… siempre fue el mismo que la ayudo cuando todo se apagaba. ¿Y si el amor no necesitara ser visto para ser verdadero?
Leer másCAPÍTULO 1 — LA TRAICIÓN BRUTAL
Carolina Fontes jamás imaginó que la vida podía desarmarse en un solo parpadeo, como si alguien tomara su mundo —ese que ella había construido a fuerza de trabajo, silencios y renuncias— y lo arrojara contra el piso sin piedad. Ella no era una mujer de lujos ni de estridencias; era la gerente responsable de una sucursal de Supermercados Fontes, esa que todos creían que había alcanzado el puesto por mérito propio sin saber que, detrás de su apellido común, latía una historia que jamás contó. Su abuelo era el dueño del imperio, sí, pero ella siempre eligió el camino difícil, sin favoritismos, sin privilegios, sin promesas heredadas. Prefería la vida simple. El horario de trabajo. El cuidado de su madre —que vivía entre sombras por la baja visión—. Y regresar a la casa donde Mauro, su esposo, debía esperarla con los brazos abiertos. Aquel martes, sin embargo, la rutina dejó de ser su aliada. Salió del trabajo antes de lo habitual con una mezcla de nervios y ternura comprimida en el pecho. Había comprado un sobre color crema y lo llevaba apretado entre las manos, como si temiera que se esfumara si lo soltaba. Dentro estaba la sorpresa que había soñado durante días: estaba embarazada. Casi doce semanas. Un bebé que venía a iluminar lo que ella creía que eran simples distancias de pareja. Imaginó cómo sería el momento: Mauro riendo incrédulo, tomándole el rostro con esas manos que ella conocía de memoria, abrazándola como si no existiera nadie más en el mundo. Tal vez lloraría. Tal vez la levantaría del suelo. Tal vez volverían a encontrarse después de tantos silencios. Pero el destino, cruel como pocos, tenía otros planes. Cuando llegó a la casa, lo primero que le llamó la atención fue la puerta entreabierta. No era habitual. Mauro era obsesivo con los seguros, las llaves, los ruidos. El silencio también estaba extraño… demasiado espeso, demasiado quieto, demasiado artificial. Apenas entró, un perfume ajeno le golpeó la nariz: dulce, empalagoso, el mismo que Sandy Méndez usaba desde el liceo. Un escalofrío le bajó por la espalda. —¿Mauro? —llamó, con una voz que ya temblaba sin entender por qué. No hubo respuesta. Dejó las llaves temblándole en la mano y empezó a caminar hacia el dormitorio, sintiendo cómo el corazón le latía en la garganta. El sobre se arrugó bajo la presión de sus dedos. Cada paso era una punzada en las costillas. Y cuando empujó la puerta… el universo entero se le quebró en la mirada. Allí estaba Mauro. Semi desnudo. Y sobre él, moviéndose con un descaro que le dio náuseas, estaba Sandy, su mejor amiga, la hermana que la vida le había regalado sin sangre de por medio. Las risas ahogadas, los gemidos, la piel contra piel… todo se silenció de golpe. La habitación parecía congelada en un instante grotesco. Carolina sintió que el piso se hundía debajo de sus pies. Sandy se detuvo. Giró apenas el rostro. Sus ojos la reconocieron y, en vez de vergüenza, mostraron una chispa torva de miedo mezclado con desafío, como si supiera que ese momento podía destruirlo todo… pero ya había elegido su lado. Mauro, pálido hasta la raíz del alma, la miró como si ella fuera la intrusa. —Carolina… —balbuceó, tironeando torpemente una sábana para cubrirse—. Esto no… esto no es lo que parece. Ella apoyó la mano en el marco de la puerta para no desplomarse. —Explicame... —susurró, con la garganta cerrada—. Explicame qué es lo que estoy viendo. Sandy bajó la mirada, aunque no hizo el más mínimo gesto por cubrirse. Ese detalle fue más cruel que la escena misma. Mauro, lejos de arrepentirse, chasqueó la lengua con fastidio, como si el problema fuera que Carolina había llegado demasiado temprano. —Carolina, por favor —bufó, pasándose una mano por el pelo—. Hace meses que estás insoportable. Siempre ocupada con tu madre, siempre cansada, siempre al borde del llanto… ¿Qué querías que hiciera? Soy un hombre, necesito sentirme querido también. El aire se volvió espeso. Carolina sintió que el pecho le ardía, como si un hierro caliente se lo clavara por dentro. —¿Me estás culpando? —preguntó, con un temblor que no pudo ocultar. —¡No empecemos! —explotó Mauro—. No sos la víctima acá. Fuiste vos la que se alejó. Yo necesitaba… necesitaba atención, contención. Algo que vos ya no me dabas. Las palabras se clavaron como cuchillos. El sobre, con el sueño más puro que había tenido en años, se resbaló de sus dedos y cayó al piso con un sonido apagado. Sandy lo vio inmediatamente. Sus ojos se agrandaron