Mundo ficciónIniciar sesión—*“¿Sabes qué es lo más peligroso de acostarte conmigo?”* —susurró él, inclinándose hasta rozar mi oído—. *“Que una vez que entres en mi cama… ya no hay salida.”* Sonreí despacio, sin retroceder. —*“Entonces debería advertirte algo,”* respondí—. *“No soy una mujer que se deje poseer. Yo soy la que arruina imperios.”* Me traicionaron. Me humillaron. Me dejaron en la ruina… usando el apellido equivocado. Cuando mi ex me destruyó sin piedad, jamás imaginó que su propio padre —el CEO más temido del país— sería el hombre que me ofrecería venganza… y algo mucho más peligroso. Un contrato. Un matrimonio frío. Una relación prohibida que nadie debía descubrir. Él no me quería. Me deseaba. Yo no lo amaba. Lo necesitaba… para destruirlos a todos. Pero en un juego donde el poder se compra con el cuerpo y el amor se confunde con control, una mujer herida puede convertirse en la peor amenaza. Entre reuniones privadas, noches que nunca debieron existir y miradas que prometen pecado, la línea entre venganza y deseo comienza a desmoronarse. ¿Quién caerá primero? ¿El ex que suplica perdón? ¿El multimillonario que cree poseerlo todo? ¿O yo… cuando descubra que el amor puede ser más cruel que la traición? Una historia oscura, intensa y adictiva, donde el deseo es un arma y el corazón siempre paga el precio.
Leer másLa mansión Castillo ya no olía a cera de abejas y silencio. Olía a marihuana, a ginebra barata y a sudor de desconocidos.Mateo había cumplido su palabra. "La fiesta recién empieza", había dicho. Y vaya si había empezado.Había abierto las puertas de par en par. No a la alta sociedad, sino a la escoria que Lorenzo había pisado durante treinta años.Contratistas estafados, sindicalistas despedidos, prestamistas turbios. Todos estaban allí, bebiendo el vino de la bodega saqueada, bailando sobre las alfombras persas con zapatos sucios.La música techno retumbaba en las paredes, haciendo vibrar los cristales blindados.Yo estaba sentada en el salón principal.Mateo había arrastrado el sillón de terciopelo rojo de Lorenzo al centro de la pista de baile improvisada. Se había sentado con las piernas abiertas, como un rey bárbaro.Y me había sentado a mí en su regazo.—Sonríe, reina —me gritó al oído por encima de la música—. Estamos celebrando la liberación de este mausoleo.Llevaba un vesti
La amenaza de Dante Castillo flotaba en la mansión como gas tóxico invisible.Me refugié en la suite principal, esa habitación que había cambiado de dueño tres veces en una semana.Cerré las cortinas pesadas, bloqueando la vista de los mercenarios que patrullaban el jardín.El reloj marcaba las dos de la madrugada. No podía dormir. Mi mente repasaba los movimientos de ajedrez. Tenía el dinero. Tenía las acciones.Tenía al heredero. Pero la llegada del hermano mafioso de Lorenzo era una variable que no había calculado.La puerta de mi habitación se abrió sin llamar.Me giré, lista para gritar, pero la palabra murió en mi garganta.Alejandro entró.No llevaba su pijama de seda, ni el traje de "asistente junior". Llevaba vaqueros, una sudadera negra con la capucha bajada y unas botas de montaña.En su mano, arrastraba una maleta de viaje grande.Cerró la puerta tras de sí y echó el pestillo con manos temblorosas.—Haz las maletas, Elena —susurró, cruzando la habitación hacia mí—. Nos vam
