Mundo ficciónIniciar sesiónMuchos dirán que soy un alma en desgracias. Perdí a mis padres en una tormenta en medio del mar y el destino me llevó a vivir con mi tío, Oswald Rolle, el Alfa solitario más temido de las Bahamas. Dicen que no tiene corazón, y eso me pone los pelos de puntas. Criado entre traiciones y pérdidas, descubri que se encerró en un mundo de silencios y desconfianza. Nadie logra quedarse a su lado… hasta que llego yo. No recuerdo mucho de él, solo su nombre y la forma en que ahora su presencia me altera. Yo soy nubes negras, él oscuridad. Y aunque nuestro lazo debería ser solo familiar, algo mucho más profundo empieza a despertarse entre nosotros. Creo que me enamoré de él. A veces, el alma reconoce a quien está destinada, incluso si el mundo lo prohíbe. Y la mía… eligió a Oswald Rolle, mi tutor, mi amor y mi tio el ceo.
Leer másEl avión por fin toca tierra y siento que todo mi cuerpo se relaja… solo un poquito, porque ya sé que lo que viene no será fácil. Una nueva vida, un nuevo por venir.
Me pongo de pie, ajusto la mochila terciada al hombro, salgo del avión, y miro mi telefono nada interesante. Paso por mi maleta que retiro de la cinta de equipaje de la aerolinea. Arrastro la maleta que parece más grande que yo , deseando secretamente que alguien aparezca y me diga que todo esto es un mal chiste. Uno que solo se puede contar en una historia de terror o fantacia clasica. —Señorita Rolle —oigo una voz formal entre la multitud. Me giro y ahí está: Lawrence, el asistente personal de mi tío que quedó en recogerme por video llamada, lleva un traje gris impecable, una expresión seria, como si fuera un robot de lujo diseñado solo para decir “sí, señorita”. El tipo sostiene un cartel discreto con mi nombre escrito en letra clara. —Hola... —Soy Lawrence, ya nos hablamos por teléfono — me dice, extendiendo su mano hacia mi—. Mi tarea es llevarla con su tío. Él me pidió que me asegurara de que llegara bien. Lo miro de arriba abajo. No sonríe. No hace ningún intento de parecer simpático. Nada de nada. Y, de alguna manera, eso me hace sonreír a mí. Es divertido ver a alguien tan solemne en persona. —Perfecto —le digo, empujando mi maleta mientras me hago la que estoy relajada—. Vamos, no aguanto estos zapatos. El trayecto hasta el auto es silencioso, interrumpido solo por mis pensamientos y el sonido lejano de maletas rodando, gente corriendo y gritos de familiares emocionados por los encuentros. No puedo evitar mirar alrededor y comparar con los aeropuertos que he visto en películas: todo parece demasiado grande y brillante, y yo me siento como una intrusa en un mundo que no me pertenece. Ningun familiar vino por mi. Lawrence abre la puerta del auto y me indica que suba. No hay música, solo el aire acondicionado mas frio que el polo norte. Me acomodo junto a la ventana, la bajo para ver el paisaje pasar y mientras arranca, dejo que la brisa que entra por la ventanilla me despeine un poco. Lo observo, serio, con las manos firmes sobre el volante, y no puedo evitar imaginar a mi tio, ese hombre que de seguro a cambiado, enque se habrá convertido, qué clase de hombre tan metódico me va a criar a mi desde ahora hasta que sea mayor de edad. No lo recuerdo, nunca supe de él en estos ultimos diez años hasta ahora. Ya tengo diesiciete años, en solo un año seré libre como el viento. Solo tengo que soportarlo un año y listo. Mis dedos juegan con mis mechoncitos, mientras miro el mar que se extiende en la distancia. Azul profundo, brillante, tan limpio que duele mirarlo. Nunca habia ido al mar en america, solo lo habia visto en la televisión. Y ahora yo solo pienso en la vida que