apenas. Se inclinó sutilmente hacia Mauro para impedir que él lo alcanzara, poniendo un brazo en el camino mientras sonreía con esa sonrisa falsa que siempre usaba cuando mentía. —No lo toques —susurró ella, casi inaudible, apretando los dientes. Mauro, sin entender, hizo un amague de agacharse, pero ella lo frenó con el brazo extendido, clavándole la mano en el pecho como si quisiera cubrir un secreto. Carolina miró la escena y sintió que algo dentro suyo se desgarraba con violencia. Se inclinó lentamente, con los dedos temblorosos, y recogió el sobre. Lo apretó contra su pecho como si quisiera proteger lo que ya estaba perdido. Mauro chasqueó la lengua con desprecio. —Mirá, no hagamos más escenas —dijo, cruzándose de brazos—. Las cosas se desgastaron. Vos ya no sos la misma. Yo… yo quiero el divorcio. Hoy. Sandy respiró hondo, triunfante, como si la decisión ya estuviera tomada hace tiempo. Carolina levantó la mirada. Sus ojos brillaban, no de lágrimas, sino de un dolor tan profundo que parecía no caber en su cuerpo. —¿Y Sandy…? —preguntó, con una calma que la rompía por dentro—. ¿Qué es ella para vos? ¿Tu consuelo? ¿Tu excusa? Sandy abrió la boca para responder, pero Mauro la interrumpió con un gesto irritado. —¡Basta, Carolina! No armemos este circo. A veces las parejas se terminan. Mejor separarnos ahora que seguir fingiendo. Firmamos los papeles y listo. Ella dio dos pasos hacia atrás. Sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Una presión en el vientre la hizo doblarse levemente, pero Mauro no lo notó. Ni se acercó. Ni preguntó si estaba bien. —Perfecto —murmuró Carolina, con la voz hecha añicos—. Querés el divorcio… lo vas a tener. Mauro soltó un suspiro de alivio. Ni un atisbo de culpa. Ni un mínimo temblor. Carolina salió de la habitación, caminando como si su cuerpo fuera una cáscara vacía. No miró atrás. No dijo nada más. Cuando la puerta de la casa se cerró detrás de ella, el silencio se volvió un océano oscuro. En la vereda, sus piernas se aflojaron. Se apoyó contra la pared, sintiendo el mundo girar a su alrededor. El estómago se le contrajo en un espasmo seco, violento. Una gota fría de sudor le recorrió la espalda. La visión se nubló. Una sombra oscura se extendió por el borde de su campo visual, como si algo estuviera apagándose desde adentro. —Por favor… —susurró, llevándose una mano al vientre—. No ahora… por favor… El sobre en su mano se arrugó aún más. El secreto que pensaba convertir en alegría se transformaba en un dolor insoportable. Sola. En la calle. Con el cuerpo temblando y el corazón roto. Sin saber que ese instante —ese segundo espantoso— no era el final. Era el comienzo de la oscuridad.. CAPÍTULO — “Contra turno” Se quedó parada con los lentes en la mano después de que Cristian le dijo que no era su doctora. No fue el tono. Fue la forma en que apartó la mirada. Como si ella estorbara. El recreo siguió igual de ruidoso, pero para Mía todo sonaba lejos. Él volvió al banco con la guitarra y no la miró más. Ella entendió algo simple: si se quedaba ahí, lo iba a empeorar. No dijo nada. No discutió. Caminó hasta el fondo del patio y esperó que sonara la campana. Ese día no lo buscó a la salida. Él tampoco la buscó y eso dolió más que la frase. En la casa de los abuelos Castell dejó la mochila en el sillón sin acomodarla. Isabel lo notó enseguida. —¿Pasó algo, mi niña? —No. Demasiado rápido. Sofía no insistió delante de todos. Esperó. Siempre sabía esperar. Cuando estuvieron solas, Mía subió al cuarto que usaba cuando se quedaba ahí. Abrió el cajón de la mesa de luz y sacó el estuche. Los lentes estaban torcidos. Un vidrio rayado. Lo
CAPÍTULO — “No sos mi Doctora" El último recreo del año siempre era más ruidoso. Ya habían pasado otros dos años donde Cristian venía luchando con su estrabismo. Había algo en diciembre que hacía que los niños corrieran más fuerte, gritaran más alto, como si quisieran gastarse antes de las vacaciones. Cristian seguía sin correr ,porque si corría seguía cayéndose. Estaba sentado en el banco de siempre, la guitarra apoyada sobre la rodilla. El parche ese día no lo usaba; ya no lo llevaba tantas horas como antes. Los lentes sí. Siempre. El ojo estaba alineado esa mañana. Eso lo ponía de mejor humor. Mía llegó unos minutos después. Y como desde hacía más de un año, llevaba los lentes puestos. Marco oscuro. Vidrio claro. Cristian los había notado desde el primer día. Nunca dijo nada. Hasta ese día. —Sacátelos. Mía parpadeó. —¿Qué? —Los lentes. No los necesitás. Ella sonrió, creyendo que era una broma. —Me gustan. Cristian dejó la guitarra a un lado. —No te quedan bien.
