Habían pasado dos años desde la partida de Mateo.
La casa frente al mar seguía en pie, más viva que nunca, aunque ahora cargaba con el peso dulce de la nostalgia. Lia Valentina, con sesenta y un años, se había convertido en la matriarca oficial de la familia. Sus hijos ya tenían sus propias vidas, pero cada verano, sin excepción, todos regresaban.
Era el último día de las vacaciones de verano. El atardecer pintaba el cielo de un naranja profundo cuando toda la familia se reunió por última vez e