Arruinada por el Papá Billonario de Mi Ex

Arruinada por el Papá Billonario de Mi ExES

Romance
Última actualización: 2026-01-16
El Profesor  Recién actualizado
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Resumen
Índice

—*“¿Sabes qué es lo más peligroso de acostarte conmigo?”* —susurró él, inclinándose hasta rozar mi oído—. *“Que una vez que entres en mi cama… ya no hay salida.”* Sonreí despacio, sin retroceder. —*“Entonces debería advertirte algo,”* respondí—. *“No soy una mujer que se deje poseer. Yo soy la que arruina imperios.”* Me traicionaron. Me humillaron. Me dejaron en la ruina… usando el apellido equivocado. Cuando mi ex me destruyó sin piedad, jamás imaginó que su propio padre —el CEO más temido del país— sería el hombre que me ofrecería venganza… y algo mucho más peligroso. Un contrato. Un matrimonio frío. Una relación prohibida que nadie debía descubrir. Él no me quería. Me deseaba. Yo no lo amaba. Lo necesitaba… para destruirlos a todos. Pero en un juego donde el poder se compra con el cuerpo y el amor se confunde con control, una mujer herida puede convertirse en la peor amenaza. Entre reuniones privadas, noches que nunca debieron existir y miradas que prometen pecado, la línea entre venganza y deseo comienza a desmoronarse. ¿Quién caerá primero? ¿El ex que suplica perdón? ¿El multimillonario que cree poseerlo todo? ¿O yo… cuando descubra que el amor puede ser más cruel que la traición? Una historia oscura, intensa y adictiva, donde el deseo es un arma y el corazón siempre paga el precio.

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Capítulo 1

Capítulo 1

El sonido de trescientas copas de cristal chocando fue lo último que escuché antes de que mi vida terminara.

—¡Miren eso! —gritó Alejandro, su voz arrastrada por el champán francés—. ¡La madre de mi prometida en su hábitat natural!

La pantalla gigante del salón de baile del Hotel Ritz, que debía mostrar nuestras fotos de noviazgo, cambió de golpe.

No había fotos de besos. No había anillos.

El silencio duró un segundo. Luego, estallaron las risas.

Risas agudas, crueles, de la élite madrileña. Se reían de sus rodillas sucias. Se reían de mi vestido barato que había cosido yo misma. Se reían de mi estupidez.

—Alejandro, por favor... —supliqué, intentando agarrar su brazo.

Él me apartó con un gesto de asco, como si mi tacto fuera contagioso. Con la otra mano, abrazaba la cintura de una supermodelo rusa que me miraba como si fuera un insecto en su ensalada.

—¿Creíste que me casaría contigo? —me escupió, y el veneno en su voz dolió más que cualquier golpe—. ¿Con la hija de la sirvienta?

Dio un paso hacia mí, acorralándome contra la mesa de los aperitivos.

—Eres un pasatiempo, Elena. Una apuesta con mis amigos. Quería ver si la becada puritana gritaba tan fuerte como su madre friega los suelos.

Las lágrimas me quemaban los ojos, nublando la visión de los diamantes y las sedas que me rodeaban.

—Te amé... —susurré, patética.

—Y eso te hace estúpida.

Alejandro me empujó. Fue un movimiento seco, brutal. 

Quedé allí, empapada, temblando, rodeada de hielo derretido que parecía el agua sucia de un inodoro.

Alejandro se inclinó sobre mí, su rostro perfecto deformado por una mueca de desprecio.

—Mírate. En el suelo. Mojada. Justo donde perteneces.

Se rió, y el sonido fue acompañado por el flash de los paparazzis.

—Solo servías para calentar mi cama, basura. Ahora, sal de mi vista antes de que llame a seguridad para que te saquen con la basura real.

Esa noche, bajo la lluvia de Madrid, Elena murió.

Cinco Años Después

Clac.

Clac.

Clac.

El sonido era nítido, autoritario, letal.

El aire acondicionado estaba a dieciocho grados, pero mi piel no se erizó. El frío era mi elemento ahora.