La cena en la mansión Castillo se había convertido en un deporte de riesgo.La mesa larga del comedor estaba servida con la plata de la abuela y la tensión de una trinchera.Lorenzo presidía la cabecera, pero su silla ya no era un trono; era una posición defensiva.Llevaba la misma ropa desde hacía dos días, y sus ojos se movían de un lado a otro como los de un animal acorralado.A su derecha, yo. La Reina Madre. La intocable. Comía mi sopa de verduras con una calma que lo desquiciaba, sabiendo que mi vientre era el único escudo que necesitaba.A su izquierda, Alejandro. El hijo pródigo convertido en espía doble, triple, cuádruple. Miraba su plato sin comer, temblando.Y en el otro extremo, ocupando el lugar de honor que solía ser de la primera esposa, estaba Mateo Vega.Mateo comía como un rey bárbaro. Partía el pan con las manos, bebía el vino de la reserva privada de Lorenzo a tragos largos y se limpiaba la boca con el dorso de la mano solo para provocar.—Este Cabernet está un poc
El sótano de la mansión Castillo solía ser una bodega de vinos climatizada. Ahora era la celda de un rey derrocado.Lorenzo se había atrincherado allí desde que Mateo tomó posesión de la casa principal. Había improvisado un despacho con una mesa plegable y una lámpara de flexo que parpadeaba. Pero Lorenzo Castillo no se rendía. Era una cucaracha con traje de seda.Había vendido su último reloj, el que había escondido en el forro de su chaqueta, para contratar a un auditor forense independiente. Un experto en rastreo de capitales que no estaba en la nómina de Inversiones Vega.—Dígame la verdad —dijo Lorenzo al teléfono, con la voz ronca por la falta de sueño—. ¿Quién hackeó mis cuentas? ¿Fueron los rusos? ¿Fue Vega?Al otro lado de la línea, el auditor suspiró.—Señor Castillo, he rastreado la huella digital de la transferencia masiva. El protocolo de seguridad RSA fue desactivado manualmente desde su propio ordenador personal.—Imposible. Yo estaba durmiendo.—El token físico fue ut
La mansión Castillo se había transformado en un mercado de carne de lujo.Retiré los muebles del gran salón para colocar filas de sillas doradas. En el estrado, donde solía estar el piano de cola, había un atril de subastas.Y frente a él, la élite de Madrid se agolpaba como buitres con trajes de Armani, listos para rapiñar los restos del imperio caído.—Damas y caballeros —dije al micrófono, mi voz resonando clara y afilada—. Bienvenidos a la liquidación de activos personales del señor Lorenzo Castillo.Los aplausos fueron educados, pero sus ojos brillaban con morbo. Querían ver sangre. Querían ver cómo el rey se quedaba desnudo.Lorenzo estaba de pie junto al estrado. Llevaba su mejor esmoquin, pero no por elección. Yo se lo había exigido.—Sonríe, Lorenzo —le susurré, acercándome a él—. Es por una buena causa. Tus deudas.Lorenzo me miró con un odio tan puro que podría haber destilado veneno. Pero sonrió.Una mueca tensa, mecánica. Sabía que si no cooperaba, Mateo quemaría lo que q
El rugido de los motores diésel rompió la paz sepulcral de la mañana en La Moraleja.No era un coche de lujo. Era un convoy.Tres camiones de mudanza negros, sin logotipos, aparcaron frente a la verja de hierro forjado de la mansión Castillo. Los frenos de aire silbaron como una burla.Lorenzo estaba de pie en el pórtico, todavía con la ropa de ayer, arrugada y sudada por el pánico de la bancarrota. Al ver los camiones, su mano fue directa al bolsillo interior de su chaqueta.Sacó la Beretta.—¡Ni un paso más! —gritó, apuntando al primer conductor que bajaba—. ¡Esta es propiedad privada! ¡Dispararé a matar!El conductor, un hombre con tatuajes en el cuello que parecía más un sicario que un transportista, ni se inmutó. Se limitó a encender un cigarrillo.Corrí hacia Lorenzo.—¡Baja el arma! —le grité, agarrándole del brazo.—¡Son invasores, Elena! —Su voz era un aullido de locura—. ¡Vienen a saquear mi casa!—¡Vienen porque es su casa! —le recordé, poniéndome delante de él, cubriendo e
Último capítulo