he perdido, en mis padres, en la tormenta que se los llevó, en todo lo que no puedo cambiar. —Lawrence, ¿siempre conduces así de serio? —pregunto, tratando de romper el hielo. Él me mira por el espejo lateral y arquea una ceja. —Siempre, señorita. Es mi estilo. Suspiré y me recosté en el asiento. Bueno, al menos alguien mantiene la seriedad, pensé. Durante el camino, mis ojos no dejan de mirar por la ventana: las palmeras, los pequeños barcos, los puentes, el sol que hace brillar todo. Todo es tan distinto de mi mundo anterior, que no puedo decidir si quiero llorar de felicidad o de miedo. Probablemente las dos cosas. —Lawrence, ¿Mi tío… es siempre así de… misterioso que no vino por mi? —pregunto sin pensar demasiado. —Es complicado señorita — me responde él con precisión quirúrgica—. Nadie ha logrado quedarse mucho tiempo en su casa. Es exigente, desconfiado y… poco tolerante a errores. Me río bajo, sin poder evitarlo. “Complicado” es la forma más suave de describir a un hombre que, según escuché de terceros, puede hacer que cualquier adulto se ponga nervioso. Y yo… bueno, yo siempre he sido rebelde. Este choque va a ser interesante. Tal vez se aburra, me regale un apartamento en miami, una cuenta sin fondo y una linda asistente como en las telenovelas. ¿Quien querria vivir aqui alejados del mundo por tanto tiempo? Yo siempre me meto en problemas por no seguir reglas. Mi mamá me decía que era curiosa, demasiado curiosa, y que algún día me iba a meter en líos por ello. Ahora pienso que tenía razón, solo que los líos ahora mismo tienen forma de hombres serios y una casa enorme frente al mar. Llegamos a la mansión de mi querido tio el ceo, Oswald Rolle y me detengo un segundo para admirarla: blanca, perfecta, imponente, con ventanales gigantescos que reflejan el mar. Todo huele a limpio y a lujo, pero también a algo frío al no ver más de unos cuantos sirvientes recibiendome sin decir nada, solo inclinando la cabeza. Algo que me hace sentir pequeña y desafiante al mismo tiempo. Lawrence abre la puerta y me indica que pase que los sirvientes van de salida. Camino adentro, arrastrando mi maleta, y lo primero que noto es el silencio, no hay ningun tipo de animal, ni perro ni gato y menos un ave enjaulado (aunque eso es lo que yo parezco). No hay música, no hay nada mas que lujo, ni siquiera el ruido de las olas parece entrar. Todo está tan limpio que me siento como si hubiera cruzado a otro mundo, uno en el que mi maletas y mis revistas de chicos probablemente no tengan cabida. —Espere aqui por favor, señorita, voy a hacer una llamada. Y me deja sola como un mueble más. Me siento en un sofá blanco enorme. Mis pies no tocan el suelo y muerdo la paleta dulce que vengo lamiendo desde hace rato, pensando que nunca me había sentido tan observada y, al mismo tiempo, tan invisible. Es extraño… y me gusta. Entonces escucho pasos. Mi corazón da un brinco y sin siquiera saber de quién se trata. Mis ojos se fijan en su cuerpo desnudo que viene bajando con una tablet en una mano distraido llevando solo una bata abierta y en cómo se mueve, controlando cada paso. No sé si me intimida o me fascina lo que veo, pero algo en mí se enciende tanto que siento como mi ropa interior se humedese al instante: curiosidad, adrenalina, la mezcla perfecta de miedo y emoción al ver semejante garrote a pesar de estar dormido. Nunca habia visto a un hombre desnudo, solo en mis revistas de mangas boys lover. El hombre baja las escaleras con una autoridad silenciosa sin siquiera percatarse que estoy comiendolo con los ojos. Cuando finalmente levanta la cabeza al final de las escaleras, nuestros ojos se encuentran. Siento