CAPÍTULO — “Demasiado visible” El primer día de jardín con el parche no fue un escándalo. Fue peor Fue demasiado lento. Cristian tenía cinco años y ya entendía que el parche no era un juego. Sabía que tenía que usarlo. Sabía que no era opcional. Sabía que, cuando lo tenía puesto, el mundo se desacomodaba como si alguien hubiera movido apenas el eje de las cosas. Carolina se lo pegó antes de salir de casa. El ojo sano quedó cubierto. El otro, el que necesitaba trabajar, quedó expuesto. La mano de ella tembló apenas, pero no lo suficiente como para que él lo notara. Gabriel le acomodó los lentes con cuidado, asegurándose de que el marco descansara recto sobre el puente de su nariz. —¿Listo? Cristian no respondió. Apretó los labios, como si la palabra “sí” fuera demasiado grande para decirla en voz alta. Se bajó del auto con la mochila pequeña colgándole de un hombro. Caminó despacio. No porque no pudiera correr. Podía hacerlo. Pero con el parche el cálculo no era e
CAPÍTULO — “El día después de los tres”El cumpleaños número tres de Cristian fue ruidoso por una razón sencilla: había niños para un patio tan chico.Ignacio infló globos hasta quedarse sin aire y jurar que no volvería a hacerlo, Betina organizó la mesa como si fuera una fiesta de quince, y Renata corrió detrás de Cristian con la misma energía que él. Mía llegó más tarde, con una bolsa larga envuelta en papel con estrellas—Es para Cris —anunció seria, sosteniendo el paquete con ambas manos.Gabriel ayudó a abrirlo.Adentro había una guitarra pequeña de madera. No era de plástico. Tenía cuerdas reales, aunque suaves, y un barniz que todavía olía a nuevo.Cristian la sostuvo con cuidado, como si entendiera que aquello no era un juguete cualquiera. Rasgueó las cuerdas con torpeza. El sonido fue desordenado, pero suficiente para que se le iluminara la cara.Le gustó. Volvió a tocar más rápido.Y volvió hacerlo sonriendo.Renata se acercó enseguida. Miraba curiosa.—Dame.Mía se cruzó de
CAPÍTULO — “Dos años después” Dos años después, la palabra lucha ya no era una amenaza. Era rutina. Cristian caminaba solito y se caía. No era cada tanto. Era bastante seguido. El living tenía las mismas esquinas de siempre, pero para él parecían moverse un segundo antes de que pudiera calcularlas. La mesa ratona era su enemiga frecuente. El borde del sillón, también. Una vez fue el marco de la puerta. Otra, el escalón mínimo que cualquiera pasaba sin pensar. Habían acolchado la casa por él.Los chichones eran cosas de todos los días . —Es un poquito torpe como yo —dijo Betina una tarde, sin maldad—.Caro no solo es por su problema que se cae .Es chico todavía. Carolina no respondió.Porque su madre tenía razón los niños se caen pero Cristian era por demás . Lo levantó del piso cuando se golpeó la rodilla. Él lloró apenas unos segundos y después apoyó la cara en su cuello. Vivía a upa de sus padres. No por capricho,ni por mimoso. Por seguridad. Cuando lo bajaban,
CAPÍTULO — “Vamos a tener que luchar” El consultorio estaba demasiado blanco para una noticia así. Cristian dormía en brazos de Carolina, ajeno a todo. Tres meses de vida. Tres meses de pureza intacta que todavía no sabía de diagnósticos ni de palabras médicas que pesan más que los informes impresos. Gabriel observaba los estudios apoyados sobre el escritorio. No entendía las gráficas ni los valores, pero sí entendía el silencio que la doctora estaba sosteniendo antes de hablar. La doctora Sofía Rojas dejó los estudios sobre la mesa con cuidado y respiró antes de mirarlos. —Chicos… discúlpenme que tenga que darles esta noticia. Carolina ajustó el cuerpo de su hijo contra el pecho. No lo apretó más fuerte. Solo lo sostuvo distinto. —Los resultados no salieron como esperábamos. No hubo dramatismo en la voz. Tampoco consuelo prematuro. —Cristian presenta un estrabismo convergente intermitente. En este momento no es quirúrgico, pero sí requiere intervención temprana porque existe










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