Mundo ficciónIniciar sesión“Contrato de Odio, Lazos de Amor” Dos líneas paralelas que se cruzan en la oscuridad. Un contrato frío, un malentendido cruel y un bebé que los ata para siempre. Lia Moreau está desesperada. Sin trabajo, con deudas que la ahogan y un orgullo que no le permite rendirse. Cuando choca bajo la lluvia con Alejandro Valtierra, el poderoso y arrogante CEO de Valtierra Group, nunca imagina que su vida cambiará para siempre. Alejandro necesita una esposa de inmediato. Su abuelo dejó una cláusula en el testamento: si no se casa antes de cumplir 33 años, perderá el control de su imperio. Le ofrece a Lia un contrato matrimonial de un año: un millón de dólares, una vida de lujos y una sola regla clara… nada de sentimientos. Ella acepta solo por necesidad. Él la trata como un simple negocio. Pero cuando un malentendido los separa y un bebé inesperado aparece en sus vidas, el odio que los unió comienza a transformarse en algo mucho más peligroso: deseo, celos y una atracción imposible de ignorar. ¿Se consumirá primero el odio… o nacerá silencioso el amor verdadero? Una historia de contrato matrimonial, enemies to lovers, malentendidos dolorosos, un CEO posesivo y una mujer fuerte que no se deja doblegar. ¿Podrá el destino que ellos mismos escribieron superar las mentiras del pasado? Género: Romance contemporáneo / Billonario / Contrato Etiquetas: Contrato matrimonial, CEO arrogante, Bebé sorpresa, Enemies to lovers, Malentendido, Venganza, Segundo chance, Embarazo, Amor verdadero.
Leer másLa lluvia caía con furia sobre las calles de Nueva York, como si el cielo mismo estuviera castigando a todos los que aún se atrevían a soñar con un futuro mejor. Lia Moreau corría por la acera resbaladiza, con los tacones hundiéndose en los charcos y el bolso apretado contra el pecho como si fuera su último escudo.
Acababa de salir de su tercera entrevista fallida del día. “No encaja con el perfil que buscamos”, le habían dicho con una sonrisa falsa. Lo que realmente querían decir era que no estaba dispuesta a sonreír y callar ante las miradas incómodas y las insinuaciones veladas del jefe. A sus 24 años, Lia ya había aprendido que el mundo laboral no perdonaba a las mujeres que tenían carácter. El agua fría le calaba hasta los huesos, pegándole el vestido barato al cuerpo. Su cabello oscuro caía en mechones húmedos sobre su rostro, pero ella no se detenía. Tenía que llegar a casa antes de que el frío la enfermara. El alquiler vencía en tres días y su cuenta bancaria estaba casi en cero. Otra vez. Un auto negro de lujo pasó a toda velocidad junto a ella, levantando una ola de agua sucia que la bañó de pies a cabeza. Lia se detuvo en seco, la rabia explotando en su interior como un volcán. —¡Idiota irresponsable! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones, sin importarle quién pudiera escucharla—. ¡Mira por dónde conduces! La ventanilla trasera del vehículo descendió lentamente. Unos ojos grises, fríos como el acero y tan intensos como una tormenta, la miraron directamente. El hombre dentro del auto la observó con evidente desdén, como si ella fuera un insecto molesto que se había cruzado en su camino. —¿Disculpe? —preguntó con una voz grave, profunda y acostumbrada a que el mundo entero obedeciera sin rechistar. Lia levantó la barbilla, desafiante a pesar de estar completamente empapada y temblando de frío. —Disculpe usted. ¿Su dinero le da derecho a atropellar a la gente que camina por la acera? ¡Casi me tira al suelo! El hombre no respondió de inmediato. Se limitó a mirarla de arriba abajo con esa expresión arrogante que parecía decir “tú no eres nadie”. Luego, la ventanilla comenzó a subir de nuevo, como si la conversación hubiera terminado para él. Impulsada por semanas de rechazos, deudas acumuladas y un orgullo que se negaba a doblegarse, Lia dio un paso adelante y golpeó el capó del auto con la palma abierta, produciendo un sonido seco que resonó en la calle vacía. —¡Al menos tenga la decencia de pedir perdón, arrogante! La puerta del asiento trasero se abrió con un clic suave. Un hombre alto, de hombros anchos y presencia imponente, bajó del vehículo. Vestía un traje negro impecable que probablemente costaba más que todo el guardarropa de Lia. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado a pesar de la lluvia, y su mandíbula marcada le daba un aire de poder absoluto. Era Alejandro Valtierra, el CEO de Valtierra Group, uno de los hombres más ricos y temidos de la ciudad. —¿Quién se cree que es para hablarme así? —preguntó él con tono bajo y peligroso, dando un paso hacia ella. La lluvia resbalaba por su rostro sin afectarle en lo más mínimo. —Alguien que no se deja humillar por tipos como usted —respondió Lia, sosteniéndole la mirada aunque las rodillas le temblaban ligeramente. Su corazón latía con fuerza, pero no iba a retroceder—. Solo porque tiene un auto caro y un traje elegante cree que puede tratar a la gente como si fueran basura. Por un breve instante, algo cambió en los ojos grises de Alejandro. No era solo irritación. Había un destello de curiosidad, casi de interés, que la desconcertó. —Suba al auto —ordenó él de repente, sin apartar la vista de ella. —¿Perdón? —Lia parpadeó, sorprendida por la orden repentina. —Está empapada y va a enfermarse. Suba. La llevaré donde necesite. Lia dudó. Su orgullo le gritaba que se negara, que le dijera exactamente dónde podía meterse su “ayuda”. Pero el frío que le calaba los huesos, el vestido pegado a su piel y la certeza de que no tenía dinero ni para un taxi la obligaron a aceptar a regañadientes. Dentro del auto el calor era delicioso. El olor a