Mundo ficciónIniciar sesiónEl sol sigue subiendo sin parar por el magnífico cielo azul y yo sigo en la cocina, lamiendo lentamente el borde de la taza de jugo mientras observo cómo Doña Carmen organiza todo con esa paciencia infinita. Sabe de finanzas, limpieza y organización.Sabe dónde va todo y que le gusta o disgusta a mi tío. Finalmente, se sienta frente a mí y me mira con esa mezcla de severidad y cariño que solo los años saben dar.
—Gwendoly, hay algo que debes saber sobre tu tío —me dice con voz baja, asegurándose de que nadie más escuche—. Además de comportarse como si viviera solo. Y ser una persona impaciente. En el fondo tiene un buen corazon. Solo que ha sufrido mucho al igual que tú. La diferencia es que su infancia fue la peor. Tu bisabuelo era de mano dura. Y no dejaba pasar las cosas tan fácilmente. Tiene problemas alimenticios desde que envenenaron a sus padres. Secuelas de traumas pasados. No come nada fuera de su casa, ni en la oficina ni en restaurantes. Solo come lo que yo cocino y lo poco que él mismo permite fuera de eso… y aún así, muy poco. Me quedo congelada un segundo, pero luego una idea traviesa se enciende en mi cabeza. —¿Sólo lo que cocinas? —repito con ojos brillantes—. Mmm… interesante. Doña Carmen me observa, con una ceja arqueada. —Sí. No es algo de lo que debas burlarte… ni mencionar. Estarás aquí un buen tiempo y debes portarse como todo una señorita. Tenemos reglas como no estar en la casa cuando el está. Debemos dejar todo limpio y su comida lista la cual no debes tocar. Imagino que entrás a algún instituto así que ten paciencia. Mi mente ya está girando a mil por hora. Yo, Gwendoly Rolle, de 17 años, experta en travesuras y con un pequeño gusto por provocar, podría jugar un poco con esto. Me imagino la escena: él probando un postre hecho por mí, mirando con esa mezcla de asombro cuando se lo diga. Me acerco a Doña Carmen, que me mira con esa paciencia que solo los años saben dar. —Carmen… —le susurro, inclinándome un poco hacia ella—. Quiero hacer un flan de leche, ¿puedes decirme cómo? Yo misma lo haré, así no la paso tan aburrida. Ella arquea una ceja, pero no dice nada. Nos ponemos manos a la obra. Se acerca y me enseña los trucos: cómo batir los huevos sin que se formen burbujas, cómo hacer un caramelo perfecto, cómo controlar la temperatura para que no se agriete. Yo sigo cada paso al pie de la letra, concentrada, emocionada. Me río para mis adentros: esto no es solo cocinar, es crear un pequeño plan maestro. —¿Lo quieres acompañar con un batido o limonada? —pregunta Carmen mientras vierto la mezcla en los moldes. —Obvio… que sea limonada para acompañarlo en la tarde —respondo con inocencia fingida, lamiéndome un poco los dedos sin que ella note mi picardía—. Será delicioso. El flan sale del horno perfecto, con esa textura brillante y firme que hace que mi corazón se acelere. Lo dejo enfriar en la encimera, oliendo el aroma dulce que llena toda la cocina. —Cuando termines no olvides despejar la cocina. —Sí. Cuando coma mi parte meteré todo a la nevera. Todos terminaron sus quehaceres y salieron de la casa a una pequeña casita de empleados en el fondo de la propiedad. Después, con cuidado, coloco una porción aparte en el frigorífico, bien a la vista pero sin decir nada. Solo yo sé para quién es realmente. —Se ve delicioso, Gwendoly. Muy bien hecho —dice Carmen, dándome una palmada suave en el hombro, al terminar el almuerzo de mi tío.. —Gracias, Carmen. Creo que… voy a esperar un poco antes de probarlo, quiero que se enfríe —respondo, mientras una sonrisa traviesa se dibuja en mi rostro. Mi mente ya imagina cómo mi tío reaccionará cuando descubra el postre “accidentalmente” en la isla de la cocina. Me siento en el sofá con la bandeja en la mano, jugando con la cuchara y probando un poco para aparentar que es mío. Cada bocado es delicioso, pero mi verdadero objetivo está en ese pedazo escondido, esperando a que él, Oswald Rolle, el Alfa imposible y complicado, lo descubra y, sin