La gala había terminado pasada la medianoche. Lia subió las escaleras de la mansión con los tacones en la mano, sintiendo cada paso como si llevara plomo en los pies. El vestido rojo le pesaba, pero no tanto como el recuerdo de la mano de Alejandro deslizándose por su espalda desnuda.
Entró en su habitación, cerró la puerta y se apoyó contra ella, respirando agitada.
—¿Qué me está pasando? —susurró para sí misma—. Solo es actuación… solo es un contrato.
Se quitó el vestido con movimientos brusc