Los días siguientes fueron un infierno de silencio y frialdad.
Lia apenas veía a Alejandro. Él salía temprano a la oficina y regresaba tarde, casi siempre después de las diez de la noche. Cuando coincidían en la mansión, se hablaban con frases cortas y educadas, como dos extraños obligados a compartir el mismo techo.
—Buenos días —decía ella por la mañana.
—Buenos días —respondía él sin levantar la vista del teléfono.
Rosa notaba la tensión, pero era demasiado profesional para comentar nada. So