Ajusté la chaqueta de mi traje Yves Saint Laurent blanco. Un color atrevido. El color de la pureza que me habían robado. El color del dinero nuevo.

—Señorita, no puede pasar —dijo la recepcionista, levantándose alarmada—. La junta directiva está en sesión privada con el Presidente Castillo.

Ni siquiera la miré. Seguí caminando.

—No soy una visita —dije, mi voz ronca y firme—. Soy la dueña.

Llegué a las puertas dobles de caoba maciza. Las mismas puertas que mi madre solía limpiar con abrillantador hace una década.

Empujé ambas hojas con fuerza.

Se abrieron con un estruendo teatral, golpeando las paredes.

El murmullo de doce hombres ancianos se cortó de golpe. El silencio cayó sobre la sala de juntas como una guillotina.

Doce cabezas se giraron. Doce trajes caros. Doce parásitos que llevaban meses sangrando dinero.

Y al fondo, presidiendo la mesa, estaban ellos.

Alejandro estaba de pie, señalando un gráfico de pérdidas en la pantalla. Se quedó congelado, con el puntero láser temblando en su mano. 

A su lado, sentado en el trono de cuero negro, estaba Lorenzo Castillo.

El Patriarca. El León. Cincuenta y cinco años de pura maldad corporativa envuelta en trajes a medida.

Lorenzo no parpadeó. Dejó su pluma estilográfica sobre la mesa con una calma terrorífica. 

Caminé hacia la mesa. Cada paso resonaba como un disparo en el silencio sepulcral.

—¿Quién demonios es usted? —ladró uno de los accionistas minoritarios.

No respondí. Llegué hasta el extremo opuesto de la mesa, justo frente a Lorenzo y Alejandro.

Saqué una carpeta de cuero azul de mi bolso Birkin.

La lancé sobre la mesa de caoba. Se deslizó por la superficie pulida, pasando por delante de Alejandro, hasta detenerse justo frente a las manos de Lorenzo.

—Soy E.R. —dije. Mi voz llenó la habitación sin necesidad de gritar—. CEO de NexTech Solutions.

Lorenzo arqueó una ceja plateada. Alejandro soltó el puntero. Cayó al suelo con un ruido seco.

—Y esa carpeta —continué, disfrutando del sabor de cada sílaba— contiene los documentos de adquisición de deuda. Acabo de comprar el cuarenta por ciento de sus pasivos tóxicos al Banco Central.

Me quité las gafas de sol lentamente, clavando mi mirada en la de Alejandro. Sus ojos azules se abrieron desmesuradamente al reconocerme. 

—Lo que significa, caballeros —sonreí, mostrando dientes perfectos y blanqueados—, que el Grupo Castillo técnicamente me pertenece. Tienen un nuevo jefe.

El caos estalló en murmullos, pero Alejandro se movió como un sonámbulo hacia mí.

Dio la vuelta a la mesa, ignorando a los socios. Sus manos temblaban. Parecía querer tocarme, comprobar si era un fantasma o una alucinación provocada por el estrés y el whisky.

—¿Elena? —susurró, con la voz rota de quien ve a un muerto resucitar—. ¿Eres... tú?

Estiró una mano hacia mi brazo.

No retrocedí. No me inmuté. Simplemente dejé que mi mirada cayera sobre su mano extendida con el mismo asco con el que uno mira una cucaracha en la cocina.

—No me toques —dije.

Fue bajo, pero cortante como un bisturí.

Alejandro se detuvo en seco, como si hubiera chocado contra un muro invisible.

Levanté la vista hacia Lorenzo, que seguía sentado, observando la escena con una mezcla de furia contenida y una curiosidad oscura y retorcida brillando en sus pupilas. Él sabía lo que era el poder. Y acababa de olerlo en mí.

—Señor Castillo —dije, ignorando por completo la existencia de Alejandro y dirigiéndome al único hombre que importaba en la sala—. Controle a sus empleados o empezaré a despedir gente ahora mismo.

Hice una pausa, dejando que la amenaza colgara en el aire frío.

—Empezando por su hijo.

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