Mundo ficciónIniciar sesiónCuando Gwendoly finalmente se calma entre mis brazos, la envuelvo con una manta y me quedo recostado junto a ella. Mi intención es velarla un rato, solo hasta que deje de temblar. Pero el cansancio me golpea como un ladrillo y, antes de darme cuenta, mi cuerpo lobuno decide traicionarme: me quedo dormido como un bebé envuelto en su aroma de luna.
Lo siguiente que sé… es que estoy soñando con un huracán de plumas de ganzos, un fuerte calor en mi diafragma bajo central y algo que huele a shampoo de coco y vainilla. Abro los ojos. No. No estoy soñando. Gwendoly está… encima de mí. Literalmente a horcajadas sobre mi cadera presionando mi virilidad. Como si el universo hubiera decidido que mi cuerpo fuera la almohada humana de mi sobrina de diecisiete años con cero noción del espacio personal. —¿Cuándo demonios se encaramó sobre mí—susurro nervioso y consciente de mi cuerpo. Estoy boca arriba, completamente tieso. Ella duerme profundamente, con la mejilla pegada a mi pecho y el cabello rubio despeinado sobre mi cara. La manta ha caído al suelo en un acto de traición absoluta. Puedo sentirla por completo. Mis manos, por obra de alguna maldita conspiración nocturna, descansan en su espalda baja... ¡O al menos eso espero, porque siento la curva de su trasero ya que la batita está remangada hasta sus caderas! Porque si están donde creo que están… necesito un exorcismo urgente. —Santo cielo… —murmuro, tratando de moverme sin despertarla levantando las manos. Pero claro, el destino no me da tregua. En el intento, Gwendoly se mueve. Y no solo se mueve. Se acomoda. Mi virilidad no necesitó más tentación. Por encima de mi camisa siento sus redondos duraznos. Exactamente encima de mi diafragma. Yo quedo paralizado, como una estatua de mármol con ataque de pánico interno. Por dentro, mi lobo grita: “¡Corre!” Mi cerebro responde: “¡No puedo moverme, está dormida y si despierta y me ve así me muero!” Y mi corazón dice: “¡Ayuda, estoy confundido!” Trato de toser, fingiendo que eso la va a despertar suavemente. Nada. Trato de mover la pierna con disimulo. Error fatal. Ella gruñe dormida y, sin abrir los ojos, murmura algo entre sueños: —"Papá… no te vayas…" Ay, fantástico. Ahora me siento como el peor tío del planeta y además culpable por tener sentimientos que no son normales, menos propios de mi. Respiro hondo, intentando convencerme de que soy un hombre decente, un maldito CEO exitoso y que esto no es más que un accidente logístico causado por el sueño profundo, mi lástima de la noche anterior y sus putas pesadillas de m****a. Pero entonces… Ella se mueve otra vez, y de alguna forma, la posición se vuelve más incómoda aún. Siento como mi amiguito segrega pre semen listo para algún tipo de acción que desconozco. —No, no, no… esto no está pasando. Se siente raro—susurro entre dientes. En ese preciso instante, alguien toca, nos cubro con la manta en un segundo y es cuando la puerta se entreabre un poco. Yo cierro los ojos haciéndome el dormido. Es Doña Carmen. Lo sé por qué no emite feromonas. Entre abro un ojo y la veo mientras me llevo un brazo a la cara intentando poner a un lado a Gwen, haciéndome el dormido. Su mirada pasa del suelo… a la cama… y sus ojos se agrandan como platos. —Ah...pesas— digo disimuladamente. —¿Señor Oswald? — Oh...buenos días Carmen. Ella tuvo una pesadilla y no le dejó ir—le susurro —¿Es así?