Mundo ficciónIniciar sesiónArturo Montecarlo de Mendoza, es un prestigioso magnate de la aerolínea más importante de la ciudad de Madrid. A sus treinta y cinco años y con un matrimonio fallido a cuestas, es un hombre que ya no cree en el amor y lo único importante de su vida es su hijo, Alejandro, un pequeño de siete años que lo llevará a encontrarse cara a cara con el pasado. Paula Madrigal, es una joven que se gana la vida como maestra en uno de los colegios más prestigiosos de la ciudad. El destino la ha puesto en el camino de Alejandro, quién en su inocencia la confunde con su madre. Lo que llevará a la joven Paula a conocer al feroz magnate, quien al ver el parecido que existe entre la maestra y su exesposa, le propone un contrato matrimonial. Un matrimonio que les traerá beneficio a ambos, Paula saldará sus múltiples deudas y le comprará la casa que le prometió a su abuelita y Arturo conseguirá una madre para su hijo. Lo que ninguno de los dos imagina es que terminaran enamorándose en medio de aquel contrato.
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El florero se estrelló con fuerza contra la pared, rompiéndose en varios pedazos. Llamando la atención de los amantes que se revolcaban en la cama de aquel hotel.
La rabia corrió por sus venas como lava ardiente, el dolor se instaló en su corazón. Arturo Montecarlo de Mendoza, no podía creer lo que sus ojos estaban viendo.
¡Su esposa, la madre de su hijo, la mujer que más amaba en la vida, en brazos de su mejor amigo!
Para Arturo no había traición más cruel y dolorosa que ver a Pía y Julián haciendo el amor, como si fuesen dos personas libres.
—¡Arturo! —gritó Pía al descubrir a su marido viéndola con ojos asesinos—. No es lo que parece —dijo.
—¿No es lo que parece? —preguntó con rabia—. ¿No es lo que parece? —había burla en su voz—. Imagino que se te ha perdido un par de pelotas y estás jugando a encontrarlas.
—Arturo…
—Será mejor que te largues, Julián, y no vuelvas a poner un solo pie en mi casa, aléjate de mi hermana para siempre —gruñó.
—¡No puedes hacerle esto a Isabel, vamos a casarnos en dos semanas! —gritó el hombre mientras se vestía con rapidez.
—Eso debiste pensarlo antes de acostarte con mi esposa y olvidarte que eras el prometido de mi hermana y mi mejor amigo.
—Arturo.
—No quiero escucharte, Pía, me basta con lo que mis ojos han visto esta noche. No quiero volver a verte jamás en la vida, porque te juro que si vuelvo a encontrarte voy a hacerte la vida miserable…
—No puedes echarme, ¡Tenemos un hijo! —gritó la mujer.
Pía no era una mujer maternal, pero ahora se aferraba a su hijo como su única salvación. Sin él y sin Arturo, ella volvería a su antigua vida y no lo deseaba, así que se aferraría a lo único que podía. Alejandro.
—¡No menciones a mi hijo, Pía! ¡No trates de chantajearme con él, te he perdonado todo, pero esto jamás! —aseguró Arturo.
El hombre luchó para no convertirse en un asesino allí mismo. Su corazón estaba destruido por la única mujer que había amado, a quien le había jurado amor eterno, con quien había soñado tener una familia.
Todo había terminado en un abrir y cerrar de ojos por culpa de su traición, todo su amor y sus ilusiones habían sido borrados de un plumazo.
—Tengo derechos —gritó Pía en medio de su desesperación.
Arturo la miró con desprecio, no le daría el gusto de verlo derrotado. El hombre se tragó su dolor antes de hablar:
—Voy a divorciarme de ti —sentenció antes de girar sobre sus pies y salir de aquella habitación…
—¡Arturo! ¡Arturo, espera, no puedes hacerme esto! ¡Arturo! —gritó la mujer corriendo envuelta en la sábana, cubriendo su desnudez, pero ninguno de sus gritos hizo que su esposo se detuviera.
Arturo Montecarlo y Mendoza jamás había conocido el dolor, había sido feliz durante los primeros cuatro años de matrimonio, o es lo que él había creído. Luego de descubrir la traición de su esposa, pensaba que todo había sido una farsa.
El hombre cerró los ojos mientras el alcohol quemaba su garganta y embotaba sus sentidos. Lastimosamente, no era suficiente para él, no había alcohol en el mundo que mitigara el dolor que sentía dentro de su pecho.
No había nada, no existía una poción mágica para arrancarse del corazón ese desengaño. Pía lo había matado en vida, su traición le había destrozado el alma por completo.
—¡Maldita seas! —gritó de manera desgarradora.
Los siguientes días, Arturo no vivió, sobrevivió por fuerza de voluntad y porque su hijo de tres años lo necesitaba.
Lo más difícil había sido contarle a Isabel, su hermana, sobre la traición de sus parejas. Ella había caído en una profunda depresión que su madre había tenido que llevársela lejos de España para ayudarla a sobrellevar su pena.
En cuanto a él, estaba por firmar el divorcio con Pía y terminar para siempre con aquella malvada mujer.