que me escanea de arriba abajo en un segundo, y yo, consciente de cada centímetro de mi ser y de su cuerpo a la vista, no puedo evitar morderme el labio. Hay algo en su mirada que me obliga a quedarme quieta, aunque mi cabeza quiere mil comentarios sarcásticos listos para soltar y molestarlo un poco. —¿Pero que demonios? —me dice, dejando la tablet de lado e intentando amarrarse la dichosa bata de seda. Y allí estoy, en medio del salón blanco, con la paleta medio derretida, mientras me doy cuenta de que esta no será una estadía común. Esto… esto va a ser interesante. —Hola...tu debes ser mi tio. Me recuesto un poco más, cruzo los brazos y pienso en los chicos de mis revistas. Pienso en los músculos, en las miradas atrevidas, en los gestos que me hacían reír y sonrojarme al mismo tiempo. Nunca había estado tan cerca de alguien que parecía salido de esas páginas, pero más… real, más imponente, más intocable y mas grande en todos los sentidos. La tiene enorme, venosa y muy apetecible. Me pregunto como seria tenarla dentro. Y lo sé. Sé que este primer encuentro no será el último, y que, aunque él no lo sepa aún, va a hacer que cada pensamiento que tengo sobre chicos, deseos y rebeldía se ponga en juego. Suspiro, dejo caer la paleta y pienso: “Bienvenida a mi nueva vida, Gwendoly. Aquí nada será fácil, pero tampoco aburrido.”Oswald la evitó tres días completos.Tres días en los que Gwen solo veía la sombra de él en los pasillos, la puerta cerrada de su habitación, el perfume leve que dejaba al salir antes del amanecer.No había desayunado juntos.No había notas.No había ni un “¿cómo dormiste?”.Era como si Oswald hubiese desaparecido del mapa… excepto por el hecho de que todo estaba demasiado en orden, como si él vigilara desde lejos.Y eso la enfurecía más.Tres días después, cuando salió de su habitación para ir al instituto, no encontró a Oswald… pero sí a Lawrence, el asistente personal del tío.—Señorita Gwendolyn —dijo él, rígido, como si cargara un secreto militar—. Debe acompañarme, por favor.Ella lo miró como si fuese a morderlo.—¿Y mi tío?—El señor Oswald pidió que la trasladara yo.—Ajá. —Ella entrecerró los ojos.— Esto huele raro… y no hablo de usted.Lawrence tragó saliva.La llevaron a un auto blindado y viajaron cuarenta minutos hasta el otro lado de la isla. Era un trayecto demasiado l
—No. —respondió seco— Solo hazlo , Lawrence. Y que nadie, absolutamente nadie, se entere.—Por supuesto, señor. ¿Paso por usted?— No. Voy a conducir. Te veo en la empresa.Oswald colgó y se apretó el puente de la nariz. Tenía el estómago como un nudo. Sentía que darle un apartamento era lo correcto… ¿o era un castigo? ¿Un exilio? ¿Una protección? Ni siquiera él lo sabía.—Necesito alejarla de mí —murmuró—. No puedo tenerla cerca. No hasta… no hasta entender qué siento. Si fue un impulso, un arrebato… o… —su corazón latió extraño— o algo más.Cerró los ojos. La recordó llorando entre risas, temblando entre sus brazos, aferrada a él como si fuera lo único sólido en medio del mundo. Y él… él había sentido cosas que nunca había experimentado con nadie.—No. No puedo pensar en eso ahora. —se dio una palmada suave en la cara—. Primero, terminar con Yahaira. Y después… Dios… después, lo que venga.Se vistió para ir a la empresa, intentando parecer un hombre que tenía su vida bajo control. P