—dice en voz baja, con una mezcla de sorpresa y resignación—. Ah, ya veo que la señorita tuvo una pesadilla… prepararé el desayuno. Y sin esperar explicación, cierra la puerta con un “ya entendí todo” que solo las abuelas pueden lograr. Yo me tapo la cara con una mano. Perfecto. Ahora toda la mansión pensará que duermo abrazado a mi sobrina porque tengo el alma sensible. Aunque… en parte, no están tan equivocados. Gwendoly por fin se estira, bosteza y abre los ojos. Me mira desde arriba, todavía medio dormida, con la voz más tranquila del mundo. —Buenos días, tío. Dormí como un ángel. —Me imagino… —respondo con ironía, sin atreverme a moverme. Solo de ver sus labios...esos mismos labios que me besaron la noche anterior, me ponen más cachondo—. Yo dormí como una piedra… enterrada viva. Ella frunce el ceño, se da cuenta de la posición y… —Ay. ¿Te aplasté? —pregunta, con una sonrisa traviesa. —Un poco. Pero no te preocupes, sobreviví. Aunque creo que mejor me voy. Debo alistarme para trabajar. No quería que el ambiente se distorsionara a depravado. Ella se baja de un salto, se quita la manta y ríe a carcajadas. —Tranquilo, tío. No le diré a nadie que abrazas como un oso. —No soy un oso. Soy un lobo alfa—protesto, indignado. —Sí, como sigas —responde, girando hacia la puerta del baño—. Pero me gustó como me sostenías. —¿Desde cuándo estás despierta? —¿Desde que Carmen habló? Eso creo. Yo me quedo en la cama, despeinado, con un susto, confundido y con una sola conclusión clara en la cabeza: Esta muchacha va a ser mi perdición. Y mi cardio matutino. Mi corazón se detiene por un segundo, o dos. No puede ser. ¿Dormimos así toda la noche? ¿Pegados y ella se despertó y no dijo nada? ¿Acaso sintió la hinchazón en mi entrepierna y se sintió a gusto? Me paso una mano por el rostro y con la otra me cubro un poco más con mi camisa. "Perfecto, Oswald. Bravo. Eres el peor tío del año."— pienso. —¿Dormiste bien? —pregunto, tratando de sonar normal, aunque mi voz sale más grave de lo esperado. —Mmm… como un bebé —responde ella, medio adormecida, estirándose como si no hubiera un lobo alfa temblando del deseo en frente—Me voy a lavar. —De acuerdo. Y de pronto, sin avisarme… levanta la bata. El tiempo se detiene. Yo me quedo petrificado, porque lo primero que veo es piel. Mucha piel. Demasiada piel. No lleva nada en los pechos. Y lo segundo… bueno, una diminuta tanga negra que, sinceramente, debería ser ilegal. Ella me da la espalda y camina al baño. —¡Gwendoly! —grito, tapándome la cara con una mano—. ¡Por el amor de la luna, cúbrete! Ella se gira como si nada, una mano en la cadera, y me suelta con total calma: —Voy al baño, tío.Te dije que voy a lavarme. No te pongas así, eres de la familia. De la familia. Como si eso ayudara a que mi cerebro dejara de gritar “¡PELIGRO, ALFA EN CRISIS Y MI VIRILIDAD TAN HINCHADA QUE SUELE!” —¡Precisamente! —exclamo, desesperado—. ¡Soy hombre, no un mueble de decoración! Ella arquea una ceja, divertida, con esa sonrisa que me provoca dolor de cabeza. —Ay, tío, no exageres. Se supone que un alfa debe controlar sus impulsos, ¿no? —¡Eso no tiene nada que ver! —protesto, ya sin saber dónde mirar—. ¡Esto se llama decencia! ¡P-U-D-O-R! Ella se ríe bajito, como si le encantara verme sudar. —¿Pudor? ¿Como el tuyo cuando sales de la ducha solo con una bata abierta y caminas por la casa enseñando todo o cuando me besaste anoche robando mi primer beso”? Me atraganto con el aire. —¡Eso fue una coincidencia y tú no apartaste la mirada! —balbuceo—. ¡Y anoche tú fuiste quién me besó a mi! —Ajá, ajá… —dice ella, caminando hacia el baño con las caderas moviéndose de una manera que debería estar penada por ley—. Y el que no tiene pudor soy yo… entonces si fue tu primer beso ¿debo ser responsable? Solo tengo diecisiete años.






