Aparto la vista de golpe. Santo cielo. Si sigo mirando, juro que mi lobo va a empezar a aullar.—¡Gwendoly, por la manada santa, no te digo que te hagas responsable de nada, solo ponte algo o termina de entrar al baño! —le grito, sintiendo cómo el sudor me baja por el cuello.Ella se detiene en la puerta del baño, me mira por encima del hombro y suelta la frase que casi me mata:—Relájate, tío. Ya me has visto…—¡Yo...no he visto nada de nada!Se cubre la cara.— Si, bien por ti, cómo digas, pero te aclaro que yo si te vi bien clarito y tú no tienes un pajarito. Más bien una anaconda.Cierro los ojos.Abro los ojos y la miro olvidando su desnudes.No, no soñé eso. Lo dijo. LO DIJO.Se ríe y me da la espalda. Esa maldita espalda de porcelana como reloj de arena, el sonido del portazo me hace brincar. Me quedo allí, sentado en la cama, con las manos en la cara y el alma escapándose por la ventana.—Dios… Estoy acabado ¿cómo se supone que construya una relación sana con mi sobrina?—murmu
Leer más