La propuesta imposible

Lia entró a la Torre Valtierra exactamente a las nueve en punto de la mañana, con el corazón latiéndole tan fuerte que parecía que iba a salirse de su pecho. El edificio era imponente: mármol blanco brillante en el suelo, ascensores de cristal que subían como cohetes y gente vestida con trajes que costaban más que todo su apartamento. Se sentía fuera de lugar con su vestido sencillo negro que había planchado dos veces y los zapatos de tacón que ya empezaban a lastimarle los pies.

Subió al piso 52. La secretaria, una mujer elegante de unos treinta y cinco años, la miró de arriba abajo con una ceja ligeramente arqueada antes de anunciarla.

—Señor Valtierra, la señorita Moreau está aquí.

—Que pase —respondió una voz grave desde el interior.

Lia respiró hondo, cuadró los hombros y entró. La oficina era enorme, con ventanales del piso al techo que ofrecían una vista panorámica de Nueva York. Alejandro Valtierra estaba de pie frente a su escritorio de caoba oscura, impecable en un traje gris oscuro que acentuaba sus hombros anchos. Su cabello negro estaba perfectamente peinado y su expresión era la misma de la noche anterior: fría, calculadora y ligeramente arrogante.

—Siéntese —ordenó sin siquiera saludar, señalando la silla frente a él.

Lia se sentó, cruzando las piernas con fingida seguridad. No iba a dejar que la intimidara tan fácilmente.

—Vine por el puesto de asistente personal que mencionó ayer —dijo directamente, tratando de mantener la voz firme.

Alejandro la observó en silencio durante varios segundos, como si estuviera evaluándola como a una mercancía. Luego rodeó el escritorio y se apoyó en el borde, quedando demasiado cerca de ella. El olor de su colonia cara invadió el espacio entre ambos.

—No exactamente —respondió con calma—. El puesto de asistente es solo la fachada. Lo que realmente necesito es una esposa.

Lia soltó una risa corta y nerviosa, convencida de que había escuchado mal.

—¿Disculpe? Creo que no entendí bien.

—Escuchó perfectamente, señorita Moreau —dijo él sin inmutarse—. Necesito casarme antes de cumplir treinta y tres años. Mi abuelo dejó una cláusula muy clara en su testamento: si no estoy legalmente casado para esa fecha, perderé el control mayoritario de Valtierra Group. No tengo tiempo para romances ni para buscar a alguien que complique las cosas. Por eso le ofrezco un contrato matrimonial de exactamente un año.

Lia parpadeó varias veces, sintiendo que el mundo se inclinaba bajo sus pies. Abrió la boca para hablar, pero ninguna palabra salió al principio.

—¿Me está proponiendo… que me case con usted? ¿Por dinero?

—Exacto —confirmó Alejandro con naturalidad, como si estuviera hablando de un acuerdo comercial cualquiera—. Un millón de dólares al finalizar el contrato. Durante ese año vivirá en mi mansión, asistirá a eventos importantes como mi esposa perfecta, sonreirá en las fotos y mantendrá la boca cerrada sobre los detalles del acuerdo. Firmaremos un contrato de confidencialidad total. Nada de intimidad física a menos que ambos lo deseemos expresamente. Al cabo de un año nos divorciaremos de forma limpia y cada uno seguirá su camino.

Lia se levantó de golpe, las mejillas ardiendo de indignación y vergüenza. Sus manos temblaban ligeramente mientras apretaba el bolso contra su cuerpo.

—¿Cree que soy una mercancía que puede comprar? ¿Que estoy tan desesperada como para vender mi vida por un millón de dólares?

Alejandro no se movió. Se limitó a mirarla con esos ojos grises que parecían leer cada uno de sus pensamientos.

—Anoche vi su situación con claridad. Está ahogada en deudas, sin trabajo estable y con un orgullo que la está llevando directo a la ruina. Esto no es caridad, Lia. Es un negocio mutuamente beneficioso. Usted obtiene la estabilidad económica que necesita y yo conservo mi imperio.

Sacó un documento grueso de un cajón y lo deslizó sobre la mesa con elegancia. Las páginas estaban llenas de cláusulas impresas en letra pequeña pero clara.

—Léalo con calma. Tiene veinticuatro horas para decidir. Si acepta, firmamos mañana mismo y comenzamos la farsa de inmediato. Recibirá un pago mensual generoso durante el año, ropa adecuada para los eventos, un auto con chofer y todas las comodidades que nunca ha tenido.

Lia tomó el documento con manos temblorosas. Sus ojos recorrieron las líneas: “Matrimonio temporal”, “Prohibición de relaciones sentimentales con terceros”, “Obligación de convivencia”, “Cláusula de no divulgación”… Todo estaba allí, frío y calculado.

—¿Y si me niego? —preguntó, levantando la vista para enfrentarlo.

—Entonces puede volver a correr bajo la lluvia buscando entrevistas que nunca le darán —respondió él con una sonrisa apenas perceptible, casi cruel—. Pero ambos sabemos que no tiene muchas opciones reales en este momento. Piense en su futuro, señorita Moreau. Un año de su vida a cambio de la libertad financiera para siempre.

Lia sintió una mezcla explosiva de rabia, humillación y una extraña chispa de curiosidad que la asustó profundamente. Ese hombre era arrogante, manipulador y peligroso… pero también estaba ofreciéndole una salida que nadie más le había dado.

Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta, apretando el contrato contra su pecho. Antes de salir, se detuvo un segundo y miró por encima del hombro.

—Veinticuatro horas —repitió Alejandro desde su escritorio, con voz baja y segura—. No se demore. El tiempo corre para los dos.

Lia cerró la puerta tras de sí con más fuerza de la necesaria. Mientras bajaba en el ascensor, su mente daba vueltas sin control. Un millón de dólares. Una mansión. Un año de mentiras. Y todo por estar atada a un hombre que la trataba como un simple negocio.

No sabía que aceptar ese contrato no solo salvaría su economía… sino que desataría un torbellino de emociones, celos, deseos y secretos que ninguno de los dos podría controlar.

Y lo peor era que, en el fondo, una parte de ella ya estaba considerando decir que sí.

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