Mundo ficciónIniciar sesiónLuego de comer ese postre delicioso que encontré en la cocina subí a mi habitación, me di una buena ducha y volví a salir al trabajo. Gracias al cielo no me tope con Gwendoly. Me sentiría algo embarazoso por lo que sucedió en la mañana. Nunca imaginé que se sentaría en mi regazo de la nada. Mi cuerpo alfa de lobo dominante me ganó. Reaccionó al sentir su trasero. De seguro me ví como un tonto y un pervertido con su sobrina.
Ahora estoy aquí entre papeles en mi compañía, soy CEO de una enorme mega compañía de electrónica aquí en las Bahamas. Vivía feliz cuando mis padres estaban vivos pero desde que alguien los envenenó en uno de sus restaurantes favoritos cuando cumplí diez años todo fue un infierno para mí. Me mandaron a un internado de chicos y sufrí muchas bielas y humillaciones. Era como un lobo abandonado. No fue hasta que cumplí veintiuno, que mi abuelo estuvo obligado a entregarme mi parte de mi herencia. Puse una empresa y a pesar de que vivo aquí en el otro lado de la isla, aún así, él quiere controlar mi vida. —Señor ya terminó todo aquí. ¿Quiere que lo acompañe a su casa o envío por el chófer? Van a ser las ocho — Me comunica Lawrence, mi asistente. —Ya es hora de regresar a casa. Ya es de noche.—le digo percatándome del tiempo—No te preocupes, iré conduciendo yo. Regresa a tu casa y descansa. Nos vemos mañana. Luego de media hora en el tráfico por fin llegué a mi mansión. Mañana tengo una cita a ciegas arreglada por mi abuelo. Sería la cita número ocho. Las lobas que me presenta son altaneras, quisquillosas y ya me di a la idea, que moriré como un lobo solitario. Mi querido y malvado abuelo que me golpeaba sin razón antes de mandarme a un internado,no está dispuesto a que me enamore de cualquier mujer y arruine el estatus familiar. Siento que quiere seguir controlando mi vida. Y realmente no sé que mal le he hecho. Al padre de Gwendoly, mi difunto hermano mayor nunca se metió en su vida o sus relaciones. Siempre fue un lobo libre. Desde que murieron nuestros padres, mi abuelo se ha obsesionado con que mantenga en alto las expectativas de la familia. Mi hermano y mi nuera que llegue a ver cuando Gwen tenía apenas cinco o seis años, murió hace unos meses y mi sobrina ahora con diecisiete, solo me tenía a mí. Nadie quería siquiera verla porque se parece mucho a mi hermano y supuestamente los llenan de tristeza. Ya estoy en la casa después de media hora de trayecto agotador, el pasillo está en silencio absoluto. La mansión parece un mausoleo; incluso las olas afuera apenas se oyen. Camino con pasos medidos hacia mi habitación. La señora Carmen me guardó albóndigas para la cena. Y dejó otro bocado de flan en la isla de la cocina. Creo que estoy obsesionado con este dulce. Desde la muerte de mis padres padecí de desorden alimenticio. Creo que mi ama de llaves ya está entrando en edad y se les olvidan las cosas. Un sonido que no había escuchado antes atraviesa el silencio: un grito ahogado, desgarrador, lleno de miedo y desesperación. Subo corriendo las escaleras pensando que un ladrón entró a la mansión y quiere hacerle daño o que ella misma estuviera haciéndose daño. —¡Gwendoly! —susurro, casi sin aliento abriendo su puerta de golpe—. ¿Qué sucede? Mi corazón se acelera. Corro hacia la cama, esperando cualquier cosa, menos lo que encuentro: ella está temblando bajo la diminuta bata que apenas cubre su cuerpo, los brazos apretando el edredón mientras sus hombros se sacuden entre sollozos. Sus ojos están cerrados, la boca entreabierta emitiendo esos gritos que me rompen por dentro. —¿Una pesadilla? Instintivamente, me acerco y la tomo entre mis brazos. Su cuerpo lobuno es tan suave, tan pequeño, tan frágil… y tiembla contra mí con un miedo que despierta todos mis instintos. La sostengo, pegándola a mi pecho, tratando de calmarla, de hacerle sentir que nada malo puede pasar mientras estoy aquí. —Gwendoly… cálmate… estoy aquí. Solo es una pesadilla—digo con voz profunda, intentando que mis palabras sean un ancla en medio de su tormenta de pesadillas—. Despierta, luna… despierta. Su respiración es agitada, entrecortada, y sus manos buscan algo, cualquier cosa a lo que aferrarse. Yo la rodeo con cuidado, mis brazos están firmes como muros, protegiéndola de los demonios que la persiguen en su mente. No puedo permitir que siga sola en su miedo. Sus párpados tiemblan y, poco a poco, los abre. Sus ojos verdes como los de su madre, llenos de lágrimas, se clavan en los míos color miel. Está asustada, vulnerable… perfecta en su fragilidad. Siento un nudo en el pecho que no puedo describir. —Shh… tranquila, ya pasó… estoy aquí —susurro, acariciando suavemente su cabello húmedo de sudor—. Nada malo va a suceder. —¡Tío! Pero entonces, sin previo aviso, sin que pueda reaccionar, su rostro se acerca al mío y sus labios presionan los míos en un beso breve, desesperado, cargado de todas las emociones que ha reprimido incluso mientras dormía. Mis instintos se disparan, el mundo parece detenerse, y todo lo que sé es que ella me está besando torpemente, sin controlar su lengua o su saliva en mi boca, quebrando cualquier barrera que intentaba mantener. Mi corazón late con fuerza, un rugido interno que me recuerda lo peligroso que es esto. Mi cuerpo se estremece. Soy su tío, maldita sea, un Alfa, su protector… y aun así, mis labios corresponden instintivamente, suaves, sin lastimarla, pero sintiendo cada estremecimiento de su cuerpo contra el mío. Puedo sentir sus pechos erectos bajo su bata de seda. Se separa apenas, jadeando, con lágrimas rodando por sus mejillas. Su mirada, intensa y perdida, me obliga a tragar saliva. No dice nada. Solo me observa asustada, nerviosa, vulnerable, y yo sé que esto cambiará todo. —Gwendoly… —murmuro, con la voz más baja de lo que he permitido jamás—. Esto… no debería… Se que estás asustada, acabas de salir de una pesadilla... —Lo siento...no me odies —me dice ella temblando. Ella solo me mira, temblando, y me abrazó nuevamente. —No estoy enojado. Supongo que fue sin querer. A veces tengo pesadillas muy malas. Solo tranquilizate. Me hago el fuerte, decidido a protegerla, aunque mis pensamientos no dejen de traicionarme o la erección entre mis pantalones. Yo nunca había besado a nadie. Nunca tuve tiempo para ser un lobo normal. Pero ahora cada fibra de mi cuerpo quiere consolarla, y al mismo tiempo… quiere mucho más. —Por favor no te vayas. Quédate conmigo esta noche como hacía papá. A veces solo se quedaba a mi lado. Lo extraño mucho. Sé que estoy al límite. Sé que no debo cruzar esta línea. Pero mientras la sostengo, mientras su calor y su miedo se mezclan, algo dentro de mí se rompe. No puedo alejarla de mí, no puedo hacer que esta intensidad desaparezca. La pesadilla la ha dejado expuesta, frágil, y yo estoy aquí, atrapado entre protegerla y desearla en silencio. —Bueno...solo recuesta tu cabeza en la almohada, deja y te paso una manta. No iré a ningún lado. El silencio vuelve, roto solo por sus sollozos suaves y el latido acelerado de nuestros cuerpos juntos. Me doy cuenta de que esto es solo el principio: de que desde su llegada, desde aquel primer encuentro en la sala blanca, mi mundo ha cambiado irremediablemente. Y mientras la sostengo, mientras sus lágrimas se mezclan con mis pensamientos más oscuros y prohibidos, sé algo con certeza: nada en mi vida será igual.






