CAPÍTULO 8 — EL PESO DEL APELLIDO Y EL ENCUENTRO CON EL CHICO MISTERIOSO
La central de distribución de Supermercados Fontes siempre había sido un ruido constante de motores, voces y carritos desplazándose entre góndolas.
Pero esa mañana…, los sonidos parecían envueltos en algodón, como si el mundo entero se hubiera detenido solo para mirarme entrar.
Todos.
Los empleados que antes compartían mate conmigo bajaban la vista al verme pasar.
Otros me observaban con una mezcla incómoda entre curiosidad y miedo.
Y algunos… algunos cuchicheaban sin preocuparse porque yo los escuchara.
La noticia de mi herencia había llegado más rápido que yo.
Respiré hondo, sosteniendo la carpeta que me ardía en las manos.
No podía ver bien los rostros.
Los contornos se desdibujaban, se formaban halos de luz que me complicaban distinguir quién era quién.
El diagnóstico del glaucoma parecía avanzar cada día, como un ladrón silencioso que me robaba el mundo por los bordes.
Aun así, seguí c