cuero caro mezclado con una colonia masculina sutil y cara la envolvió. Alejandro se sentó a su lado, observándola en silencio mientras el chofer ponía el vehículo en marcha. El contraste entre su traje seco y perfecto y el estado lamentable de Lia era casi insultante. —¿Su nombre? —preguntó él de pronto, rompiendo el silencio. —Lia. Lia Moreau —respondió ella, cruzando los brazos para ocultar el temblor de sus manos. Él sacó una tarjeta dorada del bolsillo interior de su saco y se la extendió. —Mañana a las nueve en punto en la Torre Valtierra, piso 52. Necesito una asistente personal. El sueldo es tres veces superior al promedio del mercado. Lia tomó la tarjeta con dedos helados y la miró incrédula. —¿Y si no quiero trabajar para alguien con tan mal carácter? Alejandro se inclinó ligeramente hacia ella. Su voz se convirtió en un susurro bajo y peligroso que le erizó la piel. —Entonces continúe empapándose bajo la lluvia y buscando entrevistas que nunca le darán, señorita Moreau. Pero algo me dice que mañana estará allí. La decisión es suya. El auto se detuvo frente al viejo edificio donde vivía Lia. Ella bajó sin decir una palabra más, con la tarjeta quemándole en la mano y el corazón latiendo descontrolado. Mientras subía las escaleras desgastadas de su edificio, con el vestido todavía goteando, no podía quitarse de la cabeza esos ojos grises. No tenía idea de que ese encuentro casual acababa de sellar su destino… ni de que en menos de veinticuatro horas estaría firmando un contrato que la ataría al hombre más frío y peligroso de la ciudad.El reloj marcaba las 3:14 a.m. en la villa de Punta Cana.Lia no había vuelto a dormir. Estaba sentada en el borde de la cama, con Mateo dormido en su regazo, envuelto en una manta ligera. El bebé respiraba tranquilo, ajeno al huracán que giraba a su alrededor. Alejandro caminaba descalzo por la habitación, hablando en voz baja con Daniel por el teléfono seguro mientras revisaba en la tablet las imágenes de las cámaras de seguridad del hospital en Santo Domingo.—Tu hermano ya está siendo trasladado —dijo Alejandro cuando colgó—. Dos de mis hombres y la policía lo están sacando por una salida secundaria. Rosa está con él. Los traemos aquí, a Punta Cana, pero no a esta villa. Los pondremos en una casa segura cercana, con vigilancia 24/7. No pueden estar bajo el mismo techo que Mateo hasta que sepamos que Rosa no representa ningún riesgo.Lia asintió sin levantar la vista. Sus dedos acariciaban mecánicamente la espalda de su hijo.—48 horas —susurró—. Eso es lo que le dieron. Si no “arr
La entrevista se volvió viral antes de que terminara el día.A las pocas horas de subirla, los fragmentos de Lia hablando con lágrimas en los ojos y Alejandro con la voz firme y controlada se compartían en todas las redes. En República Dominicana, el caso explotó: programas de televisión matutinos lo analizaban, influencers locales lo comentaban en vivo, y hasta el presidente de la República tuiteó un mensaje de apoyo genérico: “La protección de los niños es prioridad nacional”. En España, los medios sensacionalistas se dividieron: unos condenaban a Isabel Valtierra y Camila López, otros intentaban defender “el derecho de una familia a reclamar su legado”.Mateo, ajeno a todo, gateaba por el salón de la villa con un sonajero en la mano, dejando un rastro de babas y risas. Lia lo seguía de cerca, grabando cada segundo con el teléfono como si quisiera guardar la normalidad en un frasco. Alejandro caminaba de un lado a otro del balcón, hablando en voz baja con Daniel.—La entrevista está
El sol de Punta Cana se levantó brillante y sin piedad, como si quisiera iluminar hasta el último rincón oscuro que aún quedaba en sus vidas. Lia despertó con Mateo gateando sobre su pecho, sus manitas suaves explorando su rostro y su risa fresca llenando la habitación. Por un segundo, todo pareció perfecto: el sonido del mar, el calor del cuerpo de Alejandro a su lado, la inocencia absoluta de su hijo.Pero la conversación de la madrugada con su madre y la llamada de Daniel seguían pesando como una piedra en el pecho.Se levantaron temprano. Alejandro preparó café mientras Lia bañaba a Mateo en la bañera exterior que daba al jardín. El bebé chapoteaba feliz, salpicando agua y riendo cada vez que Lia hacía burbujas con las manos. Ella lo miraba con una mezcla de amor infinito y miedo residual. Cada sonrisa de Mateo era un recordatorio de por qué seguían luchando.Después del desayuno, se sentaron en el balcón principal con vistas al mar. Mateo jugaba en una manta a sus pies con un par
La villa en Punta Cana era un mundo aparte. Rodeada de palmeras altas y una playa de arena blanca que parecía sacada de una postal, la propiedad se sentía como un refugio real por primera vez. Las paredes blancas, los techos altos con ventiladores de madera y las ventanas que daban directamente al mar turquesa creaban una calma que Lia no había sentido en meses. Los guardias de seguridad eran profesionales discretos, contratados directamente por Alejandro, sin lazos con ninguna familia. Nadie entraba ni salía sin pasar tres controles.Mateo se adaptó como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar. Esa primera tarde, después de instalarse, Lia lo llevó a la playa privada. El bebé gateaba sobre la arena caliente con una mezcla de sorpresa y deleite, hundiendo sus manitas regordetas y soltando carcajadas cada vez que una ola pequeña le mojaba los pies. Lia se sentó en una toalla grande, con las rodillas abrazadas, observándolo como si temiera que el mar se lo llevara. Alejandro estaba a





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