La vida para Oswald se sentía muy dulce y cruel al mismo tiempo, tan cruel como una verdad inevitable. Un rayo cayó directo sobre el rostro de Oswald, obligándolo a despertar.Abrió los ojos. Todo desorientado.Y allí estaba ella.Gwen.Dormida como un angel caído del cielo.Despeinada.Con la boca entreabierta y su cuerpo desnudo sobre su cuerpo, que estaba tan desnudo como ella.Envuelta apenas por la sábana que él había colocado horas antes.Pero aun así, ella está llena de marcas.Demasiadas señales.Su garganta se cerró.—No puede ser… —susurró.Había pequeñas marcas en sus muslos, brazos, espalda, pechos, besos delineando el camino que él había recorrido. Arañazos suaves en su espalda. Y lugares que no debía mirar, pero que igual alcanzó a ver de reojo: huellas claras de su boca, de sus manos, de su cuerpo sobre el de ella.Y entonces miró su propio cuello.La mordedura de ella brillaba allí en su cuello, definitiva, innegable.—Dios… —pasó una mano por su cara—. ¿Qué hice?Su p
—Se siente tan bien... — gime ella.Pero enseguida se da cuenta que algo en ella está creciendo con cada segundo...solo lo habia escuchado en las clases de sexualidad: La anudación entre dos cuerpos.Ambos respiraban agitados, ya con la piel húmeda, sudados por la mezcla de nervios, deseo y ese calor extraño que se levantaba entre ellos. Él la sostenía por la cintura, con la frente apoyada en su hombro, tratando de controlarse mientras el cambio seguía empujando con más fuerza. Su virilidad creció más a cada segundo.—No… no quiero hacerte daño —jadeó él, con la voz ronca, temblandole los brazos al sentir cómo el instinto lo dominaba.Ella, también sudada, con las mejillas encendidas y los ojos brillosos, levantó el rostro para mirarlo. Sonrió entre lágrimas suaves.—No tengas miedo… soy yo. Yo no te tengo miedo — susurró —. Estoy bien, y hoy puedes hacer un desastre... de mí.Él quiso responder, pero el calor lo envolvió entero. Ya no podía contenerlo. Ella lo abrazó del cuello, peg
Cuando entraron a su habitación, Gwen estaba más tranquila y tan mareada que apoyó la cabeza en su hombro, respirándole el cuello. —Hueles rico… —murmura. —Gwen... —dice él, tenso. —Más rico que la comida de los invitados —sigue ella—. No te preocupes. Yo siempre estaré contigo. Aunque sea heredera. Todo lo que tenga… será tuyo —susurró, mirando su boca—. Porque no confío en nadie más. En ningún otro lobo. Oswald sintió algo retorcerse en su interior. La coloca en la cama pero ella prefiere sus piernas. Ella lo toma del cuello. Se sienta sobre sus piernas. Lo besa en la mejilla, lento. —No me dejes hoy —pidió en susurros—. Por favor. Él no podía respirar. —Gwen… eres menor por unas horas todavía. —No tiene nada que ver con que me concientas un poco, es mi dia de todos modos —respondió con una sonrisa traviesa. Su mundo tembló. —Gwendolyn… Ella suspiró, apoyando su cabeza en su pecho. —Entonces… quédate conmigo esta noche… solo para que no me sienta sola. Mis padres ya no
Él baja la mirada, pero no aparta la mano. El corazón le late con fuerza en medio del delirio de su aroma y el licor. Entonces ella, con un impulso casi infantil, apoya la cabeza en su hombro. —Todo va a estar bien, ¿verdad? —pregunta con sinceridad con voz baja. —Sí —responde él, casi en un susurro—. Todo va a estar bien. Permanecieron así un largo rato. El reloj marca la una de la madrugada. El whisky seguia viéndolos como si estuviera de más en esa escena. Pero por primera vez en días, Oswald se sintió en paz. Con ella allí, sobre sus piernas, apoyada en su hombro, parecía que el mundo podía ser un poco más soportable. Cuando Gwen finalmente se levantó, él la acompañó hasta la puerta. —Buenas noches, pequeña tormenta —murmuró. Ella giró con una sonrisa pícara. —Buenas noches, tío lobo gruñón. Y se fue por el pasillo, descalza, con el corazón latiéndole fuerte. Oswald la siguió con la mirada hasta que desapareció por la esquina y subió las escaleras. Luego volvió a su e
Último capítulo