Veinticinco años después.
La casa frente al mar seguía exactamente igual, como si el tiempo no se atreviera a tocarla.
Las buganvilias blancas seguían trepando por las paredes con la misma fuerza de siempre. El gran árbol que Camila plantó décadas atrás ahora daba una sombra generosa sobre toda la terraza. Y la mecedora de Lia aún se balanceaba suavemente con la brisa, como si alguien invisible siguiera ocupándola.
Camila Sofía, ahora con cuarenta años, se había convertido en la nueva guardiana