Desesperación

La vida para Oswald se sentía muy dulce y cruel al mismo tiempo, tan cruel como una verdad inevitable. Un rayo cayó directo sobre el rostro de Oswald, obligándolo a despertar.

Abrió los ojos. Todo desorientado.

Y allí estaba ella.

Gwen.

Dormida como un angel caído del cielo.

Despeinada.

Con la boca entreabierta y su cuerpo desnudo sobre su cuerpo, que estaba tan desnudo como ella.

Envuelta apenas por la sábana que él había colocado horas antes.

Pero aun así, ella está llena de marcas.

Demasiadas señales.

Su garganta se cerró.

—No puede ser… —susurró.

Había pequeñas marcas en sus muslos, brazos, espalda, pechos, besos delineando el camino que él había recorrido. Arañazos suaves en su espalda. Y lugares que no debía mirar, pero que igual alcanzó a ver de reojo: huellas claras de su boca, de sus manos, de su cuerpo sobre el de ella.

Y entonces miró su propio cuello.

La mordedura de ella brillaba allí en su cuello, definitiva, innegable.

—Dios… —pasó una mano por su cara—. ¿Qué hice?

Su p
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