En sus manos

Aparto la vista de golpe. Santo cielo. Si sigo mirando, juro que mi lobo va a empezar a aullar.

—¡Gwendoly, por la manada santa, no te digo que te hagas responsable de nada, solo ponte algo o termina de entrar al baño! —le grito, sintiendo cómo el sudor me baja por el cuello.

Ella se detiene en la puerta del baño, me mira por encima del hombro y suelta la frase que casi me mata:

—Relájate, tío. Ya me has visto…

—¡Yo...no he visto nada de nada!

Se cubre la cara.

— Si, bien por ti, cómo digas, pero te aclaro que yo si te vi bien clarito y tú no tienes un pajarito. Más bien una anaconda.

Cierro los ojos.

Abro los ojos y la miro olvidando su desnudes.

No, no soñé eso. Lo dijo. LO DIJO.

Se ríe y me da la espalda. Esa maldita espalda de porcelana como reloj de arena, el sonido del portazo me hace brincar. Me quedo allí, sentado en la cama, con las manos en la cara y el alma escapándose por la ventana.

—Dios… Estoy acabado ¿cómo se supone que construya una relación sana con mi sobrina?—murmuro—. ¿Qué clase de karma es este? ¿Qué hice en mi vida pasada para merecer esto?

Desde el baño escucho su risa. Una risa suave, coqueta, y francamente, peligrosa.

—¡Tio quiero pancakes! ¡Y no te vayas a trabajar sin despedirte! ¿Bien?

—¡Bien! —repito para mí, hundiendo la cara en la almohada—. Con ese bien me acaba de echar diez años encima.

Suspiro, me levanto y me miro en el espejo. Estoy rojo como un tomate, despeinado, con la dignidad colgando de un hilo y mi pene erecto casi hasta mi rodilla.

Duele aguantar esto.

Si mi padre me viera en este momento, seguro me deshereda.

Miro hacia el baño y escucho el agua de la ducha.

Respiro hondo.

Intento pensar en cosas neutras: impuestos, reuniones, facturas, tornillos, codos de metal… cualquier cosa que no tenga que ver con curvas y tangas negras.

Pero no hay caso.

Mi cabeza es un desastre.

Agarro el teléfono para distraerme.

—¿Señor Oswald? —suena la voz de Lawrence, mi asistente—. ¿Todo bien? Tiene reunión a las ocho ya estoy abajo esperando.

—Todo bien —respondo con voz tensa—. Solo… lidiando con un huracán categoría Gwen.

—¿Perdón?

—Nada. Olvídalo. Si sobrevivo a este desayuno, te cuento, aún no estoy listo dame una hora —respondo, dejando caer el teléfono sobre la cama.

La ducha se apaga.

El silencio me mata.

Trago saliva.

—Por favor, que salga vestida. Por favor, luna bendita, que salga vestida.

La puerta del baño se abre…

Y yo empiezo a sudar otra vez. No pienso quedarme a ser testigo de mi propia guerra.

Salgo de la habitación con el corazón dándome golpes en el pecho como si quisiera huir sin mí mismo.

Dios… esa mujer. No, peor: mi sobrina. Esa criatura anda por la vida con una bata que parece un pañuelo y una tanga que debería venir con advertencias de seguridad. Y sus pechos...¡M****A, MALDITA M****A!

La escucho tararear algo en el baño, feliz, como si nada hubiera pasado Antes de salir y cerrar su puerta..

Decido hacer lo único sensato que puede hacer un hombre en mi situación: huir a mi habitación y apurarme para irme a la empresa.

Camino directo a mi ducha, porque —siendo honestos— no puedo andar por ahí con esta tensión homicida.

Abro el agua fría. Fría, Oswald, fría, me repito, como si fuera un mantra.

El agua cae sobre mí y trato de pensar en dinero, mis próximas vacaciones, en la visita a la rumba de mis padres, en la reunión con el rector de la escuela a donde va Gwen… pero todo se va al diablo cuando mi mente insiste en recordarme nuevamente la imagen de Gwendoly caminando al baño, tan tranquila, diciendo que no hay problema porque “es su tío y le tiene confianza”.

Confianza… sí, claro. ¡Confianza para matarme de un infarto!

Cuando salgo de la ducha, me miro al espejo.

Parecía un hombre respetable hace unos días; ahora luzco como un fugitivo de mis propios pensamientos.

Respiro hondo. “Tienes que poner reglas, Oswald. Hoy mismo. Antes de que esa muchacha acabe contigo o con tu reputación.”

Bajé a la cocina decidido, todavía con el eco de la ducha recordándome que el autocontrol era una virtud que se desgastaba con el tiempo. Carmen me miró raro cuando le pedí un café doble sin azúcar y con mucha paciencia.

Doña Carmen está en su salsa, moviendo ollas y cantando bajito. Lucía limpia la encimera.

Ambas me saludan con respeto… y cierta curiosidad, porque debo parecer un tipo que no ha dormido en una semana.

—¿Se siente bien, señor? —pregunta Doña Carmen con esa mirada que atraviesa el alma.

—Perfectamente —miento, mientras me sirvo café—. Hoy habrá una reunión familiar cuando regrese.

Lucía parpadea.

—¿Con la señorita Gwendoly?

—Exactamente —respondo, con tono solemne—. Es hora de… establecer normas. Héctor —le dije al chofer—, la llevas a la ciudad y le compras lo necesario. Que no regrese con nada que tenga menos tela que una servilleta, ¿queda claro?

El pobre asintió sin atreverse a preguntar.

Doña Carmen suspira.

—Dios lo ayude, señor. Esa niña tiene más energía que la licuadora industrial. Nos retiramos, la mesa ya está servida.

Y no miente.

Minutos después, Gwendoly aparece bajando las escaleras con el cabello húmedo y su sonrisa radiante, vestida con unos pantaloncitos de algodón y una camiseta corta que grita “provocación accidental sin sostén”.

—¡Buenos días, tío! —dice, sentándose frente a mí—. ¿Dormiste bien?

—No —respondo automáticamente—. Y por eso mismo vamos a hablar de ciertas… reglas básicas de convivencia cuando regrese.

Ella me mira como si estuviera viendo un documental sobre un animal en peligro de extinción.

—¿Reglas? ¿Como se supone que debo vivir de ahora en más? Dímelas ahora y sales de eso.

—No exactamente —digo, tratando de sonar firme—. Regla número uno: en esta casa, todos deben vestir… adecuadamente.

—¿Adecuadamente? —repite, fingiendo confusión—. Pero si solo somos tú y yo, ¿para quién debo vestirme?

Respiro. Contar hasta diez no basta. Necesitaré hasta mil.

—Para el respeto, Gwendoly. Para mi paz mental.

Ella sonríe traviesa, inclinándose hacia mí.

—¿Te incomoda mi ropa, tío? ¿o mi cuerpo es horrible?

—¡No, eres perfecta! —respondo demasiado rápido—. Bueno, sí. Un poco. Bastante. Mira, no es personal, es… biología. Los hombres somos criaturas visuales, ¿entiendes?

—Ah —dice, como si acabara de descubrir un secreto del universo—. Entonces no tienes un pajarito, tienes un radar.

Casi escupo el café.

—¡Por el amor de… !Gwendoly, no digas esas cosas.

—¿Por qué no? —ríe—. Tú dijiste que los hombres reaccionan, y solo estoy siendo científica. Además, Doña Carmen me dijo que los Alfa tienen instintos más… fuertes.

Doña Carmen, desde el cuarto del personal, hace como que no oye nada, pero puedo jurar que se le escapa una sonrisa.

Lucía, en cambio, huye con la escoba, colorada hasta las orejas.

—Escucha, pequeña… —digo, intentando mantener mi dignidad—. No puedes andar por la casa medio desnuda, ni decir esas cosas, ni—

—¿Y si prometo no hacerlo delante de los empleados? —interrumpe ella, sonriendo—. Solo cuando estemos tú y yo.

Respira, Oswald. Respira.

Estoy seguro de que mi corazón va a renunciar por agotamiento antes de fin de mes.

—No, Gwendoly —respondo con toda la autoridad que me queda—. En esta casa habrá reglas, y todos las seguiremos.

Ella me mira fijamente, con esa inocencia que no engaña a nadie, y asiente.

—Está bien, tío. Pero te advierto algo.

—¿Qué?

—Si vas a poner reglas, más te vale cumplirlas tú también. No me esperes para la cena. Tengo una cita.

—¿Una cita a ciegas? —me dijo con esa sonrisa traviesa que debería venir con advertencia sanitaria.

—Sí. Una cita. De adultos. Civilizados. Vestidos —recalqué.

Ella solo asintió con una risita que no me dio buena espina.

Y ahí se levanta, toma un trozo del flan que yo juraría que había dejado en el refrigerador la mucama para mí, lo prueba con una sonrisa y dice:

—Por cierto, ese postre que tanto te gustó… lo hice yo. Así que técnicamente… ya comiste de mi mano.

Y se va, dejándome con el alma a punto de fugarse del cuerpo.

—Reglas, Oswald —me digo en voz baja—. Urgentemente. No podía seguir así. Esa niña —bueno, mujer ya, legalmente, aunque mi conciencia aún lo debatía— iba a matarme de un infarto o a volverme loco.

Después de lo que pasó esa mañana, tomé una decisión irrevocable mientras me subo al carro con mi asistente.

No la puedo dejar hacer lo que quiera y necesito buscarle una Mate. Un lobo que sea compatible y respetuoso.

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