La firma del destino

Lia pasó la noche entera sin pegar ojo. El contrato grueso estaba abierto sobre su cama, iluminado por la luz tenue de la lámpara. Cada cláusula parecía burlarse de ella: “Convivencia obligatoria”, “Apariciones públicas como pareja”, “Prohibición absoluta de relaciones sentimentales o físicas con terceros”, “Pago final de un millón de dólares al cumplir el año”.

A las seis de la mañana ya estaba sentada en la pequeña mesa de su cocina, con una taza de café frío entre las manos. Miraba el documento como si fuera una bomba de tiempo.

¿Realmente estaba considerando vender un año de su vida a un desconocido arrogante solo por dinero?

Pensó en su madre enferma, en las deudas del hospital que aún pesaban sobre ella, en el alquiler que vencía en dos días y en las entrevistas que nunca llegaban a nada. Un millón de dólares significaba libertad. Significaba poder pagar todo, empezar de cero y quizás hasta ayudar a su madre a recuperarse de verdad.

A las ocho y media ya estaba frente a la Torre Valtierra otra vez. Esta vez llevaba el mismo vestido negro del día anterior, pero con la cabeza más alta. No iba a dejar que Alejandro Valtierra viera cuánto miedo le daba esta decisión.

La misma secretaria la hizo pasar. Alejandro estaba sentado detrás de su escritorio, impecable como siempre, con una pluma estilográfica dorada en la mano.

—Veinticuatro horas exactas —dijo él sin levantar la vista del documento que firmaba—. Veo que tomó la decisión correcta.

Lia se acercó y dejó el contrato sobre la mesa con un golpe seco.

—No he decidido nada todavía —mintió, aunque ambos sabían que sí lo había hecho—. Solo quiero que me explique una cosa más. ¿Por qué yo? Podría haber elegido a cualquier mujer de su círculo social. ¿Por qué una desconocida empapada que lo insultó bajo la lluvia?

Alejandro levantó la mirada por fin. Sus ojos grises la recorrieron lentamente, como si estuviera midiendo cada detalle de su expresión.

—Precisamente por eso —respondió con honestidad brutal—. Las mujeres de mi círculo esperan amor, atención o una posición social. Usted solo necesita dinero. Es directa, orgullosa y no parece del tipo que se enamore fácilmente. Eso hace que el contrato sea más… limpio.

Lia sintió una punzada de rabia.

—¿Así que soy la opción “limpia” porque soy pobre y desesperada?

—Soy práctico, señorita Moreau. No romántico. Siéntese.

Ella se sentó. Alejandro deslizó hacia ella una copia nueva del contrato y una pluma.

—Léalo una última vez. Si está de acuerdo, firme en las tres páginas. Hoy mismo nos casaremos por lo civil en una ceremonia privada. Mañana se mudará a mi mansión.

Lia tragó saliva. Sus dedos temblaron ligeramente al tomar la pluma. Leyó las cláusulas una vez más: nada de besos públicos innecesarios, nada de fotos comprometedoras, nada de intimidad a menos que ambos lo quisieran. Al final del año, divorcio automático y silencio absoluto.

Respiró hondo y firmó.

En el momento en que la pluma tocó el papel por tercera vez, sintió que algo dentro de ella se rompía. Acababa de vender un año de su vida.

Alejandro firmó después, con trazo firme y seguro. Luego presionó un botón en su teléfono.

—Prepara los documentos para la boda civil. En una hora.

Lia levantó la cabeza bruscamente.

—¿En una hora? ¿Tan rápido?

—No tengo tiempo que perder —respondió él mientras se ponía de pie—. Mi abuelo murió hace seis meses. La junta directiva ya está presionando. Cuanto antes estemos casados legalmente, mejor.

Una hora después, Lia se encontraba en una pequeña sala privada del Registro Civil, vestida con un sencillo traje blanco que alguien había llevado para ella. Alejandro estaba a su lado, impecable en su traje negro. No había flores, no había invitados, no había música. Solo dos testigos de la empresa y un funcionario que leía las palabras de rigor con voz monótona.

—…y declaran que contraen matrimonio por voluntad propia…

Lia sintió que el mundo giraba. Cuando llegó el momento de decir “Sí, acepto”, su voz salió baja pero clara.

—Sí, acepto.

Alejandro respondió con voz firme y sin emoción:

—Sí, acepto.

El funcionario declaró que estaban legalmente casados. Alejandro le puso en el dedo un anillo de oro blanco con un diamante discreto pero elegante. No fue un gesto romántico; fue simplemente parte del contrato.

Cuando salieron del edificio, un auto negro los esperaba. Alejandro abrió la puerta para ella.

—Bienvenida a tu nueva vida, señora Valtierra —dijo con una sonrisa fría que no llegó a sus ojos.

Lia subió al auto en silencio. Mientras recorrían las calles de Nueva York hacia la mansión, no podía dejar de mirar el anillo en su dedo. Pesaba más de lo que parecía.

La mansión de Alejandro era exactamente como ella imaginaba: enorme, fría y lujosa. Columnas blancas, jardines perfectamente cuidados y una fuente en la entrada. Cuando entraron, una mujer de mediana edad los recibió con una sonrisa profesional.

—Señora Valtierra, soy Rosa, el ama de llaves. Su habitación ya está preparada. Si necesita algo, solo tiene que pedirlo.

Lia asintió aturdida. Alejandro se quitó el saco y lo dejó sobre un sofá.

—Esta noche tenemos una cena con algunos miembros de la junta. Debes comportarte como una esposa enamorada. Sonríe, mírame con admiración y no hables de negocios. ¿Entendido?

Lia lo miró directamente a los ojos.

—Entendido… esposo.

La palabra salió con un tono sarcástico que no pudo evitar.

Alejandro dio un paso hacia ella, quedando tan cerca que Lia pudo sentir el calor de su cuerpo. Su voz bajó hasta convertirse en un susurro peligroso:

—Recuerda las reglas, Lia. Un año. Nada más. No te enamores. No te encariñes. Y sobre todo… no te atrevas a traicionarme.

Por un segundo, sus miradas se quedaron enganchadas. El aire entre ellos se cargó de una tensión extraña: odio, desafío y algo más que ninguno de los dos quería nombrar.

Lia levantó la barbilla.

—No se preocupe, señor Valtierra. El único sentimiento que tengo hacia usted en este momento es desprecio.

Alejandro sonrió de medio lado, casi divertido.

—Bien. Eso facilitará las cosas.

Se dio la vuelta y subió las escaleras, dejando a Lia sola en el enorme vestíbulo.

Ella se miró en el gran espejo de la entrada. La mujer que le devolvió la mirada ya no era la misma que corría bajo la lluvia la noche anterior.

Ahora era la señora Valtierra.

Y acababa de firmar un contrato con el diablo.

Pero lo que Lia no sabía era que ese diablo de ojos grises guardaba secretos mucho más oscuros que un simple testamento… y que ese malentendido que estaba por llegar cambiaría todo para siempre.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP