A la mañana siguiente, Lia despertó desorientada en la enorme cama de seda. Por un segundo pensó que todo había sido un sueño extraño, pero el anillo de oro blanco en su dedo y el techo alto con molduras doradas le recordaron la cruda realidad: estaba casada con Alejandro Valtierra.Se levantó, se puso una bata de satén que encontró en el vestidor y bajó a la cocina. Rosa ya estaba allí, preparando el desayuno con eficiencia.—Buenos días, señora Valtierra. El señor dejó instrucciones. Desayune lo que desee y luego pase por su despacho. Le tiene preparada una tarjeta de crédito.Lia se sentó frente a una mesa llena de frutas frescas, jugos y croissants recién horneados. Todo era perfecto, caro y… frío. Comió en silencio, sintiendo que cada bocado le recordaba que ahora vivía en una jaula de oro.Después del desayuno, se dirigió al despacho de Alejandro. Él estaba sentado detrás de su escritorio, revisando documentos con el ceño fruncido. Llevaba una camisa blanca con las mangas remang
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