Mundo ficciónIniciar sesiónLia se quedó parada en medio del vestíbulo durante varios minutos después de que Alejandro subiera las escaleras. El eco de sus pasos aún resonaba en su cabeza. “No te enamores. No te encariñes. Y sobre todo… no te atrevas a traicionarme.” Sus palabras seguían flotando en el aire como una amenaza velada.
Rosa, el ama de llaves, se acercó con una sonrisa amable pero profesional. —Señora Valtierra, ¿le gustaría ver su habitación? El señor ha pedido que se prepare para la cena de esta noche. Será a las ocho en punto. Lia asintió en silencio y siguió a la mujer por la amplia escalera de mármol. Cada paso que daba le recordaba lo lejos que estaba de su pequeño apartamento húmedo. La mansión era un palacio moderno: paredes blancas con detalles en negro y dorado, cuadros caros y una iluminación suave que lo hacía todo parecer un sueño… o una prisión elegante. La habitación que le asignaron era enorme. Una cama king size con sábanas de seda blanca dominaba el centro, un vestidor del tamaño de su antiguo salón y un baño con jacuzzi que parecía sacado de una revista. Sobre la cama había varios vestidos de diseñador colgados con una nota: “Elige el que más te guste. Debes lucir como mi esposa.” Lia tocó la tela suave de un vestido negro largo con escote discreto. El precio de uno solo de esos vestidos probablemente pagaba tres meses de su antiguo alquiler. Sintió una mezcla de rabia y fascinación. Todo esto era parte del contrato. Ella no era una invitada; era una empleada con anillo en el dedo. Se duchó rápidamente, dejando que el agua caliente borrara el cansancio del día. Cuando salió, eligió el vestido negro. Le quedaba como un guante, elegante pero no provocativo. Se maquilló lo justo y se recogió el cabello en un moño bajo. Al mirarse en el espejo grande, casi no se reconoció. Parecía una mujer de otro mundo. A las ocho menos cuarto bajó al salón principal. Alejandro ya estaba allí, de pie junto a la ventana con una copa de whisky en la mano. Llevaba un traje negro impecable y su presencia llenaba toda la habitación. Cuando la vio bajar las escaleras, sus ojos grises la recorrieron de arriba abajo con lentitud. —Bien —dijo simplemente—. Ese vestido servirá. Lia levantó una ceja. —¿Servirá? Qué halago tan entusiasta, esposo. Alejandro dejó la copa sobre una mesa y se acercó a ella. Se detuvo a solo unos centímetros, tan cerca que Lia tuvo que inclinar ligeramente la cabeza para mirarlo. —Recuerda las reglas de esta noche. Sonríe. Mírame con admiración. Responde con dulzura si alguien te pregunta algo. La junta directiva debe creer que este matrimonio es real y que estamos enamorados. Cualquier error podría costarme el control de la empresa. Lia sintió el calor de su cuerpo tan cerca. Su perfume caro la envolvía y, por un segundo, su corazón latió más rápido de lo que debería. —No soy una actriz mediocre —respondió ella con voz baja pero firme—. Cumpliré mi parte del contrato. Pero no esperes que disfrute fingir que te soporto. Una sonrisa peligrosa curvó los labios de Alejandro. —Mientras finjas bien, me da igual si me soportas o me odias. En ese momento sonó el timbre. Los primeros invitados llegaron: tres hombres mayores y una mujer elegante de unos cincuenta años, todos miembros importantes de la junta. Alejandro tomó a Lia por la cintura con naturalidad, como si llevara años haciéndolo. El contacto la sorprendió tanto que casi se tensó, pero logró relajarse a tiempo. —Queridos, les presento a mi esposa, Lia Valtierra —dijo Alejandro con una voz cálida que Lia nunca le había escuchado—. Nos casamos hoy en una ceremonia íntima. Estoy… feliz. Los invitados sonrieron y felicitaron. Lia sonrió con dulzura, apoyando ligeramente la mano en el pecho de Alejandro como había visto en las películas. —Es un placer conocerlos. Alejandro me ha hablado tanto de ustedes. La cena transcurrió en un comedor lujoso con candelabros de cristal. Lia se sentó al lado de su “esposo” y jugó su papel a la perfección: reía suavemente cuando él contaba anécdotas, lo miraba con admiración fingida y respondía con inteligencia cuando le preguntaban sobre su vida. Pero en un momento de la conversación, uno de los hombres mayores, el señor Morales, comentó: —Valtierra, debo admitir que me sorprendió la rapidez de este matrimonio. Hace solo unos meses decías que no tenías tiempo para relaciones. ¿Qué cambió? Alejandro apretó ligeramente la mano de Lia bajo la mesa. Ella sintió el aviso. —El amor llega cuando menos lo esperas —respondió él con suavidad. Lia decidió intervenir antes de que la situación se pusiera incómoda. —Cuando conocí a Alejandro, supe que era diferente. Es un hombre… intenso. —Lo miró directamente a los ojos, fingiendo ternura—. Y yo no pude resistirme. Alejandro giró la cabeza hacia ella. Por un segundo, algo real brilló en sus ojos grises: sorpresa mezclada con algo más oscuro. Sus miradas se quedaron enganchadas más tiempo del necesario. La cena terminó poco después de las diez. Cuando los invitados se fueron, Alejandro cerró la puerta principal y el ambiente cambió por completo. La máscara cálida desapareció. Se aflojó la corbata con un movimiento brusco y se giró hacia Lia. —Estuviste bien —dijo secamente—. Pero no vuelvas a mirarme así en público. Lia cruzó los brazos, sintiendo cómo la rabia regresaba. —¿Así cómo? ¿Como una esposa enamorada? Eso es exactamente lo que me pediste. Alejandro dio un paso hacia ella, acorralándola contra la pared del pasillo. Su voz bajó hasta convertirse en un susurro ronco: —No me mires como si realmente sintieras algo. Esto es un contrato. Nada más. No confundas la actuación con la realidad. Lia levantó la barbilla, desafiante. Sus rostros estaban tan cerca que podía sentir el aliento de él en sus labios. —No se preocupe, señor Valtierra. El único sentimiento real que tengo hacia usted es desprecio. Y créame, eso no va a cambiar en un año. Por un instante, el aire entre ellos se cargó de electricidad. Los ojos de Alejandro bajaron un segundo a los labios de Lia antes de apartarse bruscamente. —Bien —dijo con voz tensa—. Tu habitación está en el ala este. La mía en el ala oeste. No nos cruzaremos si no es necesario. Se dio la vuelta y empezó a subir las escaleras. Antes de desaparecer, se detuvo un momento. —Una cosa más, Lia. Mañana temprano te darán una tarjeta de crédito sin límite. Usa lo que necesites para tu guardarropa. Pero recuerda: todo esto tiene fecha de caducidad. Lia se quedó sola en el pasillo enorme, con el corazón latiéndole con fuerza y las mejillas ardiendo. Se tocó los labios sin darse cuenta. Esa noche, mientras se acostaba en la enorme cama de seda, no podía dejar de pensar en la mirada de Alejandro cuando sus rostros estuvieron tan cerca. No era solo odio. Había algo más… algo peligroso. Y lo peor era que, por primera vez desde que firmó el contrato, Lia se preguntó si realmente sería capaz de cumplir la regla más importante: No enamorarse. Pero en la mansión al otro lado del pasillo, Alejandro Valtierra tampoco podía dormir. Se sirvió otro whisky y miró por la ventana hacia la ciudad iluminada. —Un año —se repitió en voz baja—. Solo un año. Sin embargo, la imagen de Lia desafiándolo con esos ojos brillantes no se le iba de la cabeza. Ninguno de los dos sabía que, en solo unas semanas, un malentendido cruel y un bebé inesperado lo cambiarían todo… y que el contrato que acababan de firmar se convertiría en la jaula más peligrosa de sus vidas.