saber por qué, tenga que probarlo. Siento cómo algo dentro de mí se despierta: curiosidad, diversión, y un toque de perversión. No puedo esperar a ver su reacción. —Mi niña ya me voy. Si tienes hambre más tarde tu porción está en la nevera. —Está bien. Por ahora estoy satisfecha. Subiré a mi habitación cuando termine aquí. Finalmente, me levanto, limpio un poco y coloco la bandeja de manera estratégica en la encimera. Ese flan será mi primera pequeña victoria sobre el tío complicado que aún ni siquiera sabe que tiene una sobrina decidida a jugar con él. —Esto es lo divertido —susurro, casi para mí misma—. No sabe que lo estoy preparando. Los empleados desaparecen entre los pasillos, como si se hubieran disuelto en el aire, dejando todo a mi disposición. Es curioso… ahora entiendo por qué la primera vez que entré a la sala lo encontré tan despreocupado, expuesto ante el mundo: tal vez sea una especie de regla no escrita, un fetiche secreto de andar casi a encueros por la mansion. Tal vez le guste andar con todo lo que Dios le dio al aire cuando no hay nadie alrededor. Mientras termino de organizar algunas cosas en la cocina, escucho el sonido de la puerta principal. Mi corazón se acelera, aunque trato de mantener la calma. Es él: Oswald. Corro y subo las escaleras y me quedo a la espera. Me tiro al piso del segundo piso para ver mejor en el ángulo perfecto. Lo veo dejar el maletín sobre la mesa del recibidor, desabotonarse la chaqueta y quitarse la corbata. Luego, paso tras paso, entra al medio baño debajo de la escalera y se lava las manos con esa minuciosa atención a los detalles por algunos cinco minutos. Puedo imaginarlo, tan impecable incluso en gestos simples, incluso en algo tan cotidiano como lavarse las manos. Su comida está dispuesta en trocitos, como siempre: cada porción perfectamente separada, medida, calculada. Sonrío para mis adentros. Hoy, sin embargo, hay algo más que él no sabe. Yo ya tomé un pedacito del flan que preparé temprano, lo tapé discretamente en la isla de la cocina. El olor dulce se mezcla con el ambiente de manera irresistible, difícil de ignorar si uno entra en la cocina. Oswald destapa los platos sobre la mesa, come con cuidado, probando cada trozo. Luego, con esa rutina impecable que lo define, se levanta y lleva los platos de vuelta a la cocina. Es ahí cuando ocurre. Sus ojos, atraídos por algo que no debería estar allí, se detienen en el flan tapado que yo coloqué a propósito. Se queda un instante, dudando, mirando a los lados. Puedo imaginarlo pensando que Carmen habrá olvidado ponerlo sobre la mesa, que tal vez simplemente es un descuido del servicio. Pero la curiosidad lo vence. Con movimientos lentos, levanta la tapa y su expresión cambia: primero sorpresa, luego concentración, luego puro placer. —Wao...será que Carmen lo hizo para Gwendoly y se olvidó poner mi parte en la mesa. Ella no prepara postre desde que hace años tiré la tarta que hizo de manzana porque no me gustó. Sin pensar en nadie más, sin inhibiciones, comienza a comer. Cada cucharada parece más deliciosa de lo que debería, como si estuviera disfrutando algo prohibido. Y yo… observo desde la distancia, intentando no reírme demasiado mientras él se inclina sobre el flan, lo saborea y hasta se lame los dedos, sin darse cuenta de que estoy viendo cada gesto. Mi cuerpo se calienta al ver como hace cada gesto. —Esto está muy delicioso. Lo escucho decir. Siento un cosquilleo de triunfo, una mezcla de picardía y satisfacción. No es solo un juego de cocina, es una manera de conocerlo, de romper su mundo impenetrable un poquito a la vez. Y mientras lo veo disfrutar, pienso: quizás Oswald Rolle no es solo un Alfa complicado, frío y distante… quizás también tiene secretos, fetiches y deseos que nadie más ha logrado descubrir. Me levanto satisfecha y me voy a mi habitación. Este pequeño acto, aparentemente inocente, ha despertado algo en él, y en mí ha encendido un fuego que no pienso apagar. Todo está saliendo según lo planeado.