—Señor, tiene una llamada en la línea dos —dijo su secretaria.
Era viernes por la tarde y él nunca olvidaría ese día.
—Arturo de Montecarlo —dijo con sequedad.
»—¿Es usted el esposo de Pía Zambrano?
Arturo apretó el auricular.
—Sí.
»—Lamento informarle que su esposa ha muerto en un accidente aéreo de camino a Barcelona.
«Su esposa ha muerto»
«Su esposa ha muerto»
Epílogo Paula miró el nuevo cuadro que adornaba la sala de su casa, había sido un trabajo maravilloso y exquisito de Gerald Petit, uno de los pintores más reconocidos de Francia.—Es hermoso, el cuadro perfecto de una familia feliz —musitó Arturo tomando la cintura de Paula por la espalda.—Lo es —convino Paula mordiéndose el labio.—¿Qué pasa, cariño? —preguntó el magnate al darse cuenta de la tensión en los hombros de su esposa.—¿Qué harás con el cuadro de Pía? —preguntó.Arturo la hizo girar entre sus brazos, sus miradas se encontraron, él apartó el mechón de su rostro y besó sus labios.—¿Qué quieres hacer con él? —le preguntó como respuesta.—¿Qué?—Eres tú quien decide qué hacer con él, Paula —respondió ante la interrogante.—¿Crees…, crees que Domenico apreciaría tenerlo en Italia? —preguntó con duda.—Quizá sería un buen regalo para Paolo —dijo.Paula acarició el rostro de Arturo, le dio un corto beso en la mejilla y le sonrió.—Estoy segura de que lo apreciará mucho, es una
Gracias por existirUn ligero gemido escapó de los labios de Paula aquella mañana, mientras sentía un cosquilleo recorrer su cuerpo, la piel se le erizó al sentir los cálidos labios de Arturo deslizarse por su columna vertebral, sus manos recorriendo cada rincón de su cuerpo, hasta llegar al centro de su placer.—¿Qué haces? —preguntó con voz ligeramente cansada, pero cargada de pasión y deseo.—Quiero hacer hacerte el amor… —susurró bañando con su aliento cálido el oído y rostro de Paula.—¡Lo hemos estado haciendo casi toda la noche! —expresó Paula sin apartarse del toque ni de los labios de su esposo.—No cuenta, apenas el reloj ha marcado la media noche es un nuevo día —refutó Arturo complacido.Paula dejó escapar una ligera carcajada antes sus palabras.—Era audaz, pero no me has convencido —dijo entre risas.—¿Aún no? —preguntó el hombre, dejando suaves besos y mordidas sobre el hombro desnudo de Paula.—No…—¿De verdad? —insistió.Paula asintió, mientras dejaba escapar, un son
¡Eres la mujer perfecta!Paula abrió los ojos horas más tarde. Arturo la había convencido de ir a la cama y ella no pudo negarse, había estado en un avión por más horas de las jamás había estado en toda su vida; pero no sabía que necesitaba estar en la cama hasta que puso su cabeza en la almohada y se quedó profundamente dormida en compañía de Arturo y de sus hijos.—¿Mejor? —preguntó Arturo entrando con una bandeja de frutas y jugos.—Mucho mejor, gracias —dijo un tanto tímida.—¿Qué pasa? —le cuestionó Arturo.—Nada, no pasa nada.—Paula…—Estoy bien, te lo aseguro —dijo mirando a Leticia y Alejandro.—¿Quieres comer algo? —cuestionó sentándose a su lado.—Me encantaría, también quiero visitar a Carolina —dijo.Arturo asintió, él también quería hacerlo, con todo lo ocurrido ni siquiera le dio tiempo de felicitar a Diego por el nacimiento de su hija.—Carolina dio a luz —contó Arturo.—¿Qué? ¿Cómo que dio a luz? —cuestionó Paula sentándose junto a su esposo—. Ella apenas tenía siete
Cuadro familiar«Fui yo, yo secuestré a tu esposa…»«Yo secuestré a tu esposa…»Arturo miró todo rojo al escuchar aquellas palabras, salir de los labios del hombre que tenía la osadía de pararse delante de él y decirle, sin ninguna pena, que era el secuestrador de Paula. La ira se abrió paso por su cuerpo, el dolor y el miedo que sintió ante la desaparición de su esposa, fue un detonante y sin mediar palabra golpeó el rostro de Domenico con rudeza enviándolo al piso.Arturo se lanzó sobre el hombre, quien no se defendió en ningún momento.—¡Arturo! —gritó Paula al darse cuenta de que su marido era muy capaz de matarlo allí mismo—. Escucha lo que tiene que decirte —pidió ella.Arturo la miró con los ojos furiosos.—¿Qué es todo esto? —preguntó.—Hay algo que tienes que saber —le dijo Paula acercándose a él.—¡Te secuestró! ¡No puedes defenderlo! —gritó preso del enojo que corría por cada rincón de su cuerpo.—No estoy defendiendo a nadie y a él menos, pero por favor, escucha